Si el espectador concurre al cine a ver una película dirigida por Fernando Meirelles y no a ver cómo Fernando Meirelles adaptó la novela de José Saramago, disfrutará de un filme entretenido, bien narrado, con suspenso y que deja en el final algunas ideas para la reflexión. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, el director de “Ciudad de Dios” se vale de recursos muy nobles para describir una repentina epidemia de una forma muy extraña de ceguera (los afectados ven sólo una gran mancha blanca, y uno de ellos dice que se siente “como si estuviera sumergido en leche”) que multiplica vertiginosamente el número de víctimas. Las imágenes que propone el realizador capturan al espectador y le imponen las sensaciones agobiantes que viven los desdichados que repentinamente se convierten en ciegos. Sin embargo, en una de las ideas más interesantes del filme, la narración se centra en los padecimientos de la mujer de un oftalmólogo que, misteriosamente, no pierde la visión. Los comportamientos abyectos que este personaje está obligado a contemplar en la zona de confinamiento en la que son aisladas las víctimas hacen pensar que tal vez la ceguera no sea el peor de los castigos. Las bajezas que protagonizan los reclusos en esa suerte de campo de concentración generan actitudes insospechadas que dejan a la vista los insondables vericuetos de la naturaleza humana. En la construcción de estos climas se anotan los mejores momentos del filme. El final, al mismo tiempo que abre una puerta a la esperanza, deja en el aire una última reflexión sobre la fragilidad de las criaturas humanas.
22 Noviembre 2008 Seguir en 







