03 Febrero 2009 Seguir en 
La imagen elegida para nuestra edición de ayer registra con elocuencia un tema que merece comentarse. A diario, desde poco antes de la medianoche, la peatonal Muñecas se convierte en una verdadera feria de venta callejera de CD y DVD, que contienen películas y música ilegalmente grabadas. Esta última se irradia con alto volumen, además, desde aparatos que instalan los vendedores, con lo que se genera un clima de estrépito que mortifica los oídos de vecinos y de transeúntes. Lo mismo ocurre en Villa Luján y en otros puntos de la ciudad.
No necesitaría recordarse que traficar con grabaciones no autorizadas constituye un delito claramente tipificado por la ley. Inclusive, de vez en cuando se realizan espectaculares operativos policiales de secuestro de aquellas, dispuestos por la Justicia. Claro que -como lo hemos hecho notar con reiteración- a los pocos días regresa la normalidad y el material ilegal torna a expenderse tranquilamente. Es sabido que detrás se mueve una industria poderosa, lo que permite una fabricación masiva de tales productos. Más allá de deplorar las apuntadas deficiencias de la acción judicial para terminar con la venta que nos ocupa, causa realmente estupor que normas legales conocidas por todos puedan ser vulneradas de una manera tan abierta y descarada. El expendio se realiza a la vista y la paciencia de la Policía, que se limita a observarlo como si fuera una actividad común. Y el público, por supuesto, adquiere sin ningún resquemor esos discos. Muchas veces la operación constituye además una estafa, ya que, al colocarla en el aparato reproductor, la grabación no funciona o no es de mínima calidad, sin que el comprador tenga la posibilidad de reclamar y recuperar su dinero.
Párrafo aparte merece, dijimos, la invasión de música a todo volumen que constituye marco obligado de la oferta. Se vulneran de ese modo ordenanzas que vedan explícitamente la polución sonora, y que en esa área constituyen letra muerta.
Sabemos que la venta callejera está teóricamente prohibida en el microcentro. Podría ser comprensible que la practiquen, a esas altas horas, los artesanos, ya que su actividad está fuera del mercado de trabajo y es producto de sus manos. Pero no son lo mismo estas operaciones con materiales obtenidos ilícitamente, en violación de la ley y con evidente daño a los derechos de propiedad intelectual, que en nuestra legislación de fondo se encuentran garantizados. Nos parece que semejante cuadro no se puede continuar tolerando en ninguna parte, y mucho menos en el centro comercial de Tucumán. Aparte de la intrínseca ilegalidad del tráfico, su oferta causa problemas al público que se desplaza por la peatonal. Las cajas con las grabaciones están distribuidas en el piso, ocupando una considerable cantidad de metros cuadrados que el caminante se ve forzado a esquivar.
Es hora de que la autoridad competente ponga término a una realidad como la descripta. Ella constituye un triste indicador de la ninguna importancia que parecen tener las leyes, y de cómo su violación reiterada y pública se ha convertido en una costumbre que nadie parece capaz de erradicar. Esto al mismo tiempo que, como decimos, se suscita una contaminación sonora de las cuadras céntricas y se consuma un notorio impedimento al libre tránsito de los peatones. Una comunidad adulta, responsable y civilizada, no puede hacerse cómplice de semejante espectáculo. Puesto que de tantas maneras se trata de mejorar y modernizar nuestro principal sector comercial, resulta un contrasentido que la inacción de las autoridades permita que se reitere, noche a noche, un cuadro como el que describimos.
No necesitaría recordarse que traficar con grabaciones no autorizadas constituye un delito claramente tipificado por la ley. Inclusive, de vez en cuando se realizan espectaculares operativos policiales de secuestro de aquellas, dispuestos por la Justicia. Claro que -como lo hemos hecho notar con reiteración- a los pocos días regresa la normalidad y el material ilegal torna a expenderse tranquilamente. Es sabido que detrás se mueve una industria poderosa, lo que permite una fabricación masiva de tales productos. Más allá de deplorar las apuntadas deficiencias de la acción judicial para terminar con la venta que nos ocupa, causa realmente estupor que normas legales conocidas por todos puedan ser vulneradas de una manera tan abierta y descarada. El expendio se realiza a la vista y la paciencia de la Policía, que se limita a observarlo como si fuera una actividad común. Y el público, por supuesto, adquiere sin ningún resquemor esos discos. Muchas veces la operación constituye además una estafa, ya que, al colocarla en el aparato reproductor, la grabación no funciona o no es de mínima calidad, sin que el comprador tenga la posibilidad de reclamar y recuperar su dinero.
Párrafo aparte merece, dijimos, la invasión de música a todo volumen que constituye marco obligado de la oferta. Se vulneran de ese modo ordenanzas que vedan explícitamente la polución sonora, y que en esa área constituyen letra muerta.
Sabemos que la venta callejera está teóricamente prohibida en el microcentro. Podría ser comprensible que la practiquen, a esas altas horas, los artesanos, ya que su actividad está fuera del mercado de trabajo y es producto de sus manos. Pero no son lo mismo estas operaciones con materiales obtenidos ilícitamente, en violación de la ley y con evidente daño a los derechos de propiedad intelectual, que en nuestra legislación de fondo se encuentran garantizados. Nos parece que semejante cuadro no se puede continuar tolerando en ninguna parte, y mucho menos en el centro comercial de Tucumán. Aparte de la intrínseca ilegalidad del tráfico, su oferta causa problemas al público que se desplaza por la peatonal. Las cajas con las grabaciones están distribuidas en el piso, ocupando una considerable cantidad de metros cuadrados que el caminante se ve forzado a esquivar.
Es hora de que la autoridad competente ponga término a una realidad como la descripta. Ella constituye un triste indicador de la ninguna importancia que parecen tener las leyes, y de cómo su violación reiterada y pública se ha convertido en una costumbre que nadie parece capaz de erradicar. Esto al mismo tiempo que, como decimos, se suscita una contaminación sonora de las cuadras céntricas y se consuma un notorio impedimento al libre tránsito de los peatones. Una comunidad adulta, responsable y civilizada, no puede hacerse cómplice de semejante espectáculo. Puesto que de tantas maneras se trata de mejorar y modernizar nuestro principal sector comercial, resulta un contrasentido que la inacción de las autoridades permita que se reitere, noche a noche, un cuadro como el que describimos.







