02 Enero 2003 Seguir en 
El derecho que tiene todo hombre a que lo reconozcan como ser dotado de fin propio y no como un simple medio para los fines de otros es una de las definiciones de la dignidad personal. A este derecho se oponen la esclavitud y la servidumbre. Así se dice que la dignidad humana o el sentimiento de esta consiste en el valor y el respeto que el individuo consagra de sí mismo, que esta constituye el deber primario y más elemental del hombre consigo mismo y sirve de base a todos los demás deberes que el hombre ha de cumplir. La dignidad es el hombre fin de sí mismo, solía afirmar un filósofo alemán. Por otro lado, la decencia se define como recato, honestidad, modestia. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o la calidad de las personas.
El año 2002 marcó un punto de inflexión en la historia nacional y provincial. La caída de la convertibilidad, la consecuente devaluación -el dólar casi cuadriplicó su valor- y la declaración de cesación de pagos pusieron a la luz la irrealidad que durante una década se había vivido en el país. Todos los males parecieron entonces brotar en esta tierra y fuimos perdiendo la dignidad hasta llegar a la vergüenza no sólo internacional sino con nosotros mismos.
Este nuevo panorama ahondó y desnudó casos de corrupción en todos los niveles y mostró a una clase dirigente que, lejos de escuchar el reclamo de la ciudadanía de cambiar el rumbo moral y ético, se empecinó -lo sigue haciendo- en defender con uñas y dientes los espacios de poder y las prebendas, siendo indiferentes al sufrimiento constante de la ciudadanía.
Sobre una población de 1.336.664 personas, Tucumán tenía en abril pasado 763.000 pobres (57,6%) y 257.000 indigentes (19,4%). El hambre, la miseria y la desocupación comenzaron a hacer estragos a poco de haber comenzado 2002. La mecha se encendió con el primer caso mediático de desnutrición infantil en el sur de la provincia que conmovió al país y al mundo. En noviembre, la bomba comenzó a estallar con la lamentable muerte de niños tucumanos, víctimas de la desnutrición, que desgraciadamente prosigue, aunque con menor frecuencia.
Los paros docentes desnudaron la ausencia de una política educativa coherente, siempre atada a las improvisaciones de turno. Más de 250.000 alumnos estatales perdieron medio ciclo lectivo y Tucumán pasó un año más sin una ley provincial de Educación -actualmente se rige por decreto- que alumbre con el consenso de todos los sectores que integran el área, incluyendo los padres.
En el seno de la Justicia se ventilaron conflictos entre sus integrantes, y se atacó con tenacidad desde ese poder y desde el Ejecutivo a la Fiscalía Anticorrupción, encargada de investigar los numerosos casos de corrupción. La basura sitió a la capital tucumana casi mensualmente y casi nada se hizo para combatir el transporte ilegal, que se ha convertido en una enfermedad provincial. Todo ello refleja un elevado nivel de incultura.
El año 2003 que iniciamos nos vuelve a plantear la necesidad de un cambio en todos los aspectos de la realidad. Este, por cierto, parece difícil de lograr con la misma clase dirigente que nos ha gobernado hasta ahora. Para que surjan nuevos rostros es necesaria una mayor participación y compromiso de la ciudadanía pensante y preparada, que posea una gran dosis de transparencia y de vocación de servicio. De manera que la política vuelva a estar al servicio del pueblo y no al revés, como viene sucediendo en las últimas décadas. Las propuestas para el cambio son esencialmente las mismas, pero siempre su realización depende de las personas.
Sólo con mayor educación y cultura, con un sistema de salud eficiente, con conciencia ciudadana, con crecimiento económico, con liderazgos, con instituciones saneadas, a cuyos cargos se acceda por concurso, podrá insinuarse el cambio tan reclamado por un importante sector de la sociedad y evitar así la pérdida de la poca dignidad y decencia que aún nos queda a los tucumanos.
"La decencia se pierde una sola vez; nunca más se recupera. Todo se puede perder: el dinero, la ropa, el trabajo, el oficio, pero no hay que perder el orgullo de vivir libre con decencia", solía decir don Atahualpa Yupanqui.
El año 2002 marcó un punto de inflexión en la historia nacional y provincial. La caída de la convertibilidad, la consecuente devaluación -el dólar casi cuadriplicó su valor- y la declaración de cesación de pagos pusieron a la luz la irrealidad que durante una década se había vivido en el país. Todos los males parecieron entonces brotar en esta tierra y fuimos perdiendo la dignidad hasta llegar a la vergüenza no sólo internacional sino con nosotros mismos.
Este nuevo panorama ahondó y desnudó casos de corrupción en todos los niveles y mostró a una clase dirigente que, lejos de escuchar el reclamo de la ciudadanía de cambiar el rumbo moral y ético, se empecinó -lo sigue haciendo- en defender con uñas y dientes los espacios de poder y las prebendas, siendo indiferentes al sufrimiento constante de la ciudadanía.
Sobre una población de 1.336.664 personas, Tucumán tenía en abril pasado 763.000 pobres (57,6%) y 257.000 indigentes (19,4%). El hambre, la miseria y la desocupación comenzaron a hacer estragos a poco de haber comenzado 2002. La mecha se encendió con el primer caso mediático de desnutrición infantil en el sur de la provincia que conmovió al país y al mundo. En noviembre, la bomba comenzó a estallar con la lamentable muerte de niños tucumanos, víctimas de la desnutrición, que desgraciadamente prosigue, aunque con menor frecuencia.
Los paros docentes desnudaron la ausencia de una política educativa coherente, siempre atada a las improvisaciones de turno. Más de 250.000 alumnos estatales perdieron medio ciclo lectivo y Tucumán pasó un año más sin una ley provincial de Educación -actualmente se rige por decreto- que alumbre con el consenso de todos los sectores que integran el área, incluyendo los padres.
En el seno de la Justicia se ventilaron conflictos entre sus integrantes, y se atacó con tenacidad desde ese poder y desde el Ejecutivo a la Fiscalía Anticorrupción, encargada de investigar los numerosos casos de corrupción. La basura sitió a la capital tucumana casi mensualmente y casi nada se hizo para combatir el transporte ilegal, que se ha convertido en una enfermedad provincial. Todo ello refleja un elevado nivel de incultura.
El año 2003 que iniciamos nos vuelve a plantear la necesidad de un cambio en todos los aspectos de la realidad. Este, por cierto, parece difícil de lograr con la misma clase dirigente que nos ha gobernado hasta ahora. Para que surjan nuevos rostros es necesaria una mayor participación y compromiso de la ciudadanía pensante y preparada, que posea una gran dosis de transparencia y de vocación de servicio. De manera que la política vuelva a estar al servicio del pueblo y no al revés, como viene sucediendo en las últimas décadas. Las propuestas para el cambio son esencialmente las mismas, pero siempre su realización depende de las personas.
Sólo con mayor educación y cultura, con un sistema de salud eficiente, con conciencia ciudadana, con crecimiento económico, con liderazgos, con instituciones saneadas, a cuyos cargos se acceda por concurso, podrá insinuarse el cambio tan reclamado por un importante sector de la sociedad y evitar así la pérdida de la poca dignidad y decencia que aún nos queda a los tucumanos.
"La decencia se pierde una sola vez; nunca más se recupera. Todo se puede perder: el dinero, la ropa, el trabajo, el oficio, pero no hay que perder el orgullo de vivir libre con decencia", solía decir don Atahualpa Yupanqui.







