La televisión argentina cumplió en 2002 uno de sus ciclos más lamentables. Los contenidos de muchas horas de programación fueron, en el mejor de los casos, la confirmación de que el apodo de "caja boba" es el que mejor le cuadra a este medio de comunicación.
Pero desde la popularización de los "reality shows" y la proliferación de programas que se nutren de la misma televisión, los niveles de degradación intelectual han ido en aumento. Ya las "cámaras sorpresa" de Tinelli adelantaron una modalidad de escarnio al incauto que repugna los más elementales principios de respeto por los demás. Bajo el "sagrado" mandato de divertir a cualquier precio, cayeron los límites y se vulneró la privacidad, la confianza y, en algunos casos, hasta la integridad física del objeto (un ser humano, a todo esto) de las "bromitas para Tinelli".
No estaba todo visto, ni mucho menos. Con bombos y platillos llegaron los "reality shows", que convirtieron a millones de telespectadores en fisgones de la intimidad de un grupo de jóvenes elegidos con la intención de que se produjeran enfrentamientos, afinidades, choques y romances capaces de garantizar la audiencia.
Las primeras horas de la tarde se vieron invadidas por los programas "de chimentos" y por los "talk shows" copiados de la peor televisión latinoamericana. Los "periodistas especializados" se convirtieron en reveladores de la intimidad de la gente de la farándula y, frecuentemente, en los verdaderos protagonistas de los hechos, al provocar peleas, entredichos y duelos verbales que en muchos casos terminaron en los Tribunales. Y esto dio lugar a un nuevo fenómeno: el reciclaje del material "informativo" entre los distintos programas, hasta conformar un verdadero universo paralelo donde no hay miseria ni desnutrición, guerras ni atentados, sino siliconas y lipoaspiraciones, odios y amores, lealtades y traiciones.
Queda claro que todo vale a la hora de ganar un punto de audiencia.
Y allí está la clave para la modificación de este panorama.
Un ejercicio mental
Un interesante ejercicio mental puede orientar rápidamente a quien quiera averiguar los efectos de una acción que está pensando concretar: hay que evaluar qué pasaría si un millón de personas hiciera lo mismo. Si el resultado es positivo para todos, adelante. Si no lo es, conviene reconsiderar esa acción.
Sobran los ejemplos: si alguien tira una bolsa de basura en la vereda, no hay mayor problema, pero si simultáneamente lo hace un millón de personas en toda la ciudad, ocurriría una catástrofe. Evidentemente, no es conveniente tirar la bolsa. Sigamos: si tomo algo que no es mío... ; si no hago mi trabajo con responsabilidad...; si cruzo con el semáforo en rojo...; si compro mercadería robada...; si consigo una jubilación de privilegio...; si pido/ofrezco una coima...; si no pago los impuestos...; si malgasto mi voto...; si...
Entonces, si realmente se quiere evitar que la televisión siga en caída libre, lo que se puede hacer es no engrosar la audiencia. En la sencilla operación de apretar un botón reside el poder de transformar esta realidad. De lo contrario, sólo habrá lugar para la resignación y nos veremos obligados a padecer la televisión que, entonces sí, nos mereceremos.







