MADRID (Irene Benito, especial para LA GACETA).- En Atocha, el ombligo ferroviario de Madrid, ayer salía y entraba gente por arriba, por abajo y por los costados. En apariencia, una jornada más. Pero sólo en apariencia: en el primer piso de la estación, donde está el monumento azul dedicado a las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004 (11-M), los familiares llegaban con ramos de flores blancas. Ese día fallecieron 192 personas y más de 1.000 resultaron heridas durante un sinfín de explosiones de bombas en los vagones de trenes atestados de gente.
Mientras los funcionarios preparaban el escenario para el acto de presencia de los políticos, algunos sobrevivientes de los ataques terroristas islámicos iban y venían por los mismos pasillos que hace cinco años se convirtieron en la primera sala velatoria del 11-M.
De aquel inmenso ataúd de cemento y acero que fue la Atocha troceada por las bombas resurgieron los recuerdos, entre lágrimas, silencios y gestos de impotencia. “Desde entonces, no puedo viajar en tren”, relata el albañil Omar Rivas, un inmigrante venezolano que iba en uno de los vagones señalados por el destino. “No sé cómo me salvé. Hubo una explosión; caí de espaldas y pensé: ‘un problema eléctrico’. Todo quedó en silencio. La destrucción parecía un sueño y yo, un sonámbulo”, recuerda. Rivas ha aprendido a vivir con el oído y la columna endebles. Y se queja: “me prometieron la nacionalidad española y una indemnización que no llegaron nunca. Mire el monumento, sucio y deteriorado”.
El dolor intacto
Más indignada está Pilar Majón, presidenta de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo, que perdió a su Daniel en Atocha. “Después de cinco años de tirarse nuestros muertos a los pies unos a otros, los políticos han llegado a una entente cordial. Ahora ya no somos de su interés”, dijo en una entrevista publicada en el diario “El País”.
Fuera de Atocha desfilaban los autos oscuros de los políticos, a los que se reconoce por sus trajes impolutos. Al acto de homenaje fueron los del PP; y faltaron –con aviso- los del Partido Socialista, para no codearse con la oposición, con la que están en conflicto. Un joven extremeño pasa por delante de los fotógrafos (que corren detrás de los políticos) y deja una flor en la puerta del monumento. “Estoy aquí como hace cinco años, cuando vine a ayudar. La ciudad estaba devastada pero unida; lo pienso y me emociono”, confiesa con los ojos vidriosos. Y se pierde en el ombligo ferroviario de Madrid.








