El eterno retorno

En veinte años, la clase dirigente sigue siendo la misma.

14 Enero 2003
El mito del eterno retorno parece ser una constante en la historia argentina desde la década de 1930 hasta la actualidad. Hasta 1983 cada período democrático siempre fue interrumpido por un gobierno militar. Desde esa fecha en adelante, el eterno retorno se reflejó en una dirigencia que, al parecer, tiene siete vidas y cae bien parada, por lo general, en cada turno de gobierno. Tucumán, por cierto, no escapa a este ciclo del que parece intrincado salir. Desde que llegó la democracia -afortunadamente para quedarse- hubo cinco gobiernos y una intervención federal.
En los albores democráticos de los 80 aparecieron ocupando diferentes funciones en el poder ejecutivo o como representantes legislativos a nivel municipal, provincial o nacional Olijela Rivas, Julio Miranda, Alberto Cúneo Vergés, Antonio Guerrero... En el largo y sinuoso camino de dos décadas, se fueron sumando figuras tales como Sisto Terán, José Alperovich, Juan Carlos Mamaní; y las huestes morales y republicanas del general jubilado aportaron a Raúl Topa -actualmente en exilio voluntario, no se sabe hasta cuándo-, a Jorge Lobo Aragón, a Pablo Baillo y a Luis Iriarte. Por cierto, la lista puede llegar a ser interminable. Algunos de ellos fueron cambiando de camiseta partidaria; otros que comenzaron siendo ediles, pasaron a legisladores y de allí a intendentes o a cargos en reparticiones del Estado.
El sábado pasado asumió Cúneo Vergés como ministro de Economía, en reemplazo del ex legislador Osvaldo Jaldo, quien en su corto reinado intentó dar un equilibrio al declinante rumbo financiero de la provincia. Los móviles que impulsaron el cambio no se debieron a su ineficacia, sino que fueron políticos. El gobernador afirmó que hay funcionarios en Hacienda que conocen el funcionamiento del área, pero que "necesitan una conducción política que priorice las responsabilidades del Estado". Es más que evidente que las principales energías del Gobierno están dirigidas a resolver el intrígulis de la interna justicialista.
Sobre una población de 1.336.664 personas, Tucumán tenía en abril pasado 763.000 pobres (57,6%) y 257.000 indigentes (19,4%). El hambre, la miseria y la desocupación comenzaron a hacer estragos a poco de haber comenzado 2002. En 2001, la deuda provincial era de $ 1.400 millones; es decir que creció más de 10 veces en una década. Actualmente, como consecuencia de la pesificación, asciende a $ 2.700 millones. Y el panorama no ha cambiado.
Es cierto que la provincia no es ajena a las sombrías políticas económicas y sociales de los gobiernos nacionales que han llevado al país hasta el borde del abismo, pero la dirigencia local tiene muchas responsabilidades al respecto. En veinte años, los candidatos siguen siendo los mismos e intentan seguir reciclándose en el poder.
Cabe preguntarse entonces para qué, si Tucumán, en dos décadas, es un ejemplo de retroceso. Es como volver a hacer negocios con alguien que ya nos ha engañado varias veces. La renovación dirigencial parece lejana. Tal vez habría que preguntarse, como el dramaturgo Bertolt Brecht, "¿no sería más sencillo y eficaz que el Gobierno se decidiera a disolver el pueblo y procediera a elegir otro mejor?".

Tamaño texto
Comentarios