14 Enero 2003 Seguir en 
Sara Figueroa, primera campeona nacional de la empanada y ganadora de la Empanada de Oro, está en quiebra. Alguien desvalijó su local de venta de empanadas, en 24 de Septiembre al 300, a media cuadra de la plaza Independencia, y desde entonces llora sin parar. Doña Sara no tiene consuelo.
Algunos transeúntes que pasaron por el negocio y la vieron enjugarse las lágrimas con su delantal se conmovieron y le dejaron algunas monedas para ayudarla. Pero doña Sara, que gozó del elogio de tantos famosos, no quiere limosna.
"¡Quiero que vuelvan mis clientes! ¡Que no me abandonen, para que yo pueda seguir viviendo!", suplicó llorando. Hace unos días, se encontró con su local totalmente desvalijado. "Me quitaron todas las cositas: 2 freezers, los vasos, la olla de hacer locro, las sillas, las mesas... Hasta el teléfono me llevaron", dijo entre sollozos.
Ni para el alquiler
El horno de barro, humeante pero vacío, es la única compañía de doña Sara en el salón solitario. "No estoy vendiendo más que 50 empanaditas por día, pero eso no me alcanza para pagar el alquiler", señaló la señora, que ahora se mudará al local de al lado, en 24 de Septiembre 360, con mejores condiciones y cuyo dueño está dispuesto a ayudarla.
Un poco cansada
A doña Sara sus 70 años empiezan a pesarle. Tiene cuatro hijos, Sara, Yolanda, Chiqui y César, pero solamente dos la ayudan, aunque no en forma permanente. "Los demás ya tienen sus familias", explicó con voz cansada.
Esta mujer deleitó a cuatro presidentes, incluido Carlos Menem, que saboreaba hasta el cansancio sus empanadas. Con mucho esfuerzo logró abrir un local propio, pensando en sacar de allí el sustento para sus últimos años. Pero pese a su fama y a las oportunidades que tuvo jamás se transformó en la empresaria que soñó ser. Por el contrario, sigue viviendo en el barrio Mercantil, donde se instaló desde que dejó su Famaillá natal para instalarse en la ciudad.
Algunos transeúntes que pasaron por el negocio y la vieron enjugarse las lágrimas con su delantal se conmovieron y le dejaron algunas monedas para ayudarla. Pero doña Sara, que gozó del elogio de tantos famosos, no quiere limosna.
"¡Quiero que vuelvan mis clientes! ¡Que no me abandonen, para que yo pueda seguir viviendo!", suplicó llorando. Hace unos días, se encontró con su local totalmente desvalijado. "Me quitaron todas las cositas: 2 freezers, los vasos, la olla de hacer locro, las sillas, las mesas... Hasta el teléfono me llevaron", dijo entre sollozos.
Ni para el alquiler
El horno de barro, humeante pero vacío, es la única compañía de doña Sara en el salón solitario. "No estoy vendiendo más que 50 empanaditas por día, pero eso no me alcanza para pagar el alquiler", señaló la señora, que ahora se mudará al local de al lado, en 24 de Septiembre 360, con mejores condiciones y cuyo dueño está dispuesto a ayudarla.
Un poco cansada
A doña Sara sus 70 años empiezan a pesarle. Tiene cuatro hijos, Sara, Yolanda, Chiqui y César, pero solamente dos la ayudan, aunque no en forma permanente. "Los demás ya tienen sus familias", explicó con voz cansada.
Esta mujer deleitó a cuatro presidentes, incluido Carlos Menem, que saboreaba hasta el cansancio sus empanadas. Con mucho esfuerzo logró abrir un local propio, pensando en sacar de allí el sustento para sus últimos años. Pero pese a su fama y a las oportunidades que tuvo jamás se transformó en la empresaria que soñó ser. Por el contrario, sigue viviendo en el barrio Mercantil, donde se instaló desde que dejó su Famaillá natal para instalarse en la ciudad.
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