21 Enero 2003 Seguir en 
Una casa es el reflejo de quienes viven en ella. Lo mismo sucede con una ciudad. Podrá afirmarse con certeza que sus habitantes no son demasiado higiénicos, que carecen de educación y que no temen a las disposiciones municipales que sancionan las infracciones, si la basura alcanza un insólito protagonismo. A los 74 vaciaderos clandestinos de residuos se suma el mal hábito de arrojar desperdicios en las bocas de tormenta, que son, además, totalmente insuficientes.
Las primeras obras de desagües pluviales fueron encaradas a comienzos del siglo XX. La red de colectores por calles 24 de Septiembre, San Martín y Mendoza, que descargaban el agua en avenida Avellaneda-Sáenz Peña para finalmente dirigirse al canal San Cayetano y de allí al río Salí, fue completada en 1912. Desde la década de 1970 prácticamente no se realizan obras en esta materia.
En nuestra edición de ayer, informamos que el 40% de las bocas de tormenta de la ciudad se halla obstruido por la basura que arrojan los vecinos y los comercios. De los 1.600 imbornales sólo está funcionando el 60%. En algunas calzadas enripiadas se produce el arrastre de piedras que terminan causando serios problemas de taponamiento. Según dijo un funcionario municipal, se han llegado a sacar hasta lavarropas y ruedas de camiones de los desagües y la mayor desaprensión se nota en los canales a cielo abierto, cuando pasan por asentamientos precarios.
No es menos cierto que el 80% de la ciudad carece de desagües. Por esa razón, ante el mínimo chaparrón las calles se anegan y las aguas las convierten en ríos en varias zonas. Hay lugares que se inundan porque reciben agua que proviene de barrios muy lejanos, como sucede en Suipacha y San Luis o en avenida Siria y Bolivia. Un experto del Laboratorio de Hidráulica de la UNT señaló hace un tiempo que lo lamentable es que se sigan construyendo barrios en zonas bajas, fácilmente anegables.
La ciudad queda paralizada cuando cae un chaparrón fuerte. Dejan de circular los ómnibus, los taxis y los remises, y los ciudadanos deben esperar a veces hasta dos horas para poder llegar a sus trabajos u hogares. Otro tanto sucede con las emergencias médicas, porque las ambulancias tampoco pueden circular.
En el año 2000, se estimaba que era necesaria una inversión de 70 millones de dólares para solucionar el problema del sistema de desagües pluviales en San Miguel de Tucumán, que es obsoleto en muchos tramos.
El taponamiento de los imbornales desnuda varias aristas. Por un lado, que existe un alarmante estado de incultura ciudadana que podrá revertirse a través de la educación. Por otro lado, que la Municipalidad comienza a limpiar los desagües cuando ya ha comenzado la época de intensas lluvias. Si bien es cierto que en 2002 el municipio estuvo paralizado por permanentes huelgas de su personal a causa de haberes impagos en tiempo y forma, esta situación no es nueva. En lugar de trabajar en la prevención de manera constante, se espera que ocurra el problema para recién reaccionar. Otro ángulo de esta legendaria situación se refleja en la incapacidad de las administraciones municipales para hacer cumplir con rigor las ordenanzas. Si ello sucediera en todos los ámbitos, el ciudadano desaprensivo pensaría dos veces antes de arrojar basura a la calle, a vaciaderos o a las bocas de tormenta, o de violar cualquier ley.
Desde hace más de tres décadas que no hay inversiones en materia de desagües pluviales. Existen estudios serios realizados por especialistas de la UNT sobre esta materia. Cabe preguntarse entonces qué hicieron nuestros gobernantes con los dineros públicos y con los numerosos créditos internacionales que recibió la Provincia a lo largo de 30 años, si no hay obras públicas que justifiquen el cuantioso endeudamiento provincial.
Las ideas, los proyectos y las buenas intenciones padecen de un anegamiento constante en nuestra provincia. Así, difícilmente saldremos del estancamiento.
Las primeras obras de desagües pluviales fueron encaradas a comienzos del siglo XX. La red de colectores por calles 24 de Septiembre, San Martín y Mendoza, que descargaban el agua en avenida Avellaneda-Sáenz Peña para finalmente dirigirse al canal San Cayetano y de allí al río Salí, fue completada en 1912. Desde la década de 1970 prácticamente no se realizan obras en esta materia.
En nuestra edición de ayer, informamos que el 40% de las bocas de tormenta de la ciudad se halla obstruido por la basura que arrojan los vecinos y los comercios. De los 1.600 imbornales sólo está funcionando el 60%. En algunas calzadas enripiadas se produce el arrastre de piedras que terminan causando serios problemas de taponamiento. Según dijo un funcionario municipal, se han llegado a sacar hasta lavarropas y ruedas de camiones de los desagües y la mayor desaprensión se nota en los canales a cielo abierto, cuando pasan por asentamientos precarios.
No es menos cierto que el 80% de la ciudad carece de desagües. Por esa razón, ante el mínimo chaparrón las calles se anegan y las aguas las convierten en ríos en varias zonas. Hay lugares que se inundan porque reciben agua que proviene de barrios muy lejanos, como sucede en Suipacha y San Luis o en avenida Siria y Bolivia. Un experto del Laboratorio de Hidráulica de la UNT señaló hace un tiempo que lo lamentable es que se sigan construyendo barrios en zonas bajas, fácilmente anegables.
La ciudad queda paralizada cuando cae un chaparrón fuerte. Dejan de circular los ómnibus, los taxis y los remises, y los ciudadanos deben esperar a veces hasta dos horas para poder llegar a sus trabajos u hogares. Otro tanto sucede con las emergencias médicas, porque las ambulancias tampoco pueden circular.
En el año 2000, se estimaba que era necesaria una inversión de 70 millones de dólares para solucionar el problema del sistema de desagües pluviales en San Miguel de Tucumán, que es obsoleto en muchos tramos.
El taponamiento de los imbornales desnuda varias aristas. Por un lado, que existe un alarmante estado de incultura ciudadana que podrá revertirse a través de la educación. Por otro lado, que la Municipalidad comienza a limpiar los desagües cuando ya ha comenzado la época de intensas lluvias. Si bien es cierto que en 2002 el municipio estuvo paralizado por permanentes huelgas de su personal a causa de haberes impagos en tiempo y forma, esta situación no es nueva. En lugar de trabajar en la prevención de manera constante, se espera que ocurra el problema para recién reaccionar. Otro ángulo de esta legendaria situación se refleja en la incapacidad de las administraciones municipales para hacer cumplir con rigor las ordenanzas. Si ello sucediera en todos los ámbitos, el ciudadano desaprensivo pensaría dos veces antes de arrojar basura a la calle, a vaciaderos o a las bocas de tormenta, o de violar cualquier ley.
Desde hace más de tres décadas que no hay inversiones en materia de desagües pluviales. Existen estudios serios realizados por especialistas de la UNT sobre esta materia. Cabe preguntarse entonces qué hicieron nuestros gobernantes con los dineros públicos y con los numerosos créditos internacionales que recibió la Provincia a lo largo de 30 años, si no hay obras públicas que justifiquen el cuantioso endeudamiento provincial.
Las ideas, los proyectos y las buenas intenciones padecen de un anegamiento constante en nuestra provincia. Así, difícilmente saldremos del estancamiento.







