Ha causado conmoción la noticia del levantamiento del programa “Puntos de vista”, que el conocido periodista Nelson Castro conducía desde hace cuatro años en Radio del Plata. En el examen de la abundante información difundida sobre el hecho, no puede sino producir alarma la razón de la medida, razón que aparece evidente en medio de los eufemismos. Ella es que el programa de Castro, dedicado al análisis político, mantenía un tono crítico respecto del Gobierno nacional, lo que ha desencadenado su supresión.
Entristece advertir que en nuestro país, que se enorgullece de contar ya cinco lustros de respeto al sistema republicano, puedan ocurrir situaciones como la que nos ocupa. En efecto, queda claro que se ha producido un deplorable apagón de cierto principio de extremada importancia. Porque parecería innecesario reiterar, a esta altura de la historia, que el hecho de vivir en democracia conlleva, como elemento básico y fundante, el derecho irrestricto al disenso, y el respeto de la opinión que la ciudadanía expresa por sí misma o a través de los medios de prensa. Esa tradición, cuyo punto de arranque se sitúa en los días iniciales de la Revolución de Mayo, ha sido el marco de la vida argentina en las instancias fundamentales de su organización como país moderno. Y, por cierto, el eclipse de tales principios -que a veces fue prolongado- ha coincidido siempre con épocas cuyo recuerdo es penoso para todos.
La vigencia de la libertad de opinión, como lo hemos sostenido en múltiples oportunidades, dista de ser algo que solamente interesa a los periodistas o a las empresas periodísticas. Por el contrario, atañe a todo el cuerpo social. Una nación madura y civilizada no admite tutores que le impongan qué opiniones puede recibir, porque tiene derecho a recibirlas y a sopesarlas a todas, y aspira a que lleguen a su mente sin cortapisas de ningún género.
El periodismo en democracia, hace directamente a la confrontación de puntos de vista, a la definición de criterios de valor general, a las formulación de anhelos, aspiraciones y esperanzas de carácter público. Es un quehacer vivo, que como enfoca todos los aspectos de la vida, enriquece, promueve e impulsa un juicio público consciente y responsable. Lesionar la libertad de prensa es lesionar, simultáneamente, los derechos y las garantías constitucionales que hacen posible el ejercicio cabal y cierto de aquella libertad.
Nadie puede discutir que siempre ha existido y existirá una relación de tensiones entre el periodismo independiente y el poder del Estado. Es lógico que la tensión exista, puesto que la opinión del periodista no siempre coincide con la de los encargados de la cosa pública. Pero está en la esencia del gobierno democrático respetar celosamente ese disenso, y no intentar jamás sofocarlo con actos autoritarios, de esos que desgraciadamente suelen asomar bajo las formas de la legitimidad democrática. Está a la vista de todos que nuestra república se encuentra en una época de dificultades de diversa índole. Pensamos que, justamente por esa causa, la comunidad debe recibir todas las opiniones que suscite la actualidad, sin filtro ni presión alguna. Tal es el trato que merecen los habitantes de una nación civilizada.
Lo ocurrido con “Puntos de vista” resulta francamente condenable. Sólo cabe esperar que tal tipo de arbitrariedad se corrija y no se reitere, si no queremos ingresar en la peligrosa pendiente de un desprecio hacia principios básicos de la democracia.
04 Febrero 2009 Seguir en 







