
El mundo que heredará el próximo presidente de los Estados Unidos será mucho más complejo e imprevisible que el que le tocó a George W. Bush cuando sucedió a Bill Clinton. No obstante, seguirá siendo un mundo en el que su país será, con creces, el principal factor de orden o desorden internacional.
Por cierto, aunque la crisis financiera y económica global sea la peor que haya sufrido el capitalismo desde los aciagos días de octubre de 1929, por ahora la hegemonía de los Estados Unidos no corre peligro. Su economía representa el 27,5 % del producto mundial, siendo superior a la suma de las cuatro que le siguen: Japón, Alemania, China y el Reino Unido.
Cuando un solo país posee más de una cuarta parte de la producción planetaria, sus errores garrafales pueden causar efectos bizarros. Washington puede absorber fiascos monumentales sin que su poder disminuya sustancialmente. Por cierto, una de las principales consecuencias de la crisis es la caída de los precios del petróleo, y ese abaratamiento implicará un duro golpe para los tres principales adversarios geopolíticos de Estados Unidos: Rusia, Irán y Venezuela.
En otras palabras, no todo es pérdida para el coloso americano. Es por eso que, más allá de la retórica electoralista, en los asuntos cruciales de política exterior la cuestión de quién llega a la presidencia es relativamente secundaria. Aunque fuera ocupada por un verdadero pacifista, este se encontraría investido con un cúmulo de poder sin paralelos en la historia, y enfrentaría responsabilidades estremecedoras que seguramente lo impulsarían a usarlo.
La región y la votación
Bajando a la región latinoamericana, parece claro que aunque México, Colombia, Venezuela, Panamá y Brasil son países de cierta relevancia para los intereses estratégicos de Estados Unidos, el resto de América latina no lo es. Más allá de las palabras diplomáticas de uno u otro candidato, esta es otra realidad estructural que relativiza las consecuencias del resultado electoral sobre su política exterior.
Sin embargo, existe una diferencia esencial entre los candidatos que afecta nuestra región de manera dramática. Se trata de una cuestión de principios. Los republicanos son fríos cultores de la realpolitik. En cambio los demócratas, aunque no están exentos de ese vicio, prefieren evitar sus extremos más inmorales.
Tomemos por caso la cuestión de la instigación de la secesión. Estados Unidos es un país que, cuando le conviene, alienta el separatismo. Recordemos que la única secesión latinoamericana que devino en independencia en el siglo XX, la de Panamá, fue instigada por esa potencia, y que la secesión de Kosovo, provincia de Serbia, se consumó en 2008 con la bendición yanqui.
En este terreno, la política republicana ha sido de una inmoralidad rampante. Un excelente ejemplo es el del nombramiento, en 2006, de Philip Goldberg como embajador ante el gobierno boliviano. Expulsado en setiembre de 2008 por Evo Morales, Goldberg es el tipo de embajador que probablemente no será designado en un país como Bolivia, si Obama es presidente.
Como sabemos, Bolivia padece graves peligros de secesión. Y Goldberg es un verdadero experto en secesiones. Entre 1994 y 1996 fue el encargado de la oficina para Bosnia del Departamento de Estado. Simultáneamente, fue asistente especial del avezado embajador Richard Holbrooke, jefe de la delegación norteamericana que negoció los Acuerdos de Dayton de 1995. Goldberg participó activamente en ese proceso, en el que su país se comprometió a respetar la integridad territorial de las repúblicas constituyentes de la ex Yugoslavia, promesa que después violó. En 2004 pasó a Kosovo, cuya independencia aún no había sido reconocida por nadie. Permaneció allí como jefe de misión hasta 2006.
El 1 de diciembre de 2004 fue citado por el Globe and Mail de Toronto expresando su apoyo al gobierno autonomista de la provincia rebelde. También manifestó entusiasmo por resolver el estatus de Kosovo en una entrevista transmitida por Radio Free Europe el 1 de febrero de 2006. Y meses antes, el 20 de abril de 2005, su otrora jefe, el embajador Holbrooke, lo mencionó en una nota de opinión del Washington Post, informando que Goldberg aconsejaba apurar los tiempos respecto de Kosovo. En ese artículo, Holbrooke asentaba su propia opinión sin tapujos: “Aunque nadie se expresa oficialmente en Washington ni en Europa, me parece difícil encontrar un desenlace para Kosovo que no sea la independencia”.
Esa independencia ilegal llegó en febrero de 2008, en parte gracias a hombres como Goldberg. Cuando Bolivia, como casi toda América latina, se negó a reconocer la independencia del nuevo Estado, Morales lo comparó con los departamentos de su propio país que albergan tentaciones separatistas.
Es imposible saber si Goldberg alentó el separatismo de Santa Cruz de la Sierra, pero su trayectoria brinda credibilidad a las acusaciones de Morales. Creo que este es el tipo de política que, a diferencia de McCain, Obama no aplicará en un país como Bolivia, y esta diferencia entre el candidato demócrata y el republicano se agiganta en esta etapa de la historia de nuestra región.
Por cierto, el momento es muy delicado porque, más allá de Bolivia, la llama separatista se ha reavivado en por lo menos otras dos provincias sudamericanas: Guayas y Zulia. Ambas son petroleras y pertenecen a Estados cuyos gobiernos son antagónicos al de los Estados Unidos: Ecuador y Venezuela. Además, suscitando la ira de Hugo Chávez, Washington negocia con Bogotá el establecimiento de una base militar en la Guajira, nada menos que en el límite entre Colombia y la rica provincia venezolana de Zulia.
¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? Caben pocas dudas de que los republicanos llegarían más lejos que los demócratas en la aplicación de una política que, aun a costa de guerras y secesiones, elimine a figuras molestas como Chávez y Morales.
Es por eso que debemos apostar por Obama. Que viva la diferencia.
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Carlos Escudé - Ph. D. en Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad del CEMA. Publicó recientemente “La guerra de los dioses” (Lumiere).







