Un zumbido en los oídos del poder

Buena parte de la sociedad perdió las expectativas. A lo lejos, el oficialismo está perdido en su laberinto de poder: sigue engolosinado sólo por el mando. Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA.

21 Febrero 2009

Cuando las ilusiones de quien conduce no son las mismas ilusiones de quien acompaña, es señal de que algo se ha roto. No puede existir situación más nefasta para un gobernante que gobernar a una sociedad que da indicios de tristeza, de malhumor. No puede haber sensación más escalofriante para un gobernante que dirigir a una sociedad que día a día pierde las expectativas.
En Tucumán algo se ha roto. José Alperovich dejó hace tiempo de ser el hombre en el que miles de tucumanos depositaron sus esperanzas. El ya no es el mismo. Hasta aquel verano de 2004 en el que compartió días de descanso junto a sus comprovincianos en Tafí del Valle o San Pedro de Colalao es distinto de este apático 2009, cuando se recluyó cada vez que pudo en playas ajenas a su terruño. Bajo aquellos soles muchos tucumanos sonreían; bajo este Febo otros tantos esquivan el futuro. Casi no tienen expectativas.
Gran parte de la sociedad ya no cree; Alperovich desconfía. El gobernador vive envuelto en la zozobra para conservar el poder; a miles de tucumanos los envuelve la angustia. Alperovich no tiene contemplaciones a la hora de abrochar su futuro político; buena parte de la ciudadanía da alaridos por una pizca de contemplación. Parece un eufemismo, pero el mandatario está mucho más lejos que los kilómetros que separan Miami de esta capital. Se alimenta de ilusiones, padece la soledad irremediable del poder. Alperovich fue absorbido por su propia omnipotencia.

Asfixiados
Por arrogante y feroz, el oficialismo se está quedando sólo. Primero fueron los aliados circunstanciales; ahora, los que llevan su misma sangre. El éxodo de dirigentes desangra al kirchnerismo y resta oxígeno al alperovichismo. Los días pasan cada vez más rápidamente, las decisiones que devuelvan el sentido a la política como búsqueda del bien común tardan en llegar.
Muchos ciudadanos están asfixiados; el oficialismo también lo está. Otros miles están desconcertados; el kirchnerismo y el alperovichismo están obsesionados. En sus parloteos diarios, Alperovich sólo habla de su re-reelección y de las trabas que la Justicia puede llegar a poner a sus pretensiones continuistas en 2011; en sus charlas de sobremesa muchísimas familias sólo se preguntan por el mañana.
Para Alperovich y para Kirchner lo único verdaderamente importante es mantenerse en el poder a toda costa, hacer todo lo que esté en sus manos para perpetuarse al frente de una sociedad que da señales de desesperanza y de abatimiento. Por ello, utilizan todas las argucias a su alcance para sostenerse. A fin de cuentas, se escudan, nadie se conforma con menos que todo. ¿Por qué habrían de hacerlo ellos? Precisamente, allí radica la tragedia. Las ínfulas que da el poder van de la mano de la tozudez y de la ingratitud: el periodismo se equivoca, muchos ciudadanos se olvidan con facilidad de lo que ellos hicieron por el pueblo, afirman.

Publicidad

Tijeretazos
El oficialismo está perdido en su laberinto de poder; la sensación es que la sociedad hace rato que busca una salida a tanta confusión. Ninguno encuentra cómo dar el primer paso. Tampoco la oposición, sumida aún en una gran maraña de egoísmos.
Tanto embrollo desalienta. Unos se van (los socios), otros se quedan (cada vez menos) y los restantes (los opositores) se mezclan tapándose la nariz. Desanimados, muchos tucumanos siguen a la espera de un guiño que nunca llega. El gobernador está engolosinado por el mando. Por eso da mínimos tijeretazos a sus ansias hegemónicas y propone -aún sin éxito- un diálogo con todos los sectores a los que sueña doblegar: los abogados, la Justicia y la oposición. Está dispuesto a conceder (nunca a ceder) si es que eso le garantiza seguir siendo quien domine. Parafraseando a Gabriel García Márquez en "El otoño del patriarca", Alperovich está dispuesto a jugar una partida, a jugar dos, a jugar veinte pero siempre a ganar, porque, simplemente, está prohibido ganarle.
Siguiendo con la lúcida literatura del colombiano, todo Alperovich necesita de un Juan Manzur. Así como aquel tirano de la novela encontró en Patricio Aragonés a su lugarteniente más fiel ("a quien puse a vivir como un rey en un palacio"), el gobernador encontró en el ex ministro de Salud el eco que no hallaba en Fernando Juri. Justamente, allí radica otra de las características del todopoderoso: el alejamiento de la realidad. Porque, como el propio Aragonés le plantea al tirano en un acto de revanchismo, "más vale que aproveche para verle la cara a la verdad; nadie le ha dicho nunca lo que piensa de veras sino que todos le dicen lo que saben que usted quiere oír mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por detrás".
Los unos y los otros esperan que ellos se caigan; buena parte de los argentinos espera poder levantarse. Alperovich y Kirchner resisten cada vez más solos, pero se olvidan de que todo proceso político debe ser colectivo. Quizás por eso, con cada paso que dan sienten con mayor intensidad en sus orejas el "zumbido ensordecedor" que aturdía al tirano imaginado por García Márquez allá por 1975. No vaya a ser cosa que ese ronroneo que los perturba sea la propia realidad que les golpea la puerta en sus narices. En ese caso, será señal de que ya es demasiado tarde para recomponer lo que se ha roto.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios