El norte y el sur

Trabajo y solidaridad, dos ingredientes fundamentales para un buen proyecto de país.

29 Diciembre 2002
Por Nora Lía Jabif

"Historias mínimas" es una película entrañable, de esas que se se construyen con hechos "chiquitos", protagonizados por personajes anónimos que transitan la patagonia argentina, y que parecen extraídos de una ficción de otro entrañable, el ya desaparecido Osvaldo Soriano. Rolo Andrada, uno de los tres actores tucumanos que trabajaron en ese filme, dice que el éxito de la película reside en que el director (Carlos Sorín) supo captar el espíritu de los habitantes de la patagonia: "él entendió que lo que une a la gente que vive en el sur es que allí todos están de paso. No hay una identidad, de modo que se construyen lazos de solidaridad muy especiales".
Cierto. Pero lo que para algunos parecería un disvalor -la falta de identidad- tiene para otros un sentido positivo: que si no hay una identidad, hay un horizonte posible para construirla.
Como en la película de Sorín, eso es lo que percibe (aun en la percepción arbitraria y fragmentada de la "instantánea" turística) el viajero en la región más austral del continente: que el sur es una elección. Que toda elección significa un proyecto (y todo proyecto exige trabajo). En consecuencia, el viajero tiene la sensación de que en ese territorio expandido, bello, y a la espera de ser poblado, está todo por hacerse. Eso sí, laboriosamente.
"Historias mínimas" podría funcionar como el espejo de esta utopía que significa el sur para los norteños: detrás de la Babel de tonadas litoraleñas y norteñas están los rostros de los migrantes internos de provincias que, aunque densamente pobladas como Tucumán (y, paradójicamente, con más muertes por desnutrición infantil) son definidas como "expulsoras" por el flamante censo 2000.
Es probable que si se afina el lápiz y se cruzan datos, aparezca que lo que el Norte expulsó, el Sur lo atrajo. Ushuaia, la mágica ciudad más austral del mundo, está poblada por voces tucumanas: maestras, médicos, policías, gastronómicos, empleadas domésticas, comerciantes.
Pero también hay operarios suspendidos en el 90% de las fábricas de electrodomésticos que por ahora bajaron las persianas "hasta que aclare". Y se incrementaron en un 400 % los planes sociales, y aparecieron los comedores para personas de escasos recursos, como un fenómeno nuevo.
Sin embargo, Tierra del Fuego, con una sólida trama de asistencia social, y una fuerte presencia estatal -es la cuarta provincia argentina con mejor calidad de vida, en parte gracias a las regalías gasíferas-.
Y el viajero tiene la sensación de que muchos de los tucumanos que eligieron el sur (también Chubut y Santa Cruz) sabiendo que cambiaban la tierra verde, cálida y previsible por el frío, el viento y la imprevisión, prefieren seguir apostando a un horizonte posible, extremadamente riguroso en la exigencia de trabajo. Pero posible.
Habrá otros que se volvieron, aun intuyendo que lo que aquí los espera son las largas colas para cobrar un plan Jefes y Jefas de Hogar. Salvo que en su elección (o proyecto) de regreso se hayan traído consigo -para compartir y transmitir- al menos dos de los aprendizajes del sur, que también están esbozados en "Historias Mínimas": que una comunidad no se construye si no es solidaria. Y que no sobrevive el que no trabaja.

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