Aprender de la experiencia

Ha llegado el momento para buscar el camino correcto en el presente sin incurrir en errores pasados.

04 Febrero 2003
En recientes declaraciones, el ministro del Interior deploró que la Argentina no haya tenido una "salida ordenada" de la convertibilidad en su momento, lo que determinó que a las consecuencias hayamos tenido luego que pagarlas "todos juntos". La frase (pronunciada en el contexto de apreciaciones sobre la coparticipación federal, las cuentas fiscales y el tipo de cambio), merece, por cierto, un comentario.
Tiene razón el ministro. Numerosos expertos económicos venían argumentando con insistencia, desde mucho tiempo antes de la caída del gobierno De la Rúa, sobre la necesidad de revisar el sistema de la convertibilidad. Sostuvieron, cabe recordarlo, que debió haberse tomado la medida por lo menos un año antes. La convertibilidad había funcionado eficazmente cuando existía urgencia de yugular la hiperinflación y de dar estabilidad a la economía. Pero, cuando pasaron los años y aparecieron las consecuencias de un endeudamiento fiscal descontrolado y una pérdida de competitividad externa, pudo haberse pasado a la otra etapa con cierto orden y no se lo hizo.Frescos están en la memoria de todos los acontecimientos que precipitaron el derrumbe de la paridad uno a uno: la fuga masiva de capitales, el corralito y el default inevitable de un Estado quebrado a lo largo del terrible año 2001. Cuando en enero de 2002, y sobre el telón de fondo de una crisis política sin precedentes, el Congreso aprobó el fin de la convertibilidad y dispuso una devaluación, se ingresó en tiempos de todavía mayor caos.
Un conocido economista los sintetizó: "inicialmente primaron políticas muy confusas y distorsivas, como la pesificación asimétrica, las fuertes y cambiantes restricciones bancarias, las amenazas de bonificación compulsiva de los depósitos con un Bonex II, etcétera". Ello prolongó "la crisis de expectativas y profundizó la devaluación -y sus contras- más allá de lo esperable, durante el primer semestre de 2002". Además, por cierto, del agravamiento de otros aspectos, entre ellos, una vertiginosa caída del salario real, un no menos vertiginoso empobrecimiento y una dura recesión por el deterioro del mercado interno. De todo ese caos recién estamos empezando a emerger, en algunos aspectos, mientras siguen pendientes de resolución muy graves problemas de tipo social.
La desordenada salida de la convertibilidad es un hecho revelador de la ligereza y del repentismo que los argentinos utilizamos, con demasiada frecuencia, para resolver nuestros problemas más importantes. Si bien se mira, nuestra historia del último medio siglo no es sino un lamentarse constantemente, a cada minuto, de la ceguera con que obramos en el minuto anterior. Al contrario de lo que otras comunidades practican tan a menudo, y que es utilizar su experiencia del pasado para buscar el camino correcto en el presente, los argentinos constantemente incurrimos en los mismos errores por los cuales luego debemos sufrir y arrepentirnos.
Nos parece que ha llegado el momento de que tales cosas no ocurran más. Que la estabilización de la economía del país sea una meta para cuyo logro no debemos ahorrar esfuerzos, constituye algo suficientemente claro. Pero al mismo tiempo, si deseamos que esa estabilidad no solamente se logre sino que se mantenga y represente un beneficio general, debemos aplicar la prudencia y el realismo para manejar nuestra vida económica.
Terminar con el endeudamiento externo; terminar con el déficit fiscal crónico y con las monedas espurias; terminar de raíz con la corrupción; propender a una inversión sana y equitativa de los recursos del Estado y fomentar nuestras actividades creadoras de riqueza y de progreso serían, entre otras cosas, la necesaria demostración de que, por una vez, hemos resuelto manejarnos de modo ordenado y racional.

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