"Aquí en el pueblo te señalan y dicen: ?ahí va el drogadicto, el gato?". "Yo buscaba estar en la plaza o drogándome en cualquier otro lugar, porque no quería estar en mi casa". "Podía pasarme dos días seguidos ?flasheando?, no necesitaba dormir". Más de 10 historias distintas con un conflicto en común: la droga. Los protagonistas son jóvenes de la ciudad de Aguilares, al sur de la provincia, cuyas historias familiares los llevaron a hacer de la calle su precario hogar, y de la droga, un amigo que les hacía olvidar los momentos de dolor.
Hoy, y desde hace cuatro meses, esos mismos jóvenes, de 14 a 22 años, trabajan en un programa coordinado por Defensa Civil de esa localidad. Intentan salir de lo que los llevó a estar "adormecidos" -como explican las personas que los asisten- durante varios años.
Están sentados en ronda. Se ríen y cruzan miradas. "No creas que son tímidos, ¿eh?", advierte Isabel Gordillo, directora de Defensa Civil. Antonio, Víctor y Daniel (nombres ficticios por cuestiones de seguridad) están en plena recuperación y aceptaron compartir su historia.
"A mí me rescataron cuando estaba en la comisaría. Me habían golpeado mucho", comenta Antonio. Fue el día de su cumpleaños. Se habían juntado en su casa; estaban fumando porros y tomando "pasta" (así les dicen a las pastillas). "Me contaron que yo le dije a Daniel que fuéramos a robar, pero no me acuerdo", narra Antonio. Minutos después la Policía lo detuvo a la salida de un ciber; llevaba una consola de videojuegos en las manos. "Ahí apareció Isabel para sacarme. Ella es la única que no nos desprecia", dice sonriendo.
La llegada de cada uno de los 15 chicos al programa fue diferente, según explica Isabel. También lo son la constancia y el compromiso con la recuperación. "Por ejemplo, Víctor no se acuerda de cuándo me conoció, porque estaba muy drogado", asegura.
Lo que sí recuerda Víctor es el primer día que probó la droga. "Había salido de mi casa para ir a al río; primero sentí el olor, que me llamó la atención. Entonces, unos amigos me dieron un porro para que probara, pero me lo guardé. Estuve así una semana... hasta que lo prendí", relata Víctor, que tiene 18 años y un hijo de un año y medio. "Después, me la pasaba drogado -prosigue-; no prestaba atención a nada y la mamá de mi hijo me pedía que cambiara. Por él estoy aquí".
"Antes era bombero"
Daniel parece uno de los más chicos, pero tiene 18. Al principio le costaba hablar, pero fue venciendo la timidez. "Yo antes era bombero, pero no pude seguir", dice. Cuando la droga lo atrapó se acabaron sus días dentro del cuerpo de bomberos. "Tengo hermanos más chicos y soy su ejemplo; no quiero que me vean drogado", agrega.
"El día a día no es fácil", coinciden los tres. "A veces te dan ganas de caer. Entonces, venís acá y le contás a Isabel", aseguran. Otras veces, confiesan, llegan con los ojos brillosos. Sin necesidad de preguntas, ella ya sabe que no soportaron y reincidieron.
En el interior de la sede de Defensa Civil, improvisaron un lugar de reunión y recuperación. Tienen una mesa de ping pong que fabricaron entre todos; juegos de mesa -como el Yenga y el Estanciero-; y una radio en la que suena una cumbia pegajosa.
No hay horarios, aseguran. Cualquiera de ellos puede ir todas las veces que necesite. Allí conversan y se ayudan mutuamente. "Todo esto me costó mucho, porque al principio casi no hablaban. Pero ahora no los podés callar", asevera orgullosa Isabel, quien emprendió esta tarea junto con sus compañeros, pero sin apoyo oficial.
Las sustancias que consumen con mayor frecuencia son las pastillas, la cocaína y la marihuana. La mayoría se inició con la inhalación de pegamento en lo que ellos llaman la "ceremonia de la lata", la cual se iban pasando de mano en mano durante todo el día. "Nos sentábamos detrás del cementerio y podíamos estar así varios días, sólo con la lata", coinciden. La dependencia que les creaba de droga no les permitía ver otra cosa. "Cuando te drogás no te importa nada, la plata que conseguís es sólo para eso", admiten. Conocen el "paco", pero aseguran que no lo probaron.
La relación con la Policía es violenta, según comentan. "Un agente me detuvo porque estaba fumando porros en la plaza, pero cuando estaba adentro me fueron a comprar pastillas", cuenta uno de los chicos. "Ellos lo que quieren es meterte adentro para sacarte plata, porque la multa es $ 40, además te ?bolsiquean?", agrega otro. Y dice que cuando llegan a la comisaría los requisan, los esposan y los golpean. "A mí me ataron los pies y las manos y me patearon en el piso", dice Antonio, que suma unas 90 causas. Los demás están cerca. Aseguran que siempre se llevan a los que tienen "fichados", aunque sean inocentes.

Nunca es tarde
Confían en que algún día se van a recuperar del todo y van a poder concretar sus sueños. "A mí me gustaría terminar la escuela, porque tengo hasta séptimo grado solamente", se sincera Víctor. Su anhelo es volver a aprender a leer; dice que ya no se acuerda nada y eso lo pone nervioso. Daniel quiere comprar una máquina de cortar pasto, por sugerencia de Antonio. También le gustaría poder ayudar a otros chicos que están pasando por lo mismo. Antonio sueña con encontrar el amor; le gusta dibujar y lo hace muy bien. "A veces entro a la iglesia, porque después copio la imagen de los cuadros", explica.
Todos saben que la vida les está dando una oportunidad y que no es tarde para aprovecharla.










