Mimos que valen 400.000 votos

El matrimonio presidencial seduce a Alperovich con abrazos y recursos. El gobernador, en tanto, procura mantener una prudente distancia de los Kirchner, en función de necesidades electorales. Por Juan Manuel Asis -Prosecretario de Redacción.

01 Febrero 2009

El peronista es un animal político raro y con una destreza natural: huele la debilidad y la fortaleza, siente el miedo y el poder ajeno; y se acomoda a esa percepción de la realidad, afilando o escondiendo sus garras. Todo dirigente que se precie de tal debe tener ese olfato especial para crecer por mérito propio o a la sombra de los méritos de extraños, pero, indudablemente, por razones inexplicables, esa característica se potencia en el peronismo y sus militantes. Y si los analistas están anticipando el comienzo del fin del kirchnerismo como fuente de poder interno en el Partido Justicialista, hay que dar por sentado que los peronistas ya se vienen acomodando para el inicio de una nueva etapa política en el movimiento. Ahora bien, ¿a quién están apuntando sus narices los justicialistas?, es más, ¿quién o quiénes creen que pueden ser los posibles sucesores -no herederos- de los Kirchner? Como buenos cazadores, están agazapados, esperando al "que viene", o al que tiene más posibilidades de ser "el próximo" mandamás.
A qué apellido se le agregará el "ismo": algunas alternativas realmente son difíciles hasta de leer: reutemanismo, solaismo, dasnevismo, sciolismo, delasotismo. Impronunciables algunos. Sin embargo, hay que empezar a acostumbrarse a esos sonidos extraños y alternativos, porque los justicialistas están dirigiendo sus miradas hacia otros horizontes internos. Hoy no corre el viejo refrán de "más vale malo conocido que nuevo por conocer". Nadie apuesta al débil, sino al que tiene chances de ganar -obvio-; al que -vaya contradicción- se convierte en poderoso porque, en el pensamiento peronista, merece ser el próximo. Así "el que viene" crece por doble vía, la propia -por su protagonismo- y la externa, por las adhesiones que comienza a recibir y que lo muestran como un referente en ascenso. Otra vez, ¿a quién miran hoy los hombres de Perón? Los Kirchner conocen que el peronismo es una máquina de fabricar y de desarmar líderes, cuyo combustible es el poder: su ejercicio mantiene vivo al justicialismo, y a los justicialistas. El poder los ceba.
Debilitarse es sinónimo de riesgo partidario, de mala salud; y el matrimonio presidencial está perdiendo sus glóbulos rojos. Y como bien se dice, los "compañeros" huelen la sangre.
Hablar bien de Carlos Reutemann, reunirse con el otrora adversario "agrario" Juan Schiaretti y pretender sumar en la boleta bonaerense al hermano de Daniel Scioli, no son síntomas de apertura o gestos de magnanimidad kirchnerista, sino más bien -y así lo interpretan los muchachos de la marchita- un rasgo inequívoco de que no quieren seguir perdiendo glóbulos, del color que sea. Como bien se señala: a los Kirchner les perdieron el miedo, se les animan no sólo los extraños sino hasta las huestes del propio corral. Así, expuestos, tienen que negociar en debilidad, cuesta abajo, cediendo espacios; aceptando que nacionalizar los comicios de octubre implica subirse a un tobogán que lleva a la derrota. Sólo les cabe una alternativa, y la aceptaron cabizbajos: que los caudillos territoriales impongan su criterio, provincialicen la elección, vendan sus gestiones -armadas en base a los recursos económicos que les brindó la Nación-, y elijan los nombres que llevarán como candidatos a diputados y a senadores. En otros tiempos, el Presidente "sugería" un apellido para una lista provincial y era palabra santa, se aceptaba a rajatabla; hoy eso no sucede, y se debe a la debilidad que se presiente, y de la que los Kirchner no presumen, claro.
Por eso, los Kirchner tienen que mostrarse simpáticos, aduladores, abiertos, proclives al diálogo; toda una sinfonía de lo que le cae mal a los autoritarios. Resignadamente y a regañadientes tienen que hacer lo que les desagrada para postergar la agonía más allá de 2009. Así es como, entre otros, ahora miman a José Alperovich, que les garantiza un piso de 400.000 votos. Lo endulzan con viviendas, abrazos y besos. Y él responde con discursos políticos: "se debe entender que el dinero que nos envía la Nación llega a los pobres". Sí, la cantidad de sufragios que les puede aportar el PJ tucumano a los pingüinos no es para nada despreciable. La gestión de Alperovich, después que este ganó en 2007, sirve para vender al resto del país, a criterio de los Kirchner. Y lo premian: lo invitan a ser parte de la delegación nacional que irá a España el 7 de febrero y que encabezará Cristina Fernández.
Mucho pasó desde aquel café que tomó Néstor Kirchner en el aeropuerto Benjamín Matienzo -sin avisar de su presencia al gobernador- a esta invitación de la Presidenta para formar parte del equipo chico. Si algo faltaba para que el resto sepa que Alperovich juega en la liga de los grandes, era este hecho. Lo saben los Kirchner, lo intuye Alperovich y el resto de los socios políticos que se arriesgan a no bajarse totalmente del barco patagónico. La nave tiene aún resto y maneja el dinero del Estado; que es la zanahoria "scarla" (una de las más grandes).
La estrategia de los Kirchner es "pegar" a los mandatarios díscolos, aunque más no sea con goma de mascar, y seguir seduciendo con convites y billetes a los más fieles. El gobernador tucumano es uno de los últimos. Pero -se viene diciendo desde hace semanas- Alperovich quiere mantener una prudente distancia del matrimonio, la suficiente para no contagiarse de su debilidad y la necesaria para no padecer electoralmente sus errores de gestión. Y una manera de fijar un relativo alejamiento de los pingüinos es tratar de diferenciarse en los métodos de la gestión: sin caprichos.
En ese marco debe analizarse el cambio de actitud del gobernador respecto de la crisis de la Justicia a causa de las vacantes, y la necesidad de contar con un mecanismo de selección y designación de jueces interinos o definitivos. Antes de viajar a Brasil, el mandatario comunicó que estaba consensuando una ley de interinatos para el Poder Judicial con el Colegio de Abogados, institución con la que, precisamente, mantiene un prolongado conflicto político (la considera, o la consideraba hasta hace unas semanas, opositora) e institucional (sus diferencias sobre la reforma constitucional llegaron a los tribunales). En ese sentido, nada mejor que consensuar con el adversario acérrimo para mostrar una imagen distinta de la de los Kirchner; significar que no es lo mismo ser del norte que ser del sur, que los métodos de hacer política no son similares; que mientras uno cierra los caminos al diálogo para enfrentar los conflictos el otro abre las puertas a las conversaciones.
Claro que el sorpresivo acercamiento entre las partes lleva a hacer preguntas y reflexiones molestas para los protagonistas de las negociaciones para cubrir legalmente las vacantes en la Justicia. Al analizar la propuesta del PE sobre que la Corte, el Colegio de Abogados y el Ejecutivo propongan ternas de candidatos para llenar los despachos vacíos, lo primero que se puede pensar -mal y pronto, se diría- es que lo que en el fondo están consensuando es un amigable sistema de reparto discrecional de los cargos de jueces ("hacete amigo del juez", dice Martín Fierro). Cada grupo pondría los suyos -los amigos del poder-, todos alegres y aquí no ha pasado nada. Sería una pésima imagen general, de ser cierta.

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