La metamorfosis

Lobo Aragón pasó de juez antimafia a interventor.

13 Enero 2003
Seguramente a ninguno de los dos les gustará la comparación. Sin embargo, más allá de las diferencias personales, por estilo, por proyección social y por la forma de relacionarse con los medios de comunicación, el antecedente más inmediato del fiscal anticorrupción, Esteban Jerez, en la Justicia tucumana, es Jorge Lobo Aragón, cuando a principios de los 90 fue fiscal y juez de Instrucción. Lejos de los magistrados tradicionales -los que dicen que sólo hablan por sus sentencias-, Lobo Aragón era inquieto, estaba más en la calle que en el juzgado e improvisaba conferencias de prensa, toda una novedad para la época. Este dinamismo y el empeño que puso en la lucha contra el poder de la familia Ale lo hicieron merecedor del calificativo de juez antimafia (¿acaso un juez puede no serlo?). En la calle casi todo el mundo lo saludaba, hacía declaraciones similares a las que una década más tarde hace Jerez ("hay un sentimiento de frustración espantoso en la sociedad y lo hago propio", decía), y los partidos, ya desacreditados, se peleaban por tenerlo en sus filas. Hasta que un buen día dio el portazo, con el que comenzó su metamorfosis. En febrero de 1994, disconforme con el fallo de la Cámara Penal, que absolvió a los Ale en el juicio por el crimen del oficial Juan Salinas, renunció como juez. "No sé qué decir -se quejó-; no tengo cara para seguir en este puesto". Estas palabras esconden lo mismo que siente Jerez cuando lo vence el cansancio y ve obstáculos por todas partes.
Lobo Aragón, el hombre que el día de su renuncia sostuvo que no tenía compromisos políticos con nadie, comenzó a tenerlos rápidamente y de casi todos los colores. Fue subsecretario de seguridad de Ramón Ortega (1994); legislador por el bussismo en 1995; secretario de Gobierno de FR, y concejal por la capital de la mano de Raúl Topa en 1999. En ese año renunció y formó un partido propio, que inició un extraño maridaje con el mirandismo triunfante. Esta trepidante alianza lo colocó como interventor de la municipalidad de Yerba Buena en 2000. Es justamente en esta gestión cuando le tocó probar la misma medicina -brindada por la cuchara de Jerez- que le gustaba aplicar a él. Y es en estas circunstancias cuando se sabe a ciencia cierta si una persona realmente cree en los remedios sobre cuyas bondades tanto predica.
Sugestivamente, un representante de la Justicia (Jerez) aún no pudo sentar a un ex fiscal y ex juez para que dé explicaciones sobre una concesión por 33 años y en la que están en juego nada menos que $ 40 millones, y en una zona ecológica (La Olla). Ahora también se muestra reticente a que se escarbe si todo está en regla en las dos licitaciones convocadas para el servicio de recolección de la basura en Yerba Buena, pese a que hubo un solo oferente en ambos procesos (el primero cayó) y en el segundo el presupuesto sufrió un incremento de $ 10.000 en apenas 14 días (se pasó de $ 60.000 a $ 70.000 por mes). Lo curioso es que por la prensa Lobo Aragón afirma estar dispuesto a declarar ante la mismísima OEA, pero en los hechos parece que no quiere comparecer ante Jerez. De este último ahora cuestiona la resolución de 2000 por la que se le asignó competencia para investigar los casos de corrupción. Esto es como pretender que estos dos años de actuación de Jerez fueron una gigantesca ilegalidad. Lo jurídico no puede estar reñido con el sentido común. Jerez debe tomar nota de esta rara metamorfosis ahora que tantos políticos lo tientan.

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