
El libro es un anciano al lado de otros medios de comunicación como la radio, la televisión; y lo es en grado extremo si lo comparamos con internet. ¿Tiene porvenir este objeto aparentemente vetusto en la era de las comunicaciones electrónicas instantáneas y omnipresentes? Si analizamos las cifras de producción podemos afirmar, por de pronto, que exhiben un gran presente. Un millón de nuevos títulos se editan anualmente en el mundo, frente a los 250.000 de hace medio siglo o a la escasa centena de hace 500 años. El negocio editorial superó con creces las mayores expectativas de Gutenberg y se ha multiplicado exponencialmente. En el primer siglo de la imprenta se publicaron unos 35.000 títulos; en el último medio siglo, más de 36 millones, nos indica Gabriel Zaid en su ensayo Los demasiados libros. Pero, ¿tienen futuro?
Una de las grandes amenazas para los editores tradicionales parecen ser el gigante Google y su proyecto de digitalizar todos los libros que existen. El arreglo al que arribó la empresa con la Asociación Americana de Editores en octubre pasado (175 millones de dólares a cambio de acceso a títulos protegidos por el copyright) fue interpretado por algunos analistas como un acta de rendición frente al “gran corsario de internet”. Los cinco millones de archivos vendidos de e-books en el mundo o el medio millón de Kindles (computadoras portátiles para descargar y leer versiones digitales de libros) que están circulando asustan a los bibliófilos. De todos modos, estas cifras todavía son relativamente chicas cuando las comparamos con las de la industria editorial. Pensemos, por ejemplo, que solamente en la Argentina se imprimen 70 millones de ejemplares por año.
No obstante, hay terrenos donde la batalla se perdió; funciones originales del libro ya han sido acaparadas por alternativas tecnológicas. Como continente de información, los programas de bases de datos y los sistemas de acumulación informáticos resultan más eficientes en lo referido a búsqueda, procesamiento y transporte, que las tradicionales enciclopedias. Como pasatiempo, las series televisivas o el cine significan una fuerte competencia a las novelas rosas o a las sagas light de aventuras o suspenso. Sin embargo, hay un campo en el que el soporte que brinda el libro parece sobresalir entre sus eventuales rivales: aquel en el que se accede a las grandes historias o al progreso sustancial del conocimiento. En ese terreno el lector debe jugar un papel activo. El proceso de lectura exige allí un compromiso, un alto nivel de atención, una co-creación junto al autor. Y esa participación intensa es lo que permite que un libro pueda transformar profundamente a su lector; modificar su forma de ver, pensar, sentir e intervenir la realidad.
De todas formas, ¿el soporte papel no resulta hoy caduco, independientemente de su contenido? Alberto Manguel exorciza las profecías tecnofílicas en Una historia de la lectura, donde recuerda que el libro sigue siendo una herramienta ideal para la lectura, tan perfecta como el cuchillo o la rueda. Esto no implica negar las virtudes de internet en materia de circulación de información ni defender monopolios culturales. La literatura está hecha de palabras y no de papel, es cierto; pero también podemos afirmar que las mejores muestras de su armónica combinación siguen asociadas al soporte que tuvieron sus ilustres ancestros. El libro tradicional es, en cierta medida, un instrumento extemporáneo, desligado del presente, incapaz de seguir el ritmo acelerado de la vida contemporánea. Pero esa desconexión constituye un oasis frente al vértigo, un paréntesis que permite escapar temporalmente de las garras de la actualidad y pensar en el pasado, en el futuro o en lo que no fue ni será. Como bien dice el editor Alejandro Katz, así como el buen vino se toma en copa de cristal, la buena literatura se sirve en libros.
Esos libros, los recipientes de los mejores frutos de la escritura, son los que vale la pena rescatar. Identificarlos fue la tarea que les encomendamos a quienes hoy hacen aquí su aporte. En títulos como esos, que son pocos, no demasiados, reside el futuro del libro y el de sus lectores.
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