Ruidos y descontrol

Las normas que regulan la convivencia entre los vecinos no se las hace respetar generando los consabidos inconvenientes.

03 Febrero 2003
La educación, el control y la sanción al infractor permiten en gran medida que una comunidad pueda vivir armónicamente o, por lo menos, civilizadamente. Cuando eso sucede, se hace realidad aquello de respetar al prójimo o de no hacerles a los otros lo que a uno no quiere que le hagan.
Sin embargo en nuestra ciudad estas normas mínimas y esenciales no se cumplen a menudo. Hay ordenanzas precisas que regulan la instalación de boliches en el centro. Pese a ellos, hay "poolperías" -término que refleja la falta de identidad que padecemos- que propalan música hasta altas horas de la madrugada durante los fines de semana, provocando el insomnio de los vecinos.
Por otro lado, es penoso ver en las inmediaciones de la plaza Yrigoyen, donde hay otro boliche, a jóvenes alcoholizados que con frecuencia producen desórdenes y hacen sus necesidades en cualquier parte.
El vecino siempre es la víctima de estos excesos sociales, y se siente indefenso porque nadie lo protege. Los organismos -incluyendo la Policía- que deben ocuparse del asunto hacen oídos a los reclamos nocturnos.
Si quienes deben controlar y hacer cumplir las leyes no lo hacen, estaremos cada vez más cerca de la barbarie que de la civilización.

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