El alperovichismo y la peste de la mosca azul
El instinto de supervivencia hace que el gobernador se esfuerce por mostrar un perfil moderado: sabe que la continuidad de su proyecto ya no depende de su estado de ánimo. Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA.
Si hay un instinto primitivo en el ser humano, ese es el de supervivencia. La biología justifica de esa manera las acciones de los animales a la hora de conservar su especie. Frente a una señal de peligro, enseguida ponen en marcha los mecanismos de defensa que tienen a su disposición. En política, con el estado más primario de la raza suelen escudarse ciertos pasos. En rigor, desde sus orígenes, para el alperovichismo sobrevivir consiste, básicamente, en un acto reflejo.
De repente, 2009 se convirtió en el año del miedo. Y como en el instinto de supervivencia, el temor también funciona para garantizar el éxito de la especie. A José Alperovich lo desvela el poder. Por eso busca escapar de la sequía de ideas que asuela al kirchnerismo: dejó de lado un discurso político ganado por la intolerancia y regó su vocabulario con palabras, hasta ayer, ajenas a su diccionario. Si hay algo que asusta al gobernador es que las decisiones no pasen por sus manos. Y hoy, la posibilidad de acceder a un tercer mandato consecutivo no depende del estado de ánimo con el que se despierte. "No puede dar un solo paso sin que lo bloqueen; y no va a rifar en manos de otros su futuro político", evalúa un funcionario de primera línea en alusión al pánico oficial por las zancadillas que puedan recibir de la Justicia.
De allí que una expresión tan futbolera como eficaz repique por los pasillos de la Casa de Gobierno. "Hay que despejar la cancha", arengan. Y eso es, precisamente, a lo que apunta el gobernador. En efecto, el instinto de supervivencia no tiene reparos en hacer lo que sea necesario para conseguir su objetivo: el alperovichismo es capaz de hacer o no hacer cualquier cosa con tal de mantener su estatus. De hecho, el gobernador se muestra dispuesto a resignar la cobertura de vacantes en la Justicia con tal de obtener un reaseguro para 2011. Hasta habla de que hoy existe la oportunidad "de consensuar todo". ¿Qué cambió para que ahora sí haya posibilidad de dialogar? En verdad, nada. Solo que frente a una sociedad inocultablemente malhumorada, cualquier trinchera es mejor que sostener un capricho que podría avivar un incendio.
Distintas prioridades
Como la sociedad, en alerta por el último tarifazo en la electricidad, el oficialismo aparece en guardia, pero por lo que pueda suceder en las elecciones legislativas de octubre. Sabe que del papel que cumpla en esos comicios -léase superar o no la barrera de 400.000 votos- dependerá su subsistencia.
Mientras la oposición aún se despereza, el alperovichismo madruga. Provincializará la contienda y plebiscitará la gestión de gobierno. Estrategia conocida por todos, pero hasta aquí efectiva. Es más, a su regreso de España, Alperovich tendrá sobre su escritorio dos biblioratos con más de 4.000 obras en ejecución o listas para inaugurar -ninguna de envergadura, por cierto- sólo en las 93 comunas rurales.
Del otro lado, los opositores con aspiraciones aún penan por superar mezquindades y establecer alianzas. Aunque, en este caso, ni siquiera el instinto de supervivencia parece despabilarlos. Sólo un derrame de los acuerdos que se produzcan a nivel nacional (Macri-Solá-Duhalde o Cobos-Morales-Carrió) podría inyectarles una dosis de orgullo entre tantas penurias.
Enfrente, el oficialismo aglutina. "Esta elección es de Alperovich", es la advertencia que recibieron los dirigentes territoriales. La intención no es otra que postergar hasta después de octubre cualquier interna. "Lo que está en juego es el proyecto político", justifica otro funcionario, en un mensaje hacia aquellos sectores que se esfuerzan por mostrar cierta independencia: Federico Masso y Héctor Romano (Libres del Sur); y los peronistas Rolando Alfaro o Domingo Amaya. Hay quienes dicen que el poder no cambia a las personas, sólo hace que se revelen.

Como una plaga
En Brasil, un mito sobrevuela cada vez que el poder obnubila a un político. Hace 107 años, el escritor Joaquim Machado de Assis escribió "La mosca Azul", un poema en el que refiere a un siervo que, picado por la mosca azul, pasó a creer que se había transformado en sultán.
Hasta el presidente Lula da Silva, que ostenta una imagen positiva del 80%, salió a aclarar que ya estaba curado de la picadura del peligroso insecto. "Yo aprendí a caminar con los pies muy cerca del piso, eso es un remedio contra la mosca azul; estoy tranquilo", dijo cuando se le consultó si le interesaba reformar la Constitución para acceder a un tercer mandato consecutivo. "Eso de pensar que hay personas imprescindibles, insustituibles, no existe en la política", acotó.
Como contrapartida, en Tucumán las picaduras de la mosca azul parecen extenderse como una plaga en el oficialismo. Ocurre que, a veces, el instinto de supervivencia puede anular aquello que nos hace humanos: la razón.







