La mendicidad infantil en nuestras calles

24 Febrero 2009

Un problema que ya tiene años de antigüedad es el de los chicos que mendigan en la calle, que ha ocupado incontable veces, sin éxito visible, nuestro comentario. Los menores deambulan por el centro pidiendo una moneda y parecen estar al margen de todo lo que signifique una familia o algún control. Es más: suele ser, precisamente, el progenitor quien dirige la actividad mendicante, apostado en las gradas de algún zaguán o en un banco de la plaza o de las peatonales. Es un modus vivendi que exige menos esfuerzo que trabajar.
Más allá de ocasionales medidas del Estado, de escasa efectividad, por cierto, lo real es que el problema está lejos de desaparecer. En efecto, quien transita por los calles céntricas percibe que el número de esos niños va en aumento. Recorren incesantemente cafés, restaurantes y negocios en general. Por las noches, se los ve junto a los semáforos de las avenidas, cuando no, rendidos por el agotamiento, durmiendo en el zaguán de algún negocio. Y hay que añadir que algunos de ellos, como también es sabido, hacen más que mendigar, y pasan directamente al delito.
Tiempo atrás solían verse por las calles personas que -según lo expresaba la leyenda impresa en sus chalecos- cumplían funciones en el área oficial de minoridad. Esto indicaba que, por lo menos, algún agente público que tuviera que ver con los menores recorría la ciudad y acaso tomaba algún recaudo. Pero ni entonces ni ahora -cuando ya esos empleados desaparecieron- ha disminuido el problema.
El cuadro se mantiene, hay que subrayarlo, en la época de clases, lo que significa que a esos menores, expuestos a todos los peligros y a las nocivas enseñanzas de la calle, sus progenitores o responsables no los envían a la escuela. Hablamos de situaciones reales y cotidianas. Están a la vista de todos y permanecen, hoy, exactamente igual que el año pasado, y así podemos ir atrás en el tiempo. El único cambio perceptible es que estas situaciones son más numerosas, más frecuentes, más extendidas.
Nos parece que todo está indicando la necesidad urgente de pasar a la acción. Acción que obviamente corresponde al Estado, en primer lugar, sin perjuicio del inapreciado apoyo que el sector privado puede y debe prestarle. No es nuestro cometido indicar cuál debe ser la estrategia que se emplee para que los niños no se vean obligados a pedir limosna en las calles de Tucumán; menos aún que pernocten en ellas, sino que reciban la contención que necesitan. Sin duda hay expertos que pueden perfectamente establecer y planificar las medidas que corresponden.
Pero pensamos que ellas deberían iniciarse con el retiro del menor de la calle para el esclarecimiento inmediato de su situación hogareña. También es necesario responsabilizar a aquellos progenitores que muy frecuentemente, como dijimos, organizan esa actividad y obligan a los niños a practicarla. Por cierto que, además, corresponderá tomar los recaudos para que el menor reciba el alimento, la vestimenta y la instrucción elemental que necesita.
Todos sabemos que existen dramáticas situaciones de pobreza, tanto en nuestra provincia como en el resto del país. Pero no se las puede esgrimir como argumento para justificar la presencia del menor mendigo en las calles. Pensemos que, además del grave problema humanitario que significa, se trata de un fenómeno que ha proporcionado a la capital tucumana una triste nota característica. No podemos creer que los años sigan pasando sin que se haya podido operar eficazmente en un asunto cuya trascendencia social es sobreabundante destacar.

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