Detrás del lujo se ocultaba una organizada red de venta de droga en casas de Villa 9 de Julio
Según la Policía, los detenidos son los principales distribuidores de droga de la zona, y tienen línea directa con los dealers de la Costanera. Los investigadores llevaron adelante un impresionante operativo, que contó con la participación de más de 200 agentes. Viviendas ostentosas al lado de casillas humildes.
El contraste es tan evidente que hasta los vecinos admiten que es casi imposible que quien pase por la zona no advierta que algo raro sucede. Las casas de dos pisos, con revestimientos de cedro y nogal, habitaciones con jacuzzi, televisores de plasma y de LCD de no menos de 29?, enormes camas king size y costosos vehículos 4x4, motos y cuatriciclos por un lado. Pared de por medio, precarias viviendas montadas con chapa, ladrillos quebrados, letrinas por baño y una habitación para ocho personas. Esas diferencias se observan en el corazón de Villa 9 de Julio, una de las barriadas más populares de la capital. "No, es lógico que algo aquí no está bien", opinó Marcos Aguirre, un hombre de 65 años que ayer pasó la madrugada viendo cómo la Policía allanaba seis casas cuyos propietarios, según los investigadores, conforman la célula más importante de venta de droga en la zona, y que tienen conexión directa con la comercialización de "paco" en la Costanera.
La investigación se inició hace casi un mes, casi al mismo tiempo que las Madres de la Esperanza comenzaron a denunciar que sus hijos eran esclavizados por los dealers de la Costanera. Personal de la Dirección de Drogas Peligrosas, al mando de los comisarios Fabián Salvatore y Francisco Juárez descubrió que el 95% de la droga que llegaba a las viviendas ubicadas en las márgenes del río Salí provenía de Villa 9 de Julio. Pero en las últimas semanas, sobre la base del trabajo de los propios vecinos, se dieron cuenta de que los vendedores de droga habían emigrado.
La investigación
La casa de uno de los hombres sindicados por las Madres de la Esperanza como el mayor vendedor de cocaína de la zona, Daniel "Ordóñez" Tévez, fue allanada dos veces, una en el marco de la investigación del robo de un teléfono y otra por una denuncia por amenazas y lesiones. Pero no le encontraron nada. "Yo no vendo drogas", le dijo Tévez a LA GACETA, desmintiendo a sus vecinos. Por eso los policías planearon una nueva estrategia junto con el juez federal Daniel Bejas. Si Tévez no tenía nada en su domicilio, alguien debía estar vendiendo por él. Por eso Bejas ordenó que se allanaran las casas de sus familiares directos, comenzando por la de su ex esposa, Margarita Ramona Toro y decidió que, en caso de encontrarse a "Ordóñez" en alguno de los domicilios que debían ser requisados, tenía que ser detenido. Fue en lo único en lo que los policías no tuvieron suerte. La zona es considerada "pesada". Por eso, además de todo el personal de la Dirección de Drogas Peligrosas (50 policías), se pidió colaboración a Infantería de las Regionales Capital y Este, al Comando Radioeléctrico, a Patrulla Urbana, a Patrulla Motorizada, a la Dirección de Investigaciones, a la Aduana y al grupo Cero.

Cercados
A partir de las 3 de ayer, los barrios Arturo Illia y 11 de Febrero (altura Martín Berho al 700 y al 1.200 respectivamente) se poblaron de policías. Como los acusados no abrían las puertas, los uniformados utilizaron mazas. El ruido de los golpes casi ni se escuchó: la música de Leo Dan, de Palito Ortega y de Manolo Galván proveniente de los enormes parlantes que algunos vecinos habían sacado a la calle los opacaron. Además de la buena calidad de la droga que encontraron, lo que más sorprendió a los policías durante su incursión nocturna fue la cantidad de dinero que habían acopiado los acusados. Los investigadores se incautaron de billeteras y riñoneras repletas de billetes de todas las denominaciones, y de bolsas y bolsos repletos de monedas. "Es plata del ciber, lo podemos probar", dijo sonriendo una de las detenidas, mientras miraba cómo uno de los policías contaba las monedas, trabajo que insumió varias horas. Las seis viviendas, además, parecían haber sido construidas y ambientadas por una misma persona: muebles similares, las mismas escaleras, los mismos mosaicos, las mismas copas y, como calcadas, las mismas imágenes del Gauchito Gil y de San Jorge. En una de las viviendas, incluso, había un sillón de peluquero, en otra, una batería que sería la envidia de varios rockeros de Tucumán. La droga no estaba demasiado oculta. La encontraron arriba de mesas, en tarros o dentro de cajones. Casi el total de los 1.500 gramos de cocaína que se secuestraron habían sido dosificados en tizas. Para eso habían utilizado tubitos plásticos para comprimirla. También secuestraron distintos tipos de ácido y polvos (para estirarla) y bochitas de la misma droga. Además se incautaron de marihuana (unos 200 gramos). Los ahora imputados, además, tenían en su poder armas (pistolas calibre 9mm, revólveres, escopetas y cuchillos) y gran cantidad de proyectiles. Agendas, teléfonos celulares, chips y computadoras también fueron puestos a disposición de la Justicia.
Cuando amanecía, comenzaron a caer las primeras piedras sobre los policías. Muchos de los vecinos que habían estado durmiendo cuando se inició el gigantesco procedimiento se estaban despertando y, aparentemente, no les habría gustado encontrarse con el barrio copado de policías. Pero para ese momento el operativo estaba terminando. Los detenidos fueron subidos a las camionetas y fueron trasladados a la sede de la Dirección de Drogas. De fondo, Sandro cantaba "Dame el fuego de tu amor".
Entre la documentación secuestrada, los policías quedaron indignados con un papel en especial. En la casa de la pareja a la que se le había secuestrado más dinero ($ 34.599), los policías habían entrado un certificado de pobreza, expedido a nombre de la propietaria. La mujer pretendía, con esto, acceder a un plan social.
Los chicos, con los vecinos
En todas las casas que se allanaron había niños, que terminaron durmiendo en sillones y directamente en el piso, mientras los policías las requisaban. Como sus padres fueron detenidos, se debió pedir colaboración a los vecinos o llamar a otros familiares para que se hicieran cargo de los chicos hasta que la Justicia Federal determine qué hacer con ellos.








