El consumo de alcohol entre los adolescentes

17 Febrero 2009

Pensamos que ningún jefe de hogar y, en realidad, ningún ciudadano mínimamente consciente puede dejar de inquietarse ante el cuadro que diseña una de nuestras ediciones recientes sobre el abuso juvenil del alcohol. Tenemos, en primer lugar, la triste referencia que consigna una encuesta. El consumo se inicia ahora a los 12 años, lo que significa que ha descendido la cifra de 2007, que lo fijaba en los 14. Abarca tanto a los varones como a las mujeres, quienes en la actualidad ingieren bebida a la par del otro sexo. Cerveza, fernet, vino, bebidas blancas se han convertido en elemento de ingesta habitual para seres que apenas han dejado la niñez.
Como es de imaginar, todo esto se potencia en la lasitud de las vacaciones. La afirmación, inclusive, no necesita apoyarse en un relevamiento. Está a la vista de cualquiera que haya permanecido alguna noche en Tafí del Valle, en El Mollar o en San Pedro de Colalao, por ejemplo. Poco importa que exista el límite legal de las 4 de la madrugada para el funcionamiento de los boliches. Después de esa hora y hasta la salida del sol, constituyen un espectáculo común los grupos de adolescentes enfervorizados por el alcohol que recorren las calles o se sientan en las veredas. Hay un saldo inmediato de todo este desborde, constituido por las riñas, que pueden llegar a tantas graves consecuencias, por los accidentes de tránsito o por la producción de actos de vandalismo. El otro saldo, de mayor proyección, es la alta probabilidad de que los adolescentes superen pronto el tramo de bebedores de fin de semana y se transformen en enfermos alcohólicos. Es decir, se introduzcan en ese infierno del cual, bien lo sabemos, sólo un pequeño porcentaje logra salir, y a costa de enormes esfuerzos y terapias. Los testimonios que publicamos, emitidos por jóvenes de ambos sexos, ilustran de forma acabada sobre el inquietante nivel de aceptación social del que goza, lamentablemente, el consumo de alcohol. Los jóvenes se dejan atrapar en sus redes por pasar el rato, por desinhibirse, por escapar de la realidad.
Es evidente que un panorama tan lamentable no puede ser corregido por la sola obra de las disposiciones legales. Esto sin escatimar la importancia de que aquellas existan y que, como es obvio, se apliquen con todo el rigor necesario y sin excepciones. Pero hay además aquí un problema de responsabilidad de la sociedad, y es hora de afrontarlo de modo cotidiano y con la adecuada decisión.
En primerísimo lugar, debe resaltarse la tarea que atañe a los padres de familia. De entrada, el ejemplo. No es raro que un adolescente comience a beber porque advierte que sus progenitores lo hacen normalmente. Pero, además, corresponde que ellos pongan en marcha una política de control y de vigilancia acerca de lo que sus hijos hacen por las noches. Esto debe abarcar un conocimiento de los amigos que frecuentan y de las costumbres de estos, así como de los sitios a los que suelen concurrir. Un padre o una madre responsables no pueden mirar al costado cuando sus hijos vuelven con la luz del día y con signos evidentes de haber ingerido alcohol. Es entonces cuando debe ejercerse la autoridad paterna, en forma de la averiguación, del consejo, de la fijación de normas y, si es el caso, de la búsqueda inmediata de auxilios profesionales para conjurar o prevenir un riesgo de catastróficas consecuencias.
De más está decir que en la acción preventiva también tienen suma importancia los educadores. Su diario contacto con los adolescentes les brinda la oportunidad de detectar a tiempo estas inclinaciones, de cuya existencia debe advertirse prudentemente a los familiares. No puede la sociedad permanecer indiferente frente a una cuestión como la que nos ocupa. El adolescente necesita que se le fijen límites. El adulto no debe tener miedo de ponerlos.

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