No parece necesario recordar que una sociedad moderna y civilizada se distingue, de las que no lo son, por el hecho de que sus integrantes cumplen, como cosa habitual, las normas que el poder público establece para reglar la convivencia. Inquieta advertir que un criterio de esa naturaleza, dista de ser el vigente y generalizado en la ciudad de San Miguel de Tucumán.
En efecto, alarma notar que a diario y en todos los puntos de esta capital, se ignoran olímpicamente las disposiciones municipales. Está prohibido estacionar en doble fila, y sin embargo la inmensa mayoría de los conductores lo hace. En cuanto a bicicletas y motocicletas, se estacionan en cualquier parte, inclusive en las peatonales, amarradas con cadenas que destrozan lentamente el tronco de los árboles. Está prohibido operar el teléfono celular mientras se maneja un vehículo, y cualquiera puede advertir que muy pocos acatan esa prohibición. El motociclista debe circular con el casco puesto y el automovilista con el cinturón prendido, pero es muy raro el caso de que lo hagan. También el peatón obvia las normas: las sendas peatonales existen para que cruce la calzada por ellas, pero le es más cómodo hacerlo a cualquier altura de la cuadra.
Existe un horario de carga y descarga, cuyo cumplimiento es también una rareza. Igualmente, está vedada la circulación de vehículos de tracción a sangre dentro de las avenidas, pero tales carruajes se mueven por las calles céntricas con comodidad. Los colectivos deben pegarse a la vereda en las paradas, para que el pasajero ascienda o descienda sin peligro, pero es normal que el recaudo no se observe. No pueden lavarse autos en la vía pública, pero esto parece no regir en torno de la plaza Urquiza, de día o de noche. La vereda es para los peatones, pero estos deben esquivar con frecuencia a los ciclistas que desean acortar camino. La lista podría prolongarse a lo largo de muchos renglones. Merece párrafo aparte, por cierto -dado el enorme peligro que encierra y la cantidad de accidentes que ha significado- la criminal inobservancia de las luces del semáforo, por parte de conductores de autos, motos y bicicletas. En cualquier ciudad del mundo, tal conducta se pena con una severidad expresada no solamente en altas multas sino en el retiro del carnet de conductor. No parece ocurrir lo mismo entre nosotros, cuando se advierte la frecuencia de la infracción.
Todo esto va indicando una cultura que no puede sino inquietar. Revela que, al vecino de San Miguel de Tucumán, la existencia de una norma lo tiene sin cuidado. Ha optado por obrar de acuerdo con lo que le dicten su comodidad o su real gana. Es evidente que una postura de tal índole está absolutamente contrapuesta con las pautas de la convivencia. Desdeñar las disposiciones municipales no tiene otra derivación que generar el caos, el desorden y la constante exposición al peligro, para quienes habitan la ciudad. Una transgresión tan generalizada, solamente puede corregirse con la aplicación de rigurosas sanciones, en todos los casos y sin excepción alguna. La experiencia indica que no hay otro camino. En una palabra, sería deseable que las ordenanzas dictadas por el municipio, se observaran con el mismo rigor con que se acata la ley que prohíbe fumar en los locales cerrados, y que prácticamente nadie se atreve a contravenir. El día que logremos eso, no hay dudas que San Miguel de Tucumán se convertirá en una ciudad ordenada, limpia, segura, como debiera ser de acuerdo con su importancia en número de habitantes, de edificios y de vehículos. No es cuestión de sancionar ordenanzas. Las que ya existen son más que suficientes. Es cuestión de hacerlas cumplir, nada más y nada menos.
21 Febrero 2009 Seguir en 




