Ante la comunidad internacional

Duhalde tiene una agenda densa y complicada.

29 Enero 2003
La participación del presidente Eduardo Duhalde en el Foro Económico de Davos ha dejado al trasluz la compleja imagen que presenta el país en la comunidad internacional. Especialmente en lo concerniente a las expectativas con que se aguarda al futuro gobierno, después de que el acuerdo contingente con el Fondo Monetario postergó la negociación de cuestiones fundamentales. Entretanto, la actual administración transitoria deberá clarificar las relaciones fiscales con las provincias y lograr un superávit en sus cuentas, así como avanzar en la renegociación de la deuda externa y la reestructuración bancaria.
Se trata de una agenda densa y complicada, difícil de cumplir en poco menos de cuatro meses, pero ello no sería tan preocupante como las crisis que atraviesan las mayores organizaciones políticas, que impiden formular con alguna certeza un pronóstico sobre futuro desenlace electoral. Expresión de esa incertidumbre ha sido la afirmación del propio ministro de Economía, Roberto Lavagna. Este, al referirse al acuerdo condicionado con el FMI, manifestó que "la próxima administración negociará o no, según lo considere conveniente".
El ministro justificó ese entendimiento limitado con el organismo internacional, en la falta de un acuerdo político mínimo con los candidatos presidenciales.
Con ese contexto de incertidumbre, el presidente Duhalde prefirió llamar la atención en Davos apelando, por momentos con tono descalificatorio, a los negociadores del Fondo Monetario y sugiriendo inclusive una revisión de sus políticas, al reprobar las discriminaciones de los países desarrollados que castigan a las economías en desarrollo.
A poco que se observe, puede advertirse que los severos señalamientos de Duhalde no se diferenciaron sustancialmente de los expuestos por su colega de Brasil, Luiz Inácio "Lula" da Silva. Sin embargo y, pese a que el mandatario brasileño tan sólo pocas horas antes había inaugurado el Foro Social Mundial de Porto Alegre, antípoda político y económico de la reunión de Davos, suscitó adhesiones que lo distinguieron especialmente ante un auditorio radicalmente distinto.
Más allá de los estilos de oratoria -que no conmueven mayormente en esos foros-, lo que corresponde valorar es el hecho de que Brasil ha seguido siendo en las recientes décadas una realidad nacional confiable, contrariamente de lo que durante el mismo lapso histórico ha suscitado la Argentina.
Las señaladas manifestaciones del ministro Lavagna constituyen un dato relevante al respecto, si se las compara con las actitudes asumidas por las dirigencias vecinas, solidarias en los momentos decisivos para sostener políticas de Estado y renunciar a un facilismo oportunista como el que ha dejado profundas descalificaciones en nuestra vida pública.
Por cierto que no debe confundirse la lógica y previsible visión economicista que predomina en el Foro de Davos, con la perspectiva política requerida por el análisis de la presente realidad internacional. Al revés del gran certamen económico en la lujosa estación invernal suiza, la reunión de Porto Alegre, masiva y fuertemente politizada, es más bien un frente opositor a la realidad global que en ciertos aspectos ha supeditado a los países en desarrollo a los juegos gerenciales de un capitalismo mercadista que reprobaría Adam Smith.
Si Brasil parece tener claro en la voz de su presidente que la misión del presente es conjugar esos extremos en beneficio de la paz social, generando políticas de coexistencia, no lo es tanto la visión que su colega argentino está mostrando al mundo, como al país.
Pretender llevar a buen puerto una gestión económica que está dando algunos frutos saludables, en un contexto político que dirime en la Justicia confrontaciones y rencores agraviantes del sentido común, sigue siendo la gran amenaza que está poniendo en cuarentena la suerte del país.

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