“En siete meses perdí todo por el vicio. A mis hijos, a mi esposa, a mi mamá. Necesito salir de esto”. Hace una semana que Ricardo no fuma “paco”, la droga que le destruyó la vida en siete meses. Confía en que puede recuperarse, pero sabe que para logarlo necesita que los dealers se vayan de su barrio, el Soldado Tucumano, en Banda del Río Salí. “Ellos están matándonos a todos por $ 5”, asegura el joven, de 28 años.
Hasta comienzos de 2008, Ricardo se ganaba el pan como albañil y con algunas “changas”. Una noche de abril, en una reunión con amigos, conoció el “paco”. Desde entonces, no trabaja ni piensa en otra cosa que no sea consumir pasta base de cocaína mezclada con residuos. “Me da vergüenza que mis dos hijas y mi señora me vean así”, expresa con la cabeza gacha. Pero rápidamente añade: “por ellas le voy a ganar a esta porquería”.
Luego de varios meses, Ricardo admitió su adicción. Comenzó un tratamiento en el Hospital Padilla, pero no le dio resultado. “No puedo hacer algo ambulatorio, porque cuando vuelvo al barrio me tiento y vuelvo a comprar. Necesito estar lejos de esto, internado o en otra parte”, implora.
Describió su vida como un infierno. “Estuve dos veces preso por robar en estos meses. Me metía en cualquier casa porque tenía que conseguir con qué pagarles a los ‘transas’”, aseguró. Ricardo intercambiaba lo que había sustraído por drogas. “Todas esas ratas me conocen. Pero ya me cansé de esto, no voy a dejar que me sigan matando a mí ni a mis amigos. Si hasta vi que les vendían a chicas de 12 años. Lo único que les interesa es la plata”, se descargó.
Cruzar el río
En su barrio, ubicado en la parte de la Costanera que está en Banda del Río Salí, Ricardo asegura los dealers son conocidos por todos. “Los que más la mueven son cuatro hermanos que viven en un pasaje”, indicó. Además, aseguró que, de tanto en tanto, tenía que cruzar a la Costanera del lado de la capital para comprar drogas, porque “a los de acá se les acababa de tanto vender”. En una de sus incursiones, según él, le compró cocaína a Daniel “Ordóñez” Tévez. “Cuando lo vi en el diario diciendo que no era ‘transa’ me reí mucho. Yo iba de tanto en tanto a buscar ‘merca’ a su casa”, expresó el muchacho.
Además, afirmó que hay un policía que persigue a los adictos del barrio, les quita la droga y se la vende a los “transas”. “Acá lo conocemos como ‘Serrucho’. Cada vez que lo vemos nos escondemos”, manifestó.
“Quedé hecho una hilacha; pesaba 80 kilos, hoy no sé si llego a 60”, dice y exhibe sus delgadas pantorrillas. Asegura que quiere que los “transas” vayan presos para poder recuperarse. Pero les tiene miedo. “Si se dan cuenta de que estoy hablando, estoy perdido. Ellos son capaces de darle dos papelitos (dosis de “paco”) a uno enviciado para que me mate. Así se manejan”, expresó. Luego, acarició su antebrazo izquierdo, donde un tatuaje reza “madre”. “Así como estoy, ni ella quiere verme. Por eso quiero cambiar de vida”, se permitió soñar.










