BUENOS AIRES.- La interna peronista consumió durante la semana buena dosis de la energía oficial.
El propio Eduardo Duhalde invirtió horas y horas en el tema y, hasta llegó a abrir las puertas de la residencia de Olivos para terminar de disciplinar a su tropa.
La consolidación del apoyo duhaldista a la postulación de Néstor Kirchner provocó cimbronazos en los diversos sectores del PJ, obligó al menemismo a replantear su estrategia y terminó de evaporar la candidatura de José Manuel de la Sota que ahora buscará, nuevamente, refugio en su provincia.
Pero ese esquema inicial, gestado a principios de semana, comenzó, rápidamente, a enrarecerse aún más, con la apuesta duhaldista de eliminar en un congreso nacional partidario las internas del PJ para reemplazarlas por el polémico mecanismo de los neolemas.
Con el rigor de la jugada oficial sobre sus espaldas, el menemismo acudió a la Justicia y, por unas horas, encontró cobijo en un fallo de la jueza María Romilda Servini de Cubría -en el marco de un trámite celerísimo, deseable no sólo para la política, sino también para las miles de causas que duermen en los cajones de los tribunales nacionales-.
Una obsesión
Pero, la obsesión de Duhalde por eliminar las internas pudo más. La decisión de Cubría fue apelada y el congreso del partido anuló las internas durante las deliberaciones de Lanús.
Y fue más allá, facultó a la Comisión de Acción Política a ungir una fórmula oficial del peronismo, en caso de que interferencias judiciales pongan en riesgo la participación de tres de sus candidatos directamente en la elección general.
Así, el peronismo ingresó en la playa de estacionamiento de la fractura partidaria. Una situación derivada, obviamente, de la guerra Menem-Duhalde que, desde hace una década tanto el Presidente como el ex se empeñan en no saldar.Tanto uno como el otro renegaron contra el slogan hueco "que se vayan todos", pero no han hecho casi nada para que el ciudadano piense mejor de la dirigencia política en general y de sus respectivas figuras en particular. La irresponsabilidad parece primar en uno y otro sector, donde la máxima "primero la Patria, después el Movimiento y, por último los hombres" está convenientemente archivada.
Pero, ¿hasta qué punto Duhalde -consagrado Presidente de todos los argentinos por una Asamblea Legislativa- y Menem tienen derecho a mantener en vilo a los argentinos?.¿No habrán tomado nota aún de que sus actitudes perjudican directamente al país -ya no a un solo partido-, de que le agregan incertidumbre, imprevisibilidad y una fuerte y peligrosa dosis de subdesarrollo político?
¿No percibirán que la gente -sean peronistas o no- rechaza las peleas salvajes entre los dirigentes políticos, a quienes les reclaman, entre otras, cosas ideas, honestidad, transparencia y trabajo ? La Argentina ya no está para batallas Menem-Duhalde o Terragno-Moreau. La tarea de reconstrucción del país demanda generosidad política, consensos amplios e ideas nuevas.
No es el camino elegido por Menem y Duhalde -que podría terminar en la Corte Suprema de Justicia- el que sacará a la República de la postración en la que se la ha sumido.
Gestos generosos
Por parte de uno y otro grupo, no sería malo ver renunciamientos o gestos generosos que contribuyan a construir, antes que a interferir o desarticular algunos de los pilares sobre los que debe consolidarse la Nación.
Así, entre trampas y contra trampas sembradas en el terreno del peronismo, el Gobierno pudo paladear, finalmente, el sabor del módico acuerdo logrado con el Fondo Monetario Internacional.
Trece meses de negociaciones y desembolsos de las reservas por más de 2.900 millones de dólares para pagarles al FMI, al BID y al Banco Mundial, terminaron en la aprobación del acuerdo por parte del Fondo, en el que primaron las recomendaciones políticas, antes que las certezas técnicas de que la economía argentina, así como está, sea viable a futuro.
Un apoyo fundamental
La presión del G7 fue vital para la aprobación del acuerdo. Y el Gobierno argentino tomó nota de esa situación.
Tanto es así que el presidente Duhalde llegó al foro económico de Davos, con un decreto de necesidad y urgencia bajo el brazo que allana todos los caminos hacia un aumento de tarifas en los servicios públicos. Un reclamo insistente y puntual de las empresas privatizadas, en las que predominan los capitales europeos.
Exigencias conocidas
Aunque el gobierno de Duhalde no lo dijo, el Fondo Monetario -como siempre lo hizo- insiste con algunas medidas que deberá tomar la Argentina: la reformulación de la banca pública, el respeto al imperio de la ley, una mayor apertura de la economía, medidas vinculadas con el dólar y con la expansión monetaria, entre otras cosas. No pocos agregarían la palabra "ajuste".
Está claro que el acuerdo con el organismo internacional no le será gratuito a la Argentina.
Eso lo sabe tanto Duhalde, como la mayoría de quienes se postulan para sucederlo en la presidencia. (DyN)







