El policía asesinado por cumplir con su deber

20 Febrero 2009

Ha ocupado las primeras planas de la prensa nacional el caso del policía Aldo Garrido, oriundo de Tucumán, que fue asesinado a tiros el martes pasado en San Isidro cuando trató de impedir que una pareja de maleantes robara en un comercio. Como se informó, tenía 61 años de edad y más de tres décadas de servicios con una foja impecable. A pesar de hallarse en condiciones de jubilarse, había logrado que el Ministerio de Seguridad lo autorizara a continuar en la fuerza.
Los testimonios de los vecinos de San Isidro, de sus compañeros y de las autoridades han destacado, con una calidez realmente excepcional, las condiciones de este teniente -hoy capitán "post mortem"- de la Policía Bonaerense. Por unanimidad, lo consideran el clásico "policía de la esquina"; para todos, un símbolo de seguridad y de confianza. Eso explica la impresionante repercusión de su muerte, ocurrida precisamente durante el cumplimiento del deber. Una multitud acudió a despedir sus restos al cementerio de San Isidro, y el gobernador de Buenos Aires lo definió como "un policía ejemplar y un ejemplo para todos nosotros".
El caso merece ciertamente un comentario. No es nada frecuente que la sociedad manifieste, de modo masivo, su pesar por la desaparición de un oficial de Policía. Eso quiere decir que, junto con la sincera pena por el acontecimiento, ha querido expresar su fe en los valores que deben rodear siempre un guardián del orden y que Garrido encarnaba de modo por demás saliente: la honorabilidad y la corrección personal; la diligencia para acudir en ayuda del ciudadano; la valentía para enfrentar las situaciones de peligro que crea tan a menudo la defensa de la ley.
Pone de relieve también el hecho -no siempre obvio para todos- de que, por encima de esas fallas que tan a menudo se achacan a los uniformados, muchos policías saben honrar su función y son capaces de llevar su celo cumplidor hasta las últimas instancias. Es un poco lo que sucede con todos los grupos humanos. En medio de las conductas vacilantes o negativas, están, acaso en la misma proporción, las otras, por las que se asume, en silencio y a fondo, la obligación asignada.
Suena a obvio, pero no es ocioso recordar que el mundo está felizmente colmado de personas buenas. Al lado del corrupto, del desaprensivo y del delincuente, están el honesto, el preocupado por el prójimo, el luchador por un mundo mejor y más justo. Si no fuera así, tendríamos que vivir todos cargados de terror y encerrados en nuestros domicilios. Hay que tener una visión más benévola del género humano, que puede estar plagado de miserias pero también se halla pletórico de grandezas. La vida nos lo está mostrando a cada momento. En la actitud cotidiana del policía Garrido se percibía una tesitura similar a la de, por ejemplo, esos hombres pobres que son capaces de devolver a su dueño la gruesa suma de dinero que extravió y que ellos encontraron, simplemente porque no les pertenecía.
Del doloroso acontecimiento pueden extraerse varias lecciones que sería bueno capitalizar. Acaso la más elocuente sea percibir que existen quienes son capaces de dar ejemplo desde la función que desempeñan y que, cuando eso ocurre, la comunidad lo percibe de inmediato y es capaz de expresar su sentimiento en forma multitudinaria. Ojalá existan muchos tenientes Garrido dentro de las fuerzas policiales del país. De ese modo, nuestros acuciantes problemas de seguridad entrarían en la vía de las soluciones definitivas.

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