La protesta creativa

Hay que buscar otras metodologías para exigirle a nuestros representantes que actúen en favor de la comunidad.

05 Enero 2003
Por Roberto Espinosa

La huelga, un recurso efectivo en otras décadas, tal como se la ejercita, se ha vuelto en contra de la comunidad. Hasta ahora no ha servido para cambiar un modelo económico perverso, que ha vaciado el país económica y espiritualmente; tampoco ha podido lograr el achicamiento del Estado ni se ha conseguido la dignidad largamente ansiada. Quien corta una ruta o paraliza la educación o los hospitales está dañando a la propia comunidad porque el Estado somos todos, mientras una buena parte de la clase dirigente sigue adelante con sus trapacerías, ignorando la voluntad de sus representados. Si se queman cubiertas, se arroja basura a la vía pública, se contamina el aire o se rompe un árbol, nos estamos haciendo daño a nosotros mismos.
Se trata entonces de cambiar de dinámica y de ejercer presión directa en nuestros representantes. ¿Qué sucedería, por ejemplo, si los sectores en discordia -la mayoría- hicieran efectivo un abrazo simbólico y pacífico al recinto de sesiones de la Legislatura, con nuestros representantes adentro, que durara los días necesarios hasta que votaran leyes que favorezcan a la salud, a la educación, a la cultura y a la seguridad? Estos abrazos podrían llevarse a cabo sin paralizar ninguna actividad personal y sin agredir a nadie. Simplemente bastaría con que cada ciudadano, en su tiempo libre, se sumara al abrazo y tuviera la conciencia de hacerlo los días que fuese necesario hasta que el objetivo se cumpliera. Sería mejor si los reclamos se efectuaran en favor de y no en contra de, es decir en favor de la comunidad y no en contra de la clase dirigente. Para hacer más llevaderas las jornadas podría pedirse la colaboración de artistas, de los coros y de escritores, de modo que la protesta se volviese creativa o, por lo menos, enriquecedora.
En caso de reformularse la Constitución provincial, podría pensarse en implementar sanciones comunitarias, como existen en otros países, tales como Australia. De ese modo, un funcionario, cualquiera que fuese su rango, sentiría en forma permanente el zumbido del San Jorge sobre sus orejas y tomaría rápidamente conciencia de que no ocupa un cargo en el poder para ganar un sueldo elevado o para dar trabajo a sus parientes y amigos, sino que debe responder con sus acciones ante la comunidad y que, si en un tiempo determinado, sólo exhibe inoperancia, será relevado y no podrá volver a ocupar un cargo público. De acuerdo con la gravedad de la ineptitud, el castigo podría consistir en pasar un mes juntando residuos en el basural de Los Vázquez; oficiar de cocinero en un comedor infantil o vivir durante tres meses con el salario de un jubilado o de un docente universitario. De esa manera, sentiría en carne propia los problemas de la comunidad.
La clase dirigente, en general, envuelta en un autismo corporativista, ha mostrado hasta ahora una indiferencia notable con los problemas de la sociedad. En los últimos tiempos, pocas veces se ha visto a un gobernador, por ejemplo, acercarse a los piquetes diarios, a los hospitales públicos, a las escuelas, a los barrios marginales, a los comedores infantiles para escuchar las necesidades de los tucumanos y obrar en consecuencia.
Se trata entonces de recrear con imaginación las protestas o los mecanismos de control, de tal modo que no sean los mismos ciudadanos blancos de sus reclamos y que estos sean realmente efectivos. Si no se generan cambios puede sucedernos aquello del agua. Si se estanca, se pudre.

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