19 Abril 2009

“Somos los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas”, afirmaba hace dos años, en LA GACETA Literaria, el autor del libro que, por un amplio margen, más votos acumuló (siete). Tomás Eloy Martínez complementaba ese concepto al inaugurar la 33ª Feria del Libro, diciendo que nuestro país fue creado por el libro. Y fue socavado, podríamos agregar uniendo ambas ideas, por su ausencia. Purgatorio (editorial Alfaguara) es una novela que llena un hueco en la Argentina, una laguna de su pasado, una grieta generada por sus descalabros. Emilia Dupuy encuentra en una fonda de New Jersey a su marido, Simón Cardoso, a quien no ha visto en 30 años, desde que desapareció en Tucumán. Pero él sigue siendo tan joven como lo era tres décadas atrás. Así comienza una historia fascinante en la que realidad y ficción se entrecruzan permanentemente. “Es la novela en la que más estoy yo”, confesaba el autor en una entrevista que publicamos el último 30 de noviembre dentro de un número especial en el que también se rescata un breve texto, la semilla de Purgatorio sembrada por un Martínez adolescente, en estas páginas hace 57 años.
El segundo puesto dentro de los libros nacionales (con tres votos) se lo adjudicó Son memorias (Siglo XXI), de Tulio Halperin Donghi; un recorrido por nuestros últimos 80 años de historia siguiendo el ritmo de la vida de uno de sus mayores historiadores. El tercer puesto fue compartido por tres títulos (dos votos cada uno). El poemario La trama redonda (Ediunt), que pertenece a otro tucumano, Manuel Serrano Pérez, quien es también uno de nuestros viejos colaboradores. Otro de los libros corresponde a un joven historiador; se trata de Leandro Losada, quien analiza la conformación de la elite porteña entre 1880 y 1920 en La alta sociedad en la Buenos Aires de la Belle Epoque (Siglo XXI).  Comediantes y mártires (Sudamericana) cierra la nómina de libros de autor argentino con más de una mención. En este ensayo el siempre lúcido y polémico Sebreli desacraliza los grandes mitos nacionales.
Entre los títulos de autor extranjero Un hombre en la oscuridad (Anagrama), de Paul Auster, y La casa de Dostoievsky (Planeta), del chileno Jorge Edwards, fueron los más votados (dos votos cada uno). Hay dos escritores que fueron nombrados más de una vez pero por diferentes libros. Uno es George Steiner, por Los libros que nunca he escrito y por Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (ambos editados por Fondo de Cultura). El otro es el español Arturo Pérez Reverte, por Ojos azules (Seix Barral) y Un día de cólera (Alfaguara).
“Escribí novelas y guiones. Y siento que es la manera más honesta, el camino más auténtico para mirar el mundo, y cuando pienso en algunos de los escritores que más me gustan -Shakespeare, Cervantes, Dickens, Kafka, Beckett- todos ellos resultan ser maestros en la combinación de la luz con la oscuridad”, decía Paul Auster en una entrevista publicada en este suplemento. Esa combinación es la que intenta -y logra- el escritor norteamericano en su última novela, un texto que gira en torno de la ucronía, de lo que pudo ser. En ese mismo terreno se mueve George Steiner, al rescate de lo que quedó en el tintero. “Un libro no escrito es algo más que un vacío… es una de las vidas que podríamos haber vivido… es lo que podría habernos permitido fracasar mejor. O Tal vez no”, dice quien es uno de los más reconocidos académicos del mundo. El premio Cervantes Jorge Edwards, en cambio, vuelve, en su más reciente novela, a lo que fue. Pero su incursión no es simple; se zambulle en épocas turbulentas de la historia latinoamericana usualmente congeladas por visiones maniqueas, en un pasado que se resiste a ser narrado.
Lo que fue, lo que hubiera, lo que debiera ser. Todo ello se conjuga en las obras de estos escritores y en las de los mencionados a lo largo de este número. Un conjunto de títulos que no integran un canon excluyente sobre lo que hay que leer sino más bien, como diría Harold Bloom, una muestra de obras que nos revelan por qué leer vale la pena.
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