El deporte espera con los brazos abiertos a los miles de chicos de bajos recursos que la crisis sembró a lo largo y a lo ancho de la provincia. Urge que abandone la calle esa legión de niños sin futuro, aparentemente condenada a la miseria y a la marginalidad. Nada mejor que la actividad física para regalarles a esos chicos un pedacito de esperanza.
En el discurso, el deporte social apareció como una prioridad para los últimos gobiernos, en especial, para los peronistas. No obstante, sería un error confundir la organización de los torneos Evita o la donación de camisetas para un club de barrio con un verdadero programa de desarrollo.Alimentar, curar, educar y brindar seguridad a los niños son funciones básicas del Estado. Falta un componente para cerrar la ecuación: darles un marco para que les saquen el jugo a sus aptitudes. El deporte es el vehículo ideal para conseguirlo.
Esa masa de pequeños que limpian parabrisas en las avenidas o deambulan por el centro sin rumbo fijo, expuestos a los peligros de la calle, y en muchos casos cruelmente explotados, debería estar corriendo, saltando, nadando. Divirtiéndose con una pelota o aprendiendo los secretos de alguna nueva disciplina.
No es una propuesta inviable. Por el contrario, las autoridades -provinciales y municipales- tienen en sus manos las herramientas para poner manos a la obra:
* Hay una Dirección de Familia y Minoridad, cuyos especialistas conocen a la perfección quiénes son y dónde se encuentran los chicos en riesgo. Están acostumbrados a tratar con ellos y con sus familias, y saben cómo captarlos.
* Hay, repartidos por la capital y por el interior, complejos polideportivos y clubes en condiciones de recibir a los niños. En mayor o menor medida, cuentan con la infraestructura básica para iniciarlos en la práctica de numerosos deportes.
* Hay muchos profesores de educación física, directores técnicos y asistentes sociales capacitados para trabajar con los chicos.
Los medios están, incluso los económicos. Si de pagarles a los profesionales se trata, existen unos planes llamados Escuelas de Iniciación Deportiva, con fondos de la Nación, que llegan a Tucumán desde hace años.
Está claro que para implementar un programa social de desarrollo deportivo hace falta una decisión política, que implica cambiar la forma de hacer y de pensar de mucha gente. Por ejemplo, que esas escuelas de iniciación deportiva no vayan a parar a manos de parientes y amigos, tal como ocurre con los planes sociales.
En Buenos Aires está funcionando, con singular éxito, una academia -totalmente gratuita, claro está- donde los chicos de la calle aprenden y practican lucha libre y grecorromana, disciplinas olímpicas que en nuestro país no están lo suficientemente difundidas. A través de la iniciativa, proyectada y concretada por una ONG, se descubrió que la lucha es un deporte formidable para encauzar toda esa energía acumulada. Y por lo general, desperdiciada.
Por sus características, un niño tucumano promedio puede adaptarse de manera casi ideal a varias disciplinas. Estas pueden ser la gimnasia rítmica y deportiva para las nenas, o las carreras de fondo en el atletismo (¿le suena Juan Pablo Juárez?). Pero la clave no es buscar campeones, sino formar personas de bien.
02 Febrero 2003 Seguir en 
Por Guillermo Monti







