Cambio de naipes

Miranda no podrá adelantar las elecciones. El bussismo y un sector del PJ esperan la ayuda de Menem.

30 Diciembre 2002
Por Marcelo Aguaysol

La experiencia demuestra que el personalismo no conduce a un camino constructivo. Así se armó, en 1999, el proyecto Julio Miranda gobernador, montado sobre una superestructura donde no importaba la imagen de un estadista con consenso social, sino más bien con ambiciones de poder. Hoy, el Partido Justicialista trata de cuidar la sigla, desprendiéndose de los "ismos" de los que alguna vez renegó hasta el propio mandatario.
Los peronistas saben que no podrán mostrar en su plataforma electoral los hechos de la gestión, sin que la sociedad recuerde los aspectos negativos que se potenciaron en este año que se termina. Miranda se sentará hoy con sus funcionarios y con algunos conspicuos dirigentes que aún le responden a trazar el calendario electoral. El gobernador regresó de Olivos con los naipes cambiados, sin posibilidad de adelantar los comicios para el 27 de abril y transportando las elecciones hacia el 8 de junio próximo.
En el gabinete resisten a lo que entienden como una imposición duhaldista para acompañar la candidatura de José Alperovich. Hasta se llegó a decir que, frente a la proclamación de Ricardo Maturana como otro postulante a gobernador por el PJ, Fernando Juri estaría por viajar el día de Reyes a Anillaco para pedir a Carlos Menem que avale su precandidatura. La bendición del riojano es buscada por muchos justicialistas que están en carrera para 2003.
Los republicanos también miran hacia La Rioja. Antonio Bussi cree que el menemismo puede ser la tabla de salvación que lo catapulte nuevamente hacia la Casa de Gobierno, aprovechando la dispersión del PJ local y las inclinaciones de Miranda hacia el duhaldismo. En Fuerza Republicana saben que, hoy por hoy, no recuperarán el poder si no se unen con los independientes. Por eso es que Bussi prefirió esperar a que se defina el calendario electoral antes de desgastar el aparato partidario en discusiones estériles con otras fuerzas políticas.
El radicalismo está pagando el precio de la situación generada con la renuncia de Fernando de la Rúa. La Alianza, su principal soporte electoral, terminó como un fracaso frente a las expectativas de la desilusionada sociedad que la votó en 1999. La UCR trató de proyectarse a través del interbloque legislativo. Los debates sus miembros en la sesión del viernes sirvieron como argumento para empezar a elaborar el certificado de defunción de un proyecto que pudo ser. Otra vez, el oficialismo, al dictaminar la polémica reforma a la Ley de Administración Financiera, sembró cizaña en la oposición para que actúe de acuerdo con el ritmo que marca la interna del PJ.
En este juego de discusiones, de desencuentros y de acusaciones de deslealtad, los políticos ganan y los ciudadanos pierden. Estos últimos tienen la posibilidad de cambiar las cosas con su voto y no seguir bailando la melodía que imponen aquellos que siguen pensando que gobiernan para unos pocos y no para el conjunto de la sociedad.

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