09 Enero 2003 Seguir en 
Un personaje mitológico griego tenía el castigo de llevar una piedra hasta la cima de un monte. Y cuando llegaba finalmente a cumplir con su cometido, la piedra caía rodando hasta el punto de partida y Sísifo recomenzaba la ardua tarea, que se transformaba en eterna. El mito de Sísifo revive cotidianamente en Tucumán. Los problemas básicos de la sociedad casi nunca se resuelven y lo que es peor, se van haciendo cada vez más grandes. Cada gestión de gobierno promete soluciones y hacer cumplir la ley, pero termina dejando problemas más graves que las anteriores.
Ello sucede, por ejemplo, con los vendedores ambulantes, que en la última década comenzaron a invadir no sólo el microcentro de San Miguel de Tucumán y que están lejos de iniciar una franca retirada. Cada vez son más. Es cierto que la desocupación y la miseria han empujado a miles de tucumanos a un destino cuentapropista o se ponen a las órdenes de alguien que los organiza.
Tampoco es menos cierto que el Gobierno, que debería poner toda su energía en la creación de fuentes laborales o en generar cooperativas de trabajo para que estos comprovincianos salgan de una pobreza endémica, no se ha preocupado demasiado y ha apostado al asistencialismo de los bolsones, que es pan para hoy y hambre para mañana. Esta profunda crisis que padecemos ha servido para mostrarnos todo lo que no se hizo o no se quiso hacer en las últimas décadas.
El microcentro se asemeja a una zona liberada, donde cada cual hace lo que quiere. El descontrol es total, no sólo en cuanto a la venta callejera: el municipio está casi ausente en el control de los comercios que, a su vez, son perjudicados por la venta ilegal, y tampoco existe un relevamiento de cuántos vendedores ambulantes hay.
En las primeras cuadras de la calle Maipú, por ejemplo, es penoso transitar porque las veredas están atestadas de mesas y cajones. Al concluir la jornada laboral, quedan en las calles bolsas, recipientes y restos de frutas y hortalizas que brindan un paisaje deprimente.
Con el apoyo de algunos funcionarios municipales, recientemente los puesteros se adueñaron del ex Mercado de Abasto, con la promesa de que el 31 de diciembre se retirarían, pero ello no sucedió y todo parece indicar que los vecinos de Ciudadela perderán nuevamente la batalla en favor de una barriada donde reinen la higiene y la tranquilidad que tanto les costó conseguir. Por otro lado, con esta invasión al antiguo predio se perjudica al Mercofrut porque de reflotarse el ex Mercado de Abasto habría una competencia desigual.
La respuesta histórica de la Municipalidad para combatir este problema han sido los operativos. Sin embargo, esta modalidad siempre ha fracasado porque no se la practica en forma diaria; las sanciones a quienes violan las ordenanzas carecen del rigor que deberían tener, por la falta de imaginación, así como de planes y acciones concretas de los que han conducido y gobiernan los destinos del municipio, y por las constantes huelgas de los empleados.
La otra respuesta legendaria de los últimos gobiernos municipales ha sido meter la cabeza en el agujero -como el ñandú- y hacer de cuenta que el problema no existe y que se solucionará solo, o priorizar intereses personales que no son precisamente los de la comunidad a quienes ellos deben representar.
Ante la complejidad del problema, es necesario encontrar una solución integral que luego se cumpla a rajatabla. Pero para lograr una salida definitiva a tantos problemas de la ciudad, se precisan representantes que tengan la voluntad y el coraje de combatir sin tregua ni miramientos la ilegalidad; que administren los recursos con eficiencia; que sancionen a quienes realizan nombramientos innecesarios en una planta de personal ya frondosa y que tengan conciencia de que se deben a la comunidad.
En caso contrario, Sísifo seguirá reviviendo diariamente en San Miguel de Tucumán y nuestros representantes seguirán ambulando -como los vendedores- sobre los problemas urbanos. La anarquía se volverá entonces moneda corriente.
Ello sucede, por ejemplo, con los vendedores ambulantes, que en la última década comenzaron a invadir no sólo el microcentro de San Miguel de Tucumán y que están lejos de iniciar una franca retirada. Cada vez son más. Es cierto que la desocupación y la miseria han empujado a miles de tucumanos a un destino cuentapropista o se ponen a las órdenes de alguien que los organiza.
Tampoco es menos cierto que el Gobierno, que debería poner toda su energía en la creación de fuentes laborales o en generar cooperativas de trabajo para que estos comprovincianos salgan de una pobreza endémica, no se ha preocupado demasiado y ha apostado al asistencialismo de los bolsones, que es pan para hoy y hambre para mañana. Esta profunda crisis que padecemos ha servido para mostrarnos todo lo que no se hizo o no se quiso hacer en las últimas décadas.
El microcentro se asemeja a una zona liberada, donde cada cual hace lo que quiere. El descontrol es total, no sólo en cuanto a la venta callejera: el municipio está casi ausente en el control de los comercios que, a su vez, son perjudicados por la venta ilegal, y tampoco existe un relevamiento de cuántos vendedores ambulantes hay.
En las primeras cuadras de la calle Maipú, por ejemplo, es penoso transitar porque las veredas están atestadas de mesas y cajones. Al concluir la jornada laboral, quedan en las calles bolsas, recipientes y restos de frutas y hortalizas que brindan un paisaje deprimente.
Con el apoyo de algunos funcionarios municipales, recientemente los puesteros se adueñaron del ex Mercado de Abasto, con la promesa de que el 31 de diciembre se retirarían, pero ello no sucedió y todo parece indicar que los vecinos de Ciudadela perderán nuevamente la batalla en favor de una barriada donde reinen la higiene y la tranquilidad que tanto les costó conseguir. Por otro lado, con esta invasión al antiguo predio se perjudica al Mercofrut porque de reflotarse el ex Mercado de Abasto habría una competencia desigual.
La respuesta histórica de la Municipalidad para combatir este problema han sido los operativos. Sin embargo, esta modalidad siempre ha fracasado porque no se la practica en forma diaria; las sanciones a quienes violan las ordenanzas carecen del rigor que deberían tener, por la falta de imaginación, así como de planes y acciones concretas de los que han conducido y gobiernan los destinos del municipio, y por las constantes huelgas de los empleados.
La otra respuesta legendaria de los últimos gobiernos municipales ha sido meter la cabeza en el agujero -como el ñandú- y hacer de cuenta que el problema no existe y que se solucionará solo, o priorizar intereses personales que no son precisamente los de la comunidad a quienes ellos deben representar.
Ante la complejidad del problema, es necesario encontrar una solución integral que luego se cumpla a rajatabla. Pero para lograr una salida definitiva a tantos problemas de la ciudad, se precisan representantes que tengan la voluntad y el coraje de combatir sin tregua ni miramientos la ilegalidad; que administren los recursos con eficiencia; que sancionen a quienes realizan nombramientos innecesarios en una planta de personal ya frondosa y que tengan conciencia de que se deben a la comunidad.
En caso contrario, Sísifo seguirá reviviendo diariamente en San Miguel de Tucumán y nuestros representantes seguirán ambulando -como los vendedores- sobre los problemas urbanos. La anarquía se volverá entonces moneda corriente.







