En la Edad Media

La crisis ha hecho retroceder en el tiempo a Tucumán.

17 Enero 2003
Por Gustavo Martinelli

Como si la provincia hubiera entrado de golpe en el túnel del tiempo, muchos tucumanos tienen hoy la sensación de estar viviendo en la Edad Media. Mientras los legisladores intentaron premiar su labor entregándose medallas de oro, en los almacenes de barrio se vende leche suelta (con el riesgo de contaminación que ello implica); el microcentro se llena de perros callejeros (la mayoría con sarna y parásitos) y los indigentes abruman a los transeúntes pidiendo una limosna cada vez más exigua por la falta de efectivo y la escasez de monedas. A tal punto cayó el nivel de vida que hoy, en Tucumán, nadie se atreve a afirmar que vive en el que alguna vez fue el "Jardín de la República". Los planes Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, que consisten en la entrega de 150 pesos por mes a personas desocupadas que tienen una familia a cargo, han contribuido a paliar la difícil situación de muchas familias acosadas por el desempleo. Sin embargo, la poca transparencia en el otorgamiento de estos planes y la ausencia de una capacitación efectiva han convertido al asistencialismo en una suerte de "bomba de tiempo". En otras palabras, es urgente volver a la cultura del trabajo. No hay otra manera de recuperar la calidad de vida perdida. No se puede vivir siempre de la dádiva. A menos, por supuesto, que se cuente con el guiño de los políticos que, dicho sea de paso, jamás favorecieron la cultura del esfuerzo. Y esto se ve con dolorosa rigurosidad en Tucumán. Apenas un mínimo porcentaje de beneficiarios de los planes Jefes y Jefas de Hogar brinda una contraprestación laboral a cambio de los 150 pesos que percibe. Al mismo tiempo, se sabe que no pocos de los beneficiarios tienen algún trabajo informal, por lo que hay evidentes fallas en su ejecución. En la Argentina, en diciembre de 2001, el número de beneficiarios de planes sociales rondaba el 1% de la población económicamente activa. Hoy, esa cifra asciende al 18%. Este crecimiento exponencial en un año habla de la gravedad de la crisis.
Pero, como todo en Tucumán, este asistencialismo se ha convertido en sinónimo de clientelismo político, que es una de las expresiones más tristes de la degradación moral, personal y socialmente hablando. En efecto, el beneficiario de los subsidios, obligado en la mayoría de los casos a recibirlo en ausencia de otras alternativas, no deja de sentir que recibe una suerte de limosna que, psicológica y humanamente, lo degrada, pasado el límite de la urgencia inmediata. Sin duda, esta situación va a tener consecuencias políticas en el plano electoral. Y, si bien las autoridades hasta ahora suponen que podrán medrar exitosamente, la experiencia histórica indica que a la larga el asistencialismo es la tapadera de convulsiones sociales. Y el mero clientelismo político, vieja lacra argentina, no hace más que perpetuarlas.
En la Edad Media, los reyes manejaban a gusto y paladar el péndulo de la vida comercial y económica. Exigían el pago de impuestos, pero no cumplían con sus deberes básicos y dejaban al pueblo abandonado a su suerte. Faltaba comida, proliferaban las enfermedades y la peste, la delincuencia era moneda corriente y casi no había trabajo formal. Casi una radiografía de este Tucumán arrasado por la crisis y el abandono del Estado.

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