Un periodista de Estados Unidos suele hacer llamadas telefónicas al azar para buscar historias. Así encontró, por ejemplo, la de un niño que enviaba globos a su abuela que estaba en el cielo. La anécdota es una muestra de respeto por la gente: no importa con qué persona o a qué lugar nos lleve el azar, ni tampoco si se trata de personas con buen pasar o hundida en la ciénaga de la economía. El mensaje es que cada quien tiene algo que contar que vale la pena para sí, y que puede ser importante para los demás. A veces se trata apenas de un gesto; otras veces es una situación o una anécdota que hasta refleja una vida.Un gran ejemplo de esto ha sido la historia de Manuel Cruz, el niño de 12 años que a la vez que era abanderado de su escuela, salía con su madre a las calles a recoger cartón. Así se revelaron los infortunios de cientos de chicos y de sus familias de la zona al este del cementerio del Norte, olvidados por las autoridades y por el sistema. La crisis hizo aparecer muchos otros casos. El de Barbarita Flores, la niña que lloró por hambre frente a las cámaras de televisión. El de Thalía, la nena desnutrida de Villa Quinteros. Las 19 muertes de chicos desnutridos, tan similares en sus dramas y, sin embargo, tan singulares en sus finales.
Salidas del momento
Todos conmovieron a la sociedad, movilizaron toneladas de ayuda y también obligaron a los políticos a dar algunas respuestas, sobre todo urgidas por la quemante coyuntura.
Pero pasado el terremoto, volvieron a sus problemas de modo casi autista. Mientras tanto, la realidad pasa por otro lado. El padre de Thalía recibe un plan social y hasta un pequeño giro mensual de una mujer de Buenos Aires que vio su historia por televisión. Pero aún no consigue trabajo. Tampoco lo tiene el padre de Barbarita. "No puedo vivir siempre de mis vecinos", dice Samuel Flores, si bien agradece la ayuda que recibe, que por lo general es de afuera de la provincia. El hombre sabe que esto no ayuda tampoco a sus vecinos, que son tan pobres como él. Es que el fondo del problema de la pobreza y de la desnutrición sigue latente. Por ello la sociedad San Vicente de Paul advirtió que la salida está en la dignificación de la gente, no en el asistencialismo. Está en combatir la desocupación con desarrollo, en advertir que los bolsones de comida -que hacen de la gente seres anónimos- no le sirven más allá del momento.
Después de la polvareda, a los políticos y funcionarios los ataca la enfermedad del olvido y vuelven a su autismo. Barbarita, Thalía y otros tantos chicos desconocidos no merecen el olvido, sino que se entienda que sus historias personales tienen valor para Tucumán, más allá de la frialdad del número. Merecen que se descubran los globos que ellos tienen para enviar al cielo.







