17 Agosto 2008 Seguir en 
Quedó claro que el seleccionado argentino de básquet dará batalla hasta el final en Beijing, porque le sobran determinación, valor y jerarquía para cambiar figuritas con los mejores. Y todo eso con independencia de que deban contentarse con una medalla de bronce, e incluso de que regresen con las manos vacías.
Sellada la certeza de que esta generación reúne talentos extraordinarios, es de oro, porque la suma de esos talentos se ha visto y se ve potenciada por el carácter que sólo se corresponde con el ADN de los grandes equipos.
Aun en un país cuyos deportes colectivos se han destacado de un modo excepcional (fútbol, desde luego, pero también Los Pumas y Las Leonas), resulta francamente difícil encontrar una gesta equivalente a la que varios de estos muchachos, que hoy compiten en Beijing, llevaron a cabo en Atenas.
Si el 28 de agosto de 2004 es, para muchos, El Día del Deporte Argentino, el seleccionado de básquet tiene mucho que ver; oro olímpico, pero oro olímpico cosechado tras haber dejado en el camino la vigorosa Italia, al local (Grecia) y al más poderoso entre los poderosos: Estados Unidos.
Pero el detalle que termina de configurar la verdadera dimensión del equipo de Ginóbili y compañía es el de la continuidad en el tiempo y el de un estupendo nivel en las fraguas más exigentes.
Nótese que ya no están Sconochini, Pepe Sánchez, Montecchia, Wolkowisky ni Gabriel Fernández, pero la llama del colectivo sigue intacta, porque saben nutrirla los más notorios de la tribu y porque los que fueron llegando sintonizaron idéntica frecuencia.
Ginóbili es mucho más que una máquina de inventar jugadas; Nocioni es mucho más que un guapo capaz de sostener el rigor de los gigantes más severos; Scola es mucho más que un jugador dúctil y funcional; Oberto es mucho más que un incondicional del trabajo silencioso, y así.
Son, por si no fue dicho, genuinos guerreros del deporte, y es ciertamente grato que hayan nacido en este confín del globo.
Sellada la certeza de que esta generación reúne talentos extraordinarios, es de oro, porque la suma de esos talentos se ha visto y se ve potenciada por el carácter que sólo se corresponde con el ADN de los grandes equipos.
Aun en un país cuyos deportes colectivos se han destacado de un modo excepcional (fútbol, desde luego, pero también Los Pumas y Las Leonas), resulta francamente difícil encontrar una gesta equivalente a la que varios de estos muchachos, que hoy compiten en Beijing, llevaron a cabo en Atenas.
Si el 28 de agosto de 2004 es, para muchos, El Día del Deporte Argentino, el seleccionado de básquet tiene mucho que ver; oro olímpico, pero oro olímpico cosechado tras haber dejado en el camino la vigorosa Italia, al local (Grecia) y al más poderoso entre los poderosos: Estados Unidos.
Pero el detalle que termina de configurar la verdadera dimensión del equipo de Ginóbili y compañía es el de la continuidad en el tiempo y el de un estupendo nivel en las fraguas más exigentes.
Nótese que ya no están Sconochini, Pepe Sánchez, Montecchia, Wolkowisky ni Gabriel Fernández, pero la llama del colectivo sigue intacta, porque saben nutrirla los más notorios de la tribu y porque los que fueron llegando sintonizaron idéntica frecuencia.
Ginóbili es mucho más que una máquina de inventar jugadas; Nocioni es mucho más que un guapo capaz de sostener el rigor de los gigantes más severos; Scola es mucho más que un jugador dúctil y funcional; Oberto es mucho más que un incondicional del trabajo silencioso, y así.
Son, por si no fue dicho, genuinos guerreros del deporte, y es ciertamente grato que hayan nacido en este confín del globo.
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