27 Diciembre 2002 Seguir en 
La ciudad de San Miguel de Tucumán está aquejada por una serie de problemas de vieja data y de considerable vastedad. Uno de ellos es el pavimento. A comienzos del mes pasado (ver LA GACETA del 5 de noviembre último) una de nuestras notas expuso en cifras esa cuestión, sobre la que también comentamos en un editorial.
El 52% de las arterias del radio municipal de la capital no está pavimentado en absoluto, y esa proporción trepa hasta un 70%, si la estimación incluye lo que se conoce como el Gran Tucumán. Mirado el asunto desde ese último ángulo, se concluye que hay solamente 3 de cada 10 calles pavimentadas para una cantidad de población de 900.000 personas.
Pero centrándonos en ese 52% del radio municipal de la Capital solamente, apuntemos que se debiera añadir a tal proporción de carencia todas aquellas arterias donde el asfalto se encuentra, desde mucho tiempo atrás, en franco estado de colapso.
Ello está a la vista de cualquiera, en la actualidad. Calles y avenidas de San Miguel de Tucumán aparecen cribadas de baches del más variado tamaño y profundidad. Hay bocacalles que los conductores cruzan a paso de hombre para no romper sus vehículos. La seguridad del tránsito y de los peatones se ve afectada ante las bruscas maniobras que a cada momento deben realizarse para evitar el obstáculo. Es decir que se trata, como decimos arriba, de un problema serio y más que significativo en una ciudad tan poblada de personas y de automotores como lo es la nuestra.
Pero sucede que la Municipalidad no ha sido capaz todavía de dar una respuesta razonable a tan candente asunto. Las obras de pavimentación actualmente en marcha -realizadas por obligaciones de la licitación- curiosamente no se ejecutan sobre las arterias que más lo necesitarían. Ello además de haberse iniciado, justamente, en las épocas más inconvenientes para la actividad comercial y menos adecuadas por el clima.
Nos parece que es hora de que se encaren decididamente las grandes cuestiones de San Miguel de Tucumán. El pavimento es una de ellas (y puede afirmarse que el sistema de desagüe está en igual nivel de importancia). Deben buscarse los recursos necesarios, a costa de cualquier sacrificio; y en esa búsqueda deberá manifestarse, por cierto, el compromiso de la comunidad, a la que corresponde llenar su obligación de pagar puntualmente las tasas municipales.
En este último punto, hay que decir que mucho tiene que ver con la actitud remisa del contribuyente el hecho de que no advierte que su tributo se traduzca en obras de mejoramiento de la ciudad en que habita. La única preocupación comunal se ha reducido al pago de sueldos. La vida de nuestra Municipalidad, como lo decíamos hace poco, se desarrolla sobre un crónico trasfondo de conflictos salariales.
Es un organismo que funciona sólo de a ratos y pésimamente, mientras la ciudad crece a su capricho, envuelta en una asombrosa cultura de la infracción, donde nadie obedece las ordenanzas porque el incumplimiento no se sanciona.
No puede continuar esa pasividad frente a los grandes requerimientos de esta capital. El pavimento es una de las obras sobre las que se fundamenta una urbe moderna: representa el progreso, la higiene, la seguridad, la valorización de las propiedades. No es posible seguir esperando indefinidamente que llegue el momento de encarar esas tareas. Hay que planificar en ese orden y, como decimos, abocarse a la búsqueda de los recursos necesarios sin más pérdida de tiempo.
Asombra que sigan pasando los años sin que ninguna de las administraciones municipales haya enfocado seriamente ese propósito. Ya no es posible que ello se dilate por más tiempo, según cualquier ciudadano lo puede apreciar.
El 52% de las arterias del radio municipal de la capital no está pavimentado en absoluto, y esa proporción trepa hasta un 70%, si la estimación incluye lo que se conoce como el Gran Tucumán. Mirado el asunto desde ese último ángulo, se concluye que hay solamente 3 de cada 10 calles pavimentadas para una cantidad de población de 900.000 personas.
Pero centrándonos en ese 52% del radio municipal de la Capital solamente, apuntemos que se debiera añadir a tal proporción de carencia todas aquellas arterias donde el asfalto se encuentra, desde mucho tiempo atrás, en franco estado de colapso.
Ello está a la vista de cualquiera, en la actualidad. Calles y avenidas de San Miguel de Tucumán aparecen cribadas de baches del más variado tamaño y profundidad. Hay bocacalles que los conductores cruzan a paso de hombre para no romper sus vehículos. La seguridad del tránsito y de los peatones se ve afectada ante las bruscas maniobras que a cada momento deben realizarse para evitar el obstáculo. Es decir que se trata, como decimos arriba, de un problema serio y más que significativo en una ciudad tan poblada de personas y de automotores como lo es la nuestra.
Pero sucede que la Municipalidad no ha sido capaz todavía de dar una respuesta razonable a tan candente asunto. Las obras de pavimentación actualmente en marcha -realizadas por obligaciones de la licitación- curiosamente no se ejecutan sobre las arterias que más lo necesitarían. Ello además de haberse iniciado, justamente, en las épocas más inconvenientes para la actividad comercial y menos adecuadas por el clima.
Nos parece que es hora de que se encaren decididamente las grandes cuestiones de San Miguel de Tucumán. El pavimento es una de ellas (y puede afirmarse que el sistema de desagüe está en igual nivel de importancia). Deben buscarse los recursos necesarios, a costa de cualquier sacrificio; y en esa búsqueda deberá manifestarse, por cierto, el compromiso de la comunidad, a la que corresponde llenar su obligación de pagar puntualmente las tasas municipales.
En este último punto, hay que decir que mucho tiene que ver con la actitud remisa del contribuyente el hecho de que no advierte que su tributo se traduzca en obras de mejoramiento de la ciudad en que habita. La única preocupación comunal se ha reducido al pago de sueldos. La vida de nuestra Municipalidad, como lo decíamos hace poco, se desarrolla sobre un crónico trasfondo de conflictos salariales.
Es un organismo que funciona sólo de a ratos y pésimamente, mientras la ciudad crece a su capricho, envuelta en una asombrosa cultura de la infracción, donde nadie obedece las ordenanzas porque el incumplimiento no se sanciona.
No puede continuar esa pasividad frente a los grandes requerimientos de esta capital. El pavimento es una de las obras sobre las que se fundamenta una urbe moderna: representa el progreso, la higiene, la seguridad, la valorización de las propiedades. No es posible seguir esperando indefinidamente que llegue el momento de encarar esas tareas. Hay que planificar en ese orden y, como decimos, abocarse a la búsqueda de los recursos necesarios sin más pérdida de tiempo.
Asombra que sigan pasando los años sin que ninguna de las administraciones municipales haya enfocado seriamente ese propósito. Ya no es posible que ello se dilate por más tiempo, según cualquier ciudadano lo puede apreciar.







