El mapa secreto
Miserias, escándalos, humillaciones y otros dramas se suceden y, de tan cotidianos, se tornan invisibles. Las consecuencias de semejante devenir pone en jaque al Estado. Por Gustavo Martinelli - Editor de Espectáculos.
En su famoso ensayo "El asesinato considerado como una de las bellas artes", el escritor inglés Thomas De Quincey (1785-1859) describe un particular homicidio ocurrido en Jerusalem. La víctima era un sumo sacerdote que fue apuñalado, no en la oscuridad de la noche o en la soledad de un callejón, sino a plena luz del día, durante una ceremonia religiosa y en medio de la multitud. De Quincey explica que la luz y las muchedumbres pueden operar a la manera de velos, haciendo que lo más obvio a veces permanezca escondido; como sucede con las cumbres del Aconquija que, a plena luz del día, pueden ser invisibles y secretas para los tucumanos. Jorge Luis Borges, en "Textos recobrados" recuerda, a propósito de este planteo, un poema de Macedonio Fernández que dice: la realidad trabaja en abierto misterio.
Estos versos parecen aplicables también a la situación de nuestra ciudad. Ciertamente, San Miguel de Tucumán es algo más que un territorio surcado por simples calles que se cruzan en línea recta a los pies del cerro San Javier. En los últimos tiempos, la provincia que acunó el primer grito independentista se ha convertido (para nativos y foráneos) en una suerte de mapa donde las miserias, agonías, escándalos y humillaciones se suceden incesantemente a plena luz del día. No se trata de sucesos secretos. Son más bien dramas que, de tan cotidianos, a veces permanecen invisibles. Las protestas en la plaza Independencia, los cortes de tránsito, el caos en el microcentro, la crisis del transporte público o la invasión paulatina de las peatonales, son como pequeñas estaciones en ese nuevo mapa provincial.
El acostumbramiento ha llegado a tal punto que ya no causa asombro ver a las multitudes gritando en las escalinatas de la Casa de Gobierno o caminando por el microcentro cercado, como por un renovado e imperceptible Muro de Berlín. Tampoco despiertan mucho interés los grupos de usuarios reclamando una baja en las tarifas de los servicios; o el complejo derrotero de un grupo de madres doloridas por el abandono de sus hijos víctimas de las drogas, mientras los pilares de los tres poderes del Estado tiemblan por las consecuencias políticas de semejante devenir. Menos aún las quejas de los turistas que se encuentran con una provincia con bellos paisajes y rica historia, pero con calles ahuecadas, caminos con escasa infraestructura, servicios poco eficientes y un tránsito caótico que los expulsa rápidamente a otra ciudad del NOA.
Claro que esta suerte de abulia provincial tiene una explicación. Según los expertos, el carácter de una persona se forma a partir de una serie de elementos, entre los cuales se encuentran la opinión general, las expectativas de vecindad, el sentido de pertenencia a una comunidad y el control social formal e informal. Los sociólogos llaman a esto el ethos de una comunidad.
Cuando este entramado de relaciones (tan complejo como los delicados hilos de una telaraña) se degrada, las conductas de los individuos siguen el mismo camino. En otras palabras: cuando los lazos sociales se debilitan y la fragmentación emerge, las personas se desintegran de sus semejantes y las normas pierden su capacidad reguladora. Tal vez por eso, los que visitan la provincia, se asombran de que los tucumanos se mantengan indiferentes ante tanto caos.
Pero en esta cuestión no existe un culpable absoluto. La responsabilidad es compartida. Más allá de la poca eficacia de las instituciones del gobierno, la sociedad también da mensajes a través de su comportamiento y de sus valores. Y muchas veces, ese mensaje es contrario a la cultura de la ley.
¿Como se explica que los mismos vecinos del barrio Oeste II ataquen a los policías que intentan desbaratar las bandas de dealers que proveen de droga a sus hijos? Hoy más que nunca, la calidad del espacio público es relevante.
El vínculo entre los individuos define a una comunidad. Y si ese vínculo se deteriora (ya sea por el abandono del Estado o por propia apatía), el crecimiento se detiene. De allí que, tanto el gobierno como el pueblo, tienen la obligación de superar el estancamiento para ponerse a construir una sociedad en serio. Una casa es lo que son sus dueños. Los teólogos afirman poéticamente que la conservación del universo es una perpetua creación y que si Dios se distrajera tan sólo un instante, todo se esfumaría como alcanzado un fuego sin luz. Por eso mismo los hombres continuamete están labrando el arca que los puede salvar del Diluvio Universal. Los tucumanos no deberían ser la excepción.







