02 Febrero 2003 Seguir en 
Washington.- Debía ser un día de festejos. Ochenta experimentos exitosos habían sido realizados por la tripulación del trasbordador espacial Columbia durante su misión. Había logrado resultados muy importantes hasta ahora no conocidos, se entusiasmaban expertos de la NASA.
Los familiares de los siete astronautas a bordo del Columbia ya se habían reunido anticipadamente ayer cerca de donde iba a aterrizar la nave, en Cabo Cañaveral, Estado de Florida, llenos de orgullo, con alegría por el reencuentro y con abundantes planes para los próximos días. Con ansiedad, los ojos de esposas, esposos, hijos, madres y padres se dirigieron al reloj que marcaba la cuenta regresiva, el tiempo que faltaba para el aterrizaje del transbordador.
Cerca del final
A las 9.16, hora local, debía ser el aterrizaje del Columbia, con su carga de tripulantes y datos científicos. Faltaban aún quince minutos, diez, y todos miraban al cielo para ver la llegada de la nave. Pero no apareció nada. Poco después, la bandera al lado del reloj de la cuenta regresiva estaba a media asta. Las familias fueron llevadas a un edificio cercado en el predio de la NASA. El jefe de la agencia espacial, Sean O?Keefe, se hizo presente personalmente, también muy golpeado, y trató de consolar a los presentes. El Columbia se desintegró sobre Texas, poco antes de aterrizar, y las siete personas que viajaban a bordo de la nave murieron. "Yo creí que eran aviones que acompañaban al transbordador a la Tierra", dijo posteriormente un testigo. Totalmente diferente era la escena en las centrales terrestres en Houston y en Cañaveral. Allí ya se sabía que algo no estaba bien, no podía estar bien. Alrededor de las 9.00 horas, es decir, 16 minutos antes del horario previsto para el aterrizaje en La Florida, el contacto con el trasbordador era poco claro, apenas si se podía entender algo. "Declaramos perdido el transbordador Columbia", repetía el centro de control en Houston, como si no se quisiera reconocer la realidad. Pero ya hacía tiempo que la bandera ante la Casa Blanca estaba a media asta, y el presidente George W. Bush estaba camino de regreso a Washington desde su residencia en Camp David.
Entretanto, la noticia de la catástrofe se propagaba entre la población estadounidense. Los ciudadanos del país que el sábado durmieron hasta tarde prendieron el televisor y suspendieron sus actividades del fin de semana. Por primera vez desde hace tiempo, la posible guerra en Irak no fue el tema central. (DPA)
Los familiares de los siete astronautas a bordo del Columbia ya se habían reunido anticipadamente ayer cerca de donde iba a aterrizar la nave, en Cabo Cañaveral, Estado de Florida, llenos de orgullo, con alegría por el reencuentro y con abundantes planes para los próximos días. Con ansiedad, los ojos de esposas, esposos, hijos, madres y padres se dirigieron al reloj que marcaba la cuenta regresiva, el tiempo que faltaba para el aterrizaje del transbordador.
Cerca del final
A las 9.16, hora local, debía ser el aterrizaje del Columbia, con su carga de tripulantes y datos científicos. Faltaban aún quince minutos, diez, y todos miraban al cielo para ver la llegada de la nave. Pero no apareció nada. Poco después, la bandera al lado del reloj de la cuenta regresiva estaba a media asta. Las familias fueron llevadas a un edificio cercado en el predio de la NASA. El jefe de la agencia espacial, Sean O?Keefe, se hizo presente personalmente, también muy golpeado, y trató de consolar a los presentes. El Columbia se desintegró sobre Texas, poco antes de aterrizar, y las siete personas que viajaban a bordo de la nave murieron. "Yo creí que eran aviones que acompañaban al transbordador a la Tierra", dijo posteriormente un testigo. Totalmente diferente era la escena en las centrales terrestres en Houston y en Cañaveral. Allí ya se sabía que algo no estaba bien, no podía estar bien. Alrededor de las 9.00 horas, es decir, 16 minutos antes del horario previsto para el aterrizaje en La Florida, el contacto con el trasbordador era poco claro, apenas si se podía entender algo. "Declaramos perdido el transbordador Columbia", repetía el centro de control en Houston, como si no se quisiera reconocer la realidad. Pero ya hacía tiempo que la bandera ante la Casa Blanca estaba a media asta, y el presidente George W. Bush estaba camino de regreso a Washington desde su residencia en Camp David.
Entretanto, la noticia de la catástrofe se propagaba entre la población estadounidense. Los ciudadanos del país que el sábado durmieron hasta tarde prendieron el televisor y suspendieron sus actividades del fin de semana. Por primera vez desde hace tiempo, la posible guerra en Irak no fue el tema central. (DPA)
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