El ejemplo de Robinson Crusoe

La cultura del esfuerzo parece no tener cabida en una sociedad mediatizada como la actual. Educar con el ejemplo es una prioridad que pocos tienen en cuenta. Por Gustavo Martinelli - Editor de Espectáculos.

05 Febrero 2009

"La vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe", de Daniel Defoe, publicada en 1719, fue la primera gran novela de la literatura inglesa. Desde entonces, pocos narradores han conseguido superar la magia y la desventura de aquel náufrago que pasa 28 años en una isla desierta de las costas de Venezuela. Pero lo ejemplar del relato no es el atroz aislamiento del protagonista, sino su desesperado intento por sobrevivir. En uno de los pasajes más recordados de la obra, Crusoe trata de construir un bote usando la astucia, demostrando que con trabajo arduo es posible conseguir cualquier cosa, incluso la misma libertad. Esta actitud parece no tener cabida en nuestra sociedad. No sólo porque las nuevas generaciones prácticamente desconocen la historia de Defoe (Hollywood lanzó años atrás una versión libre con Tom Hanks como protagonista), sino porque la cultura del esfuerzo promocionada en la novela ha caído prácticamente en desuso.
"Lo que cuesta esfuerzo, vale", dice el refrán que enseña a mirar no sólo los logros sino también el empeño puesto en práctica para alcanzarlos. Lo significativo es que esta reflexión, que podría retrotraerse hasta los estoicos y los epicúreos, no resulta ni vana ni innecesaria en el seno de una sociedad como la actual, que centra su movilidad en el asedio mediático-publicitario del deseo. Prueba de ello es la constante emisión de programas televisivos en los que triunfan los que decididamente no hacen nada. El reality show "Gran Hermano" (del que se verá a mediados de este año una nueva versión), plantea por ejemplo que la fama y el éxito no son atributos, sino metas a las que se puede llegar casi sin levantarse de la cama. Lo mismo exhibe "Bailando por un sueño", el ciclo de Marcelo Tinelli, que tendrá en los próximos meses una versión para niños y en el que triunfan no los que más talento tienen, sino los que más escándalos provocan.

Un espejo

Estas actitudes son, como tantas otras, un reflejo de lo que sucede en nuestra sociedad. Adolescentes que buscan exhibir su vida abiertamente sin importar las consecuencias; chicos apáticos que sólo se motivan con los videojuegos; alumnos violentos que convierten los recreos de las escuelas en sesiones de tortura y padres permisivos que no pueden o no saben poner límites, son algunas consecuencias de esta suerte de abulia social. Pareciera que la capacidad de trabajo es un valor en crisis. Y la respuesta oficial no ayuda mucho. De hecho, las medidas adoptadas por el Gobierno sólo apuntan a contener la miseria y el desempleo, pero casi no generan riqueza, ni mucho menos, trabajo. De esto puede dar cuenta la diversa variedad de planes sociales que el Estado distribuye a diestra y siniestra como si fuera pan casero recién salido del horno. Además, en las escuelas cada vez se exige menos y se permite más, lo que deriva en alumnos con bajo nivel y casi nula calificación profesional. Así, el mensaje parecería ser: "no renuncies a nada, vive sin complicaciones y esquiva el trabajo". ¿Qué implica entonces la cultura del esfuerzo en una sociedad que apuesta tanto a la indulgencia? En primer lugar, supone un cambio de actitud. Hay jóvenes que lo consiguen todo mientras sus padres son, en muchas ocasiones, unas personas más o menos grises que se matan para pagar una hipoteca. En la TV sólo ven el placer de la buena vida, pero no todo el esfuerzo que cuesta llegar a ella. ¿Qué otra cosa sino esta mentirosa seducción llevó a más de 300 jóvenes tucumanos a presentarse al casting de "Operación Triunfo" hace apenas una semana? Y es que, culturalmente, los medios muestran la resurrección, pero no el calvario. El tremendo esfuerzo que hay detrás del triunfo está casi siempre ausente en la televisión. Esto se debe a que, a diferencia de otros medios como el cine o internet, las imágenes de la pantalla chica ni siquiera requieren una gran dosis de atención: el aparato suele estar encendido en la cocina, en el dormitorio o en la sala, mientras un miembro de la familia fríe milanesas, otro limpia el jardín y un tercero baña al perro en el patio. "Puede ser que la televisión nos haga más alegres y despreocupados, pero ciertamente no nos hace -ni nos puede hacer- más cultos, más inteligentes, más educados o trabajadores", señala la escritora argentina Mori Ponsowy.

El rol de la educación
Esto no quiere decir, por supuesto, que la cultura del esfuerzo haya entrado en crisis a causa de las nuevas tecnologías. El esparcimiento que propone la pantalla chica también es una parte importante e ineludible de la vida humana. Pero no debería ser todo. Y aquí es donde entra en juego la educación. El domingo último, la pedagoga Norma Dilascio comentó en LA GACETA que el ejemplo es una de las claves de la educación. "Los niños aprenden lo que viven. Imitan, no obedecen. De nada vale enseñar ideas morales si los niños no adquieren hábitos a partir del ejemplo de los adultos", señaló. Por eso, la cultura del esfuerzo debe transmitirse primero en el seno de la familia y después en la misma sociedad.
Según Dilascio, la clave de todo es el testimonio de vida. Algo que ya sostenía Jesús cuando les pedía a sus apóstoles dar el ejemplo antes que golpearse el pecho orando en la sinagoga. Hace un par de años, al final de un concierto en el teatro Alberdi, una mujer le dijo al primer violinista de la Sinfónica: "daría la vida por poder tocar como usted". Y el músico le contestó: "señora, ¿qué cree que hice yo?". Es que la cultura del esfuerzo depende de cada uno. No sólo del Estado, desde ya, sino también de los padres, de los educadores y hasta de los mismos medios. Y para ejercerla hay que dar el ejemplo. Como lo hizo Robinson Crusoe, aunque su historia sea sólo una ficción.

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