"Es honra de los hombres proteger lo que crece..."(Armando Tejada Gómez)
Con un cuerpo a medio hacer, cubierto por ropas incomprensibles y desde el poder sobre la vida que les dan sus 16 o 17 años acechan a los adultos sin saber qué pedirles. Hasta hace poco se los consolaba con un caramelo, se los entretenía con un cuento y hasta se dejaban besar. En cambio, ahora, los padres tampoco saben qué decirles ni qué darles. Al convertirse en adolescentes, los hijos se han hecho extraños de pronto y, lo que es peor, ante sus ojos, los padres también son unos extraños.
Si ellos adolecen entre sus contradicciones, dudas y complejos, no son menos difíciles las batallas interiores de los padres. Desorientados, oscilan de la tiranía a la permisividad, del puro palabrerío al silencio indiferente."La muy conocida bajada de línea produce entre los jóvenes la huida y la evitación", afirma el psicólogo y especialista en adolescentes Luis Mamone.
"El adulto siempre tiene algo para decirles y no puede escucharlos. Sólo en la medida en que se evite ese protagonismo se puede generar algún tipo de intercambio. La adolescencia no es algo que le pasa sólo al chico que está delante de uno, sino a todo un grupo -es una experiencia grupal y familiar- y la desorientación es tanto de los chicos como de todo el contexto. El adolescente necesita un espacio donde poder probar, equivocarse y transgredir -sin que ello signifique una vivencia terrible para los que lo rodean- y para esto es necesario un espacio de juego y experimentación", asegura el especialista, autor junto con Marta Martínez, de "El escondrijo de los espantacomepájaros".
La adolescencia es esa edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos, de los grandes ideales y de los grandes escepticismos. Y cuando ellos están eufóricos, los padres creen que tienen el deber de aportar una cuota de "realismo". Ante la depresión, en cambio, les inyectan grandes dosis de autoestima. Les direccionan los ideales o les cuestionan su incredulidad. En todos los casos, los cargan con sus dioses y con su idioma, con sus rencores y con su porvenir, como canta Joan Manuel Serrat en "Esos locos bajitos".
Las reacciones del hombrecito o de la mujercita no se hacen esperar. Cuestionan abierta o indirectamente a sus padres, emiten juicios de valor acerca de ellos, acerca de su comportamiento y acerca de cómo están llevando su vida. Con frecuencia ocurre que los padres toleran mal esas observaciones críticas.
Claro que no hay maldad sino desconcierto ante esos hijos tan queridos pero tan extraños que se han instalado en la casa. Aunque la comprensión necesariamente tiene que ser mutua, son los padres, por responsabilidad y madurez, los encargados de dar el primer paso. Quizás expresando la propia dificultad en la relación, quizás narrando los sentimientos encontrados. Pero sin bajar línea. Eso es lo único seguro.
"Es tan fácil condenar a los chicos y es tan difícil comprenderlos", resume el uruguayo Eduardo Galeano. No obstante orientarlos, cuidarlos y transmitirles experiencias, quizás ellos no necesiten más que una actitud tan sencilla como la de acompañarlos en la búsqueda de su libertad.







