¿El final del capitalismo?

Por Roberto Cortés Conde - Para LA GACETA - Córdoba.

02 Noviembre 2008

El estallido de la burbuja
Aunque para algunos era previsible, nadie supuso que la crisis fuera a tener los alcances y la profundidad de la que estalló en setiembre. Me tocó viajar a Washington DC el miércoles 17 de ese mes, sabiendo ya que el lunes 15 se había producido la quiebra de Lehman. El gobierno de los Estados Unidos, tras haber asistido a Bear Sterns, pareció entonces volver a un camino más duro y dejó que Lehman afrontara sus propios problemas. Por otra parte, ¿no es que de eso se trata el capitalismo? Durante la semana, sin embargo, decidió rescatar a la aseguradora AIG y el viernes a la mañana -para mi sorpresa- cambiando de posición, el secretario del Tesoro y el presidente de la Reserva Federal presentaron al Congreso un plan de salvataje, por el que la Tesorería compraría a los bancos los créditos tóxicos (parcial o totalmente incobrables) por un monto sideral, 700.000 millones de dólares. Mientras que, por un lado, parecía increíble la improvisación del gobierno en sus movimientos de idas y vueltas, por otro fue sorprendente ver al chairman de la Reserva Federal, en declaraciones televisadas, afirmar que, si el Congreso no aprobaba el plan urgentemente, se produciría una catástrofe. Si algo no debe hacer un presidente de un Banco Central es contribuir al pánico. Pero no todo terminó allí. A pesar de que los líderes del Congreso negociaron su apoyo, en la Cámara Baja muchos representantes (los dos tercios del partido de gobierno) se rebelaron y votaron en contra. A una semana del comienzo de la crisis se estaba sin atisbo de solución. La Bolsa cayó de inmediato y la crisis se extendió.

La crisis de liquidez
A diferencia de otras, como la de 1929, cuando hubo corridas de depósitos, esta vez las calles estaban tranquilas. El problema fue otro: los bancos no se prestaban entre sí. Si estos, en sus activos, tenían créditos cuyo valor de mercado estaba cayendo, había dudas sobre su verdadero valor patrimonial. ¿Por qué prestarles si no se sabía si podrían repagar? Sin acceso al crédito, todos buscaban liquidez, los bancos y el público. Entonces, para hacerse de efectivo tenían que vender otros activos, incluyendo valores en la Bolsa que empezaron a bajar. La caída se acentuó por temor a una posible quiebra de los bancos, ya que con créditos incobrables no sólo se trataba de iliquidez sino de solvencia.
Aunque, más adelante, el Congreso terminó aprobando un modificado plan de salvataje, el procedimiento fue demasiado complicado y lento. La confianza ya se había quebrado y la crisis se extendió a los mercados del mundo.

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El origen
Aunque distintas, todas las crisis tienen algo parecido. Esta vez la burbuja se dio en el mercado inmobiliario, como en 1929 había sido en el de las acciones. En un medio de gran liquidez, impulsado por una política de crédito barato de la Reserva Federal y la enorme masa de ahorros asiáticos colocados en dólares, las instituciones financieras tenían excedentes líquidos que debían colocar. Mientras los bonos del Tesoro daban un rendimiento bajísimo, el mercado de hipotecas ofrecía otros más atractivos. El ingenioso procedimiento de la securitización posibilitaba repartir el riesgo entre muchos. Con un enorme volumen de operaciones se supuso que la falta de pagos de unos sería compensada con el cumplimiento de otros, y que el faltante se cubriría con un pequeño aumento de la tasa de interés. Todo falló cuando no fue uno, o pocos, sino un gran número, los que incumplieron. No hay seguro posible si el siniestro afecta a todos.
Como en toda burbuja, las facilidades de préstamos (el dinero ocioso quema en la caja de los bancos) impulsaron un fuerte aumento del precio de las propiedades, lo que a su vez facilitó la extensión del crédito y la disminución de la percepción del riesgo. Si los valores de las propiedades aumentaban, la deuda se reducía y uno podía empezar hipotecando el cien por ciento ya que, en poco tiempo, su deuda proporcionalmente disminuiría.
Pero la burbuja estalló, como muchas otras veces y, con una oferta excedente de viviendas, sus precios bajaron. Cuando los deudores advirtieron que eran menores que los de sus deudas trataron de vender para pagarlas, antes de que aquellos siguieran cayendo. Pero, cuando todos quieren vender, no sólo los precios bajan sino que no se consiguen compradores. Las calles de muchas ciudades y pueblos en los Estados Unidos se saturaron con carteles de venta que perduran en el tiempo.
Y aquí fue donde el problema del mercado de viviendas afectó a los bancos. Si las propiedades que garantizan los créditos no se pueden vender, ¿qué valen esos créditos? Los bancos debieron ajustar los valuaciones de sus activos a los precios que en los mercados se obtenían por las propiedades ejecutadas, y registraron pérdidas multimillonarias. Los problemas que empezaron en la banca de inversión se extendieron, y esto condujo a la generalización de la crisis.

La extensión
En un mundo en que los flujos financieros tienen alcance mundial y donde la burbuja inmobiliaria fue general (Gran Bretaña, Irlanda, España, entre otros países), las instituciones hipotecarias, y también los grandes bancos, empezaron a temblar. Con una tradición distinta y un más rápido reflejo, Gran Bretaña y otros gobiernos europeos tomaron una activa intervención en las instituciones financieras y los mercados. Gran Bretaña inyectó cuantiosos fondos en los bancos para asegurar que no fueran a caer, ejemplo seguido por otros países europeos y, tardíamente, por el mismo gobierno norteamericano, lo que se reflejó en una reacción de las bolsas que mejoró un poco la confianza, aunque luego sus cotizaciones fluctuaron con una gran volatilidad.

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Las medidas
El gobierno de los Estados Unidos amplió la garantía de los depósitos para evitar las corridas de ahorristas, y decidió implementar la operación de compra de activos tóxicos de los bancos de inversión, complementando sus acciones con un programa de sostenimiento de bancos por medio de inyección de capitales.
Por de pronto, eso parece haber aliviado la crisis aunque todavía no se advierte una salida clara ni una dirección definida. Tampoco está resuelto el problema del mercado inmobiliario ya que, con sus valores deprimidos, los costos de las deudas son excesivos, lo que haría perdurable la incobrabilidad.
¿Seguirá a esta crisis una recesión o inclusive una depresión como la de la década los 30, con baja de precios, caída del producto y enorme desempleo? Si bien algunos de esos fenómenos ya se advierten, la caída de los precios de los activos y las commodities, la disminución de la demanda, etcétera -a pesar la notable carencia de liderazgo en el gobierno de los Estados Unidos-, se cuenta con una serie de instrumentos que podrían evitar una depresión de la magnitud de aquella, pero sus consecuencias no dejarán de ser serias.

¿Se muere el capitalismo?
Aunque habrá profundas reformas en las instituciones financieras y nuevas regulaciones (necesarias cuando se trata de transparencia en las transacciones, lo que es un bien público), las intervenciones de los gobiernos y la inyección de capital en una situación de emergencia no pareciera que fueran a conducir -como en el pasado- a un proceso generalizado de nacionalizaciones permanentes. Sin duda, en los próximos años surgirá un régimen nuevo, híbrido pero distinto.
De todos modos, el de mercado pareciera que sigue siendo -al menos por la experiencia del siglo XX- el menos imperfecto de los sistemas conocidos.
© LA GACETA

Roberto Cortés Conde - Profesor Emérito de la Universidad de San Andrés, miembro de la Academia Nacional de la Historia. Recientemente publicó “Historia Económica Mundial” (Ariel).

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