07 Enero 2003 Seguir en 
La agenda del último año de gestión de los actuales legisladores está completándose con una sucesión de encuentros políticos y actos partidarios, sean del oficialismo o de la oposición. En los rincones sin llenar por asados, sonrisas para las fotos, lanzamientos de campañas y varios rubros proselitistas más, se filtran con dificultad las obligaciones parlamentarias.
El desvelo por conseguir un espacio libre en una lista de concejales o para un cargo nacional, o el esfuerzo por integrar el equipo de asesores de algún candidato que tenga aspiraciones fundadas en llegar lejos, hacen que la obligación de sesionar para debatir los problemas de la sociedad y sancionar leyes que la regulen, se transforme en una utopía. Hace medio año, fruto de una de sus crisis cíclicas, los legisladores se juramentaron estar en el recinto por lo menos 2 veces por mes. Nunca cumplieron esa decisión, que fue más efímera que un amor de vacaciones.
La Legislatura se seguirá moviendo según los intereses del Poder Ejecutivo, aunque cada día con más dudas sobre la posibilidad de cumplir con sus deseos. El primer desafío, que marcará la dinámica anual, será mantener congelado el escalafón de los empleados públicos.
La lista de cuestiones pendientes abruma. La encabeza formalmente el eterno proceso de privatización del servicio de agua potable y cloacas, ahora con la administración nacional prorrogada hasta mayo. La provincia no movió un papel para definir el incierto futuro del sistema sanitario, y muchos temen que todo se resuelva en alguna sesión de madrugada, como las que se acostumbraron hacer en el 95, sin diferencias entre oficialistas y opositores a la hora del quórum. En el terreno de las sombras se mantienen contactos para tomar la decisión de transformar la Caja Popular de Ahorros, con el ingreso de capital privado en un proceso de desestatización bendecido por el Gobierno nacional.
La cabecera de playa del intento será el Casino, sobre el planteo de que una administración particular permitirá aumentar los ingresos y "disciplinar" al personal. La Caja aspira también a que se modifique su obligación de efectuar aportes al Siprosa, para que se paguen sobre las utilidades reales del ejercicio de la entidad y no sobre los ingresos brutos del juego, como es actualmente. Después se encolumnan la discusión de fondo del presupuesto 2003 (aún no remitido a la Cámara); el siempre esperado debate sobre la educación y la orientación de la política en salud. Tal vez haya que esperar una nueva denuncia de niños con hambre para que se despierte el espanto, y con él la reacción.
Si algún resto quedaba para evitar la ruptura de la relación entre la Legislatura y la sociedad, acaba de ser gastado con la decisión de acuñar medallas de oro conmemorativas por haber pisado el recinto, que serán entregadas en privado. De poco sirve la explicación de que cada sello debe ser pagado del bolsillo de quien lo recibe. En política, los gestos dicen más que las palabras.
Un veterano empleado legislativo resumió su sensación en una frase que sacude por su simpleza. Dijo que, mientras muchos pretenden olvidar el paso de los actuales parlamentarios por la Cámara, ellos intentan recordarlo por todos los modos posibles, incluyendo las condecoraciones. Es que el adiós es difícil de soportar.
El desvelo por conseguir un espacio libre en una lista de concejales o para un cargo nacional, o el esfuerzo por integrar el equipo de asesores de algún candidato que tenga aspiraciones fundadas en llegar lejos, hacen que la obligación de sesionar para debatir los problemas de la sociedad y sancionar leyes que la regulen, se transforme en una utopía. Hace medio año, fruto de una de sus crisis cíclicas, los legisladores se juramentaron estar en el recinto por lo menos 2 veces por mes. Nunca cumplieron esa decisión, que fue más efímera que un amor de vacaciones.
La Legislatura se seguirá moviendo según los intereses del Poder Ejecutivo, aunque cada día con más dudas sobre la posibilidad de cumplir con sus deseos. El primer desafío, que marcará la dinámica anual, será mantener congelado el escalafón de los empleados públicos.
La lista de cuestiones pendientes abruma. La encabeza formalmente el eterno proceso de privatización del servicio de agua potable y cloacas, ahora con la administración nacional prorrogada hasta mayo. La provincia no movió un papel para definir el incierto futuro del sistema sanitario, y muchos temen que todo se resuelva en alguna sesión de madrugada, como las que se acostumbraron hacer en el 95, sin diferencias entre oficialistas y opositores a la hora del quórum. En el terreno de las sombras se mantienen contactos para tomar la decisión de transformar la Caja Popular de Ahorros, con el ingreso de capital privado en un proceso de desestatización bendecido por el Gobierno nacional.
La cabecera de playa del intento será el Casino, sobre el planteo de que una administración particular permitirá aumentar los ingresos y "disciplinar" al personal. La Caja aspira también a que se modifique su obligación de efectuar aportes al Siprosa, para que se paguen sobre las utilidades reales del ejercicio de la entidad y no sobre los ingresos brutos del juego, como es actualmente. Después se encolumnan la discusión de fondo del presupuesto 2003 (aún no remitido a la Cámara); el siempre esperado debate sobre la educación y la orientación de la política en salud. Tal vez haya que esperar una nueva denuncia de niños con hambre para que se despierte el espanto, y con él la reacción.
Si algún resto quedaba para evitar la ruptura de la relación entre la Legislatura y la sociedad, acaba de ser gastado con la decisión de acuñar medallas de oro conmemorativas por haber pisado el recinto, que serán entregadas en privado. De poco sirve la explicación de que cada sello debe ser pagado del bolsillo de quien lo recibe. En política, los gestos dicen más que las palabras.
Un veterano empleado legislativo resumió su sensación en una frase que sacude por su simpleza. Dijo que, mientras muchos pretenden olvidar el paso de los actuales parlamentarios por la Cámara, ellos intentan recordarlo por todos los modos posibles, incluyendo las condecoraciones. Es que el adiós es difícil de soportar.







