Recuperar lo perdido

La atención de lo urgente hizo olvidar lo importante. En el último año, la provincia se ha despedido de muchas ilusiones.

03 Enero 2003
Por Gustavo Martinelli

La historia ha mostrado que los pueblos son capaces de adaptarse virtualmente a cualquier cosa, por insoportable que sea. Y Tucumán, por supuesto, no es la excepción. No sólo logró acostumbrarse a novedades que antes hubiera considerado inconcebibles, como el desempleo masivo, la proliferación de las "cuevas" o la ausencia total de crédito, sino que también se está acostumbrando al hambre y a la indigencia. Así, el año 2003 encontró a la provincia sumergida en el pantano de la miseria. Y los políticos parecen no darse cuenta de esto. Mientras en el sur tucumano los niños siguen muriendo de hambre, los legisladores se pelean con total descaro por el reparto de las candidaturas de cara a las próximas elecciones. Mientras tanto, "Chiche" de Duhalde intenta paliar el hambre con su Operativo Rescate, sin preocuparse demasiado por fortalecer las políticas que deberían generar más empleo y no más desocupados. Este asistencialismo, aunque necesario para paliar la desidia y la imprevisión oficial en materia de políticas sociales, ha mostrado nuevamente la ineficiencia del Estado. En Simoca, por nombrar sólo una localidad, hay casi 2.000 niños con distintos grados de desnutrición y parasitosis. Esta cifra supera la media nacional con un 40% de criaturas de la zona con déficit nutricional. Para tratar esa cantidad de niños se solicitó a la Nación 2.000 cajas de leche. Sin embargo, sólo se envían 700. Es decir que 1.300 niños quedan fuera del plan de asistencia. En la ciudad capital la situación no es distinta. La proliferación de las villas de emergencia y la falta de asistencia en materia de servicios básicos ha puesto a Tucumán al borde del colapso, tal como lo señala la investigadora Sandra Mansilla. Esta manía de atender lo urgente sin mirar primero lo importante va fraguando una sociedad donde los "exitosos" deben ocupar el lugar del Estado y atender solidariamente las necesidades de los "perdedores" que, dicho sea de paso, son cada vez más numerosos. Ahora, la atención de los necesitados corre por cuenta de las ONG y de las fundaciones, mientras los gobernadores y sus ministros deambulan en el limbo de la imprevisión y del clientelismo político. Ha transcurrido un año desde que el colapso se hizo inevitable. En ese lapso, la provincia -como el país- se ha despedido de muchas ilusiones. Está decididamente más sobria y menos dispuesta a entregarse a fantasías facilistas que antes. Pero también está cayendo en la aterradora trampa del acostumbramiento, que es primo hermano del olvido. Y lo peor que puede pasarle a Tucumán es acostumbrarse a ser lo que hoy es, olvidándose de lo que fue ayer. "Somos mar, somos nube, somos olvido. Y somos también aquello que hemos perdido", escribió Borges. Va siendo tiempo entonces de recuperar lo perdido y rendir nuestras asignaturas pendientes en materia social.

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