
Cuando lo conocí, me quedó claro que en Las Pelotas Germán Daffunchio era el que hablaba con la prensa, mientras que Alejandro Sokol -que se mostraba esquivo, inquieto y muy ansioso- descargaba su adrenalina en el escenario; era el tipo difícil de la banda: en la pileta del Garden Park, en medio de la entrevista, pareció no aguantar más, y sencillamente se retiró a su cuarto. El grupo desembarcó en Tucumán por primera vez en abril de 2003 (en el marco de un festival) y tuvo tanta repercusión que, solos, tuvieron que volver en setiembre de ese mismo año. Luego, en las sucesivas presentaciones en esta ciudad, en la conversación con los periodistas, si aparecía, se mostraba ausente y desinteresado; estaba claro que no era su espacio. Pero verlo cantar y hacer sus performances en Caja Popular o en Central Córdoba; en la cancha de Atlético Tucumán, o en el estadio Delmi (Salta), allí sí marcaba la diferencia (los tucumanos lo pudimos advertir en 2007, cuando el grupo actuó sin Sokol). Escribirlo será un lugar común, pero llevaba el rock en la sangre. Tenía claro que el éxito le quemaba la cabeza, y quería experimentar y disfrutar (aunque en rigor, siempre daba la sensación de estar sufriendo y disconforme); le escapaba como a la peste a cualquier aburguesamiento o algo que se pareciera a la comodidad. Por eso, tal vez, se alejó de Las Pelotas el año pasado, para empezar de abajo, de nuevo, con la banda El Vuelto SA (al lado de su hijo). Por eso, y también por sus diferencias con Daffunchio y sus compañeros, que sabían que ya no lo podían controlar (“me fui para seguir disfrutando de la música; lo que no quiero es enroscarme con la plata”, había explicado él). “Nos gusta el descontrol, y queremos hacer lo que nos pinta en el momento”, había dicho hace un par de meses al hablar de El Vuelto SA. Seguro, Luca y Sokol eran del mismo palo, en aquello que no es muy común en el mundo del espectáculo, la autenticidad.







