24 Diciembre 2002 Seguir en 
Una vez más habrá de recordarse esta noche la Navidad, una de las celebraciones más importantes para la cristiandad de todo el orbe. Millones de hombres, de mujeres y de niños, en los puntos más lejanos y diversos del planeta, se detendrán esta Nochebuena en memoria de una fecha que tiene más de dos milenios de vigencia y que continúa siendo tan cargada de íntimo sentido como enormemente expresiva y conmovedora: las sublimes imágenes del Niño que debió nacer en un pesebre porque nadie quería dar albergue a sus padres, y los pastores posternados ante quien venía enviado por el Padre Eterno para la redención del género humano.
Para la siempre esperanzada humanidad, es necesario que la Navidad siga siendo lo que fue en los primeros tiempos de su recordación: la fiesta de la paz, del amor, de la caridad, de la fraternal tolerancia entre los seres. Y ello, por muchas y muy fuertes razones.
Vivimos en un mundo convulso y difícil, sacudido constantemente por preocupaciones materiales, por amenazas de catástrofe, por lacerantes realidades de carencia. Lo instantáneo de las comunicaciones nos obliga a involucrarnos en todo lo que ocurre y la "globalización" hace que todo repercuta en todos. En la vida diaria, soportamos al mismo tiempo la necesidad de luchar sin desmayo para sobrevivir en un contexto que cambia a cada instante: una exigencia de acción interminable que no pareciera dejar tiempo para casi nada, como si tan desenfrenada carrera constituyese un fin en sí misma.
Nadie puede discutir que la celeridad, la premura, han llevado al hombre a triunfar en las más grandes y ambiciosas batallas del tiempo contemporáneo. Ya nada parece haber escapado a la aplastante victoria del ser humano, en los terrenos más impresionantes de la ciencia y de la tecnología.
Pero si cada día parece afirmarse que no hay nada imposible para el "rey de la creación" (salvo escapar de la muerte), hay que convenir que este sobrelleva al mismo tiempo, y más vivas que nunca, la angustia y la insatisfacción.
Ha llegado a dominar al mundo, pero ese triunfo no le ha deparado la paz interior, y la sociedad conoce nuevos desasosiegos y zozobras, motivados por la misma perfección tecnológica. Por ejemplo el desempleo, que no hace sino crecer en todo el mundo, por la fuerza laboral que las máquinas van convirtiendo en innecesaria, y sobre cuyo aumento se han formulado las proyecciones más sombrías.
De allí que siga siendo imprescindiblemente necesario, para todos los seres humanos, tener su Navidad. Ella reviste un significado especialísimo en los turbulentos e inciertos tiempos que corren, en nuestro país y en la mayoría de las naciones del orbe. Un paréntesis de sencillez y de ternura para todo, en medio del duro trajinar de la vida. Y para los tucumanos y para los argentinos, un atisbo de esperanza abriéndose paso en el oscuro horizonte.En todos los lugares de la Tierra, esta es la noche en que, junto al pesebre y entre cánticos antiguos, se reúne la familia para una recordación a la que es imposible permanecer ajeno, por encima de toda confesión religiosa. En ese sentido, el mensaje cristiano demuestra una fuerza y una vigencia que siguen atravesando los siglos.
El nacimiento del Niño continúa representando una convocatoria fraterna que se mantiene en pie, a pesar de que transcurra el tiempo y que nada parezca inmune al cambio y a la revisión.
El suceso de Belén simboliza el amor, la hermandad y la paz. Nadie puede sino desear que la tregua de la Nochebuena sirva hoy para una reflexión distinta de las cotidianas que dictan el utilitarismo, la sensualidad y la violencia. Y que haga germinar, en todos los hombres, el tan necesario propósito de vivir en paz, con ellos mismos y con los semejantes.
Para la siempre esperanzada humanidad, es necesario que la Navidad siga siendo lo que fue en los primeros tiempos de su recordación: la fiesta de la paz, del amor, de la caridad, de la fraternal tolerancia entre los seres. Y ello, por muchas y muy fuertes razones.
Vivimos en un mundo convulso y difícil, sacudido constantemente por preocupaciones materiales, por amenazas de catástrofe, por lacerantes realidades de carencia. Lo instantáneo de las comunicaciones nos obliga a involucrarnos en todo lo que ocurre y la "globalización" hace que todo repercuta en todos. En la vida diaria, soportamos al mismo tiempo la necesidad de luchar sin desmayo para sobrevivir en un contexto que cambia a cada instante: una exigencia de acción interminable que no pareciera dejar tiempo para casi nada, como si tan desenfrenada carrera constituyese un fin en sí misma.
Nadie puede discutir que la celeridad, la premura, han llevado al hombre a triunfar en las más grandes y ambiciosas batallas del tiempo contemporáneo. Ya nada parece haber escapado a la aplastante victoria del ser humano, en los terrenos más impresionantes de la ciencia y de la tecnología.
Pero si cada día parece afirmarse que no hay nada imposible para el "rey de la creación" (salvo escapar de la muerte), hay que convenir que este sobrelleva al mismo tiempo, y más vivas que nunca, la angustia y la insatisfacción.
Ha llegado a dominar al mundo, pero ese triunfo no le ha deparado la paz interior, y la sociedad conoce nuevos desasosiegos y zozobras, motivados por la misma perfección tecnológica. Por ejemplo el desempleo, que no hace sino crecer en todo el mundo, por la fuerza laboral que las máquinas van convirtiendo en innecesaria, y sobre cuyo aumento se han formulado las proyecciones más sombrías.
De allí que siga siendo imprescindiblemente necesario, para todos los seres humanos, tener su Navidad. Ella reviste un significado especialísimo en los turbulentos e inciertos tiempos que corren, en nuestro país y en la mayoría de las naciones del orbe. Un paréntesis de sencillez y de ternura para todo, en medio del duro trajinar de la vida. Y para los tucumanos y para los argentinos, un atisbo de esperanza abriéndose paso en el oscuro horizonte.En todos los lugares de la Tierra, esta es la noche en que, junto al pesebre y entre cánticos antiguos, se reúne la familia para una recordación a la que es imposible permanecer ajeno, por encima de toda confesión religiosa. En ese sentido, el mensaje cristiano demuestra una fuerza y una vigencia que siguen atravesando los siglos.
El nacimiento del Niño continúa representando una convocatoria fraterna que se mantiene en pie, a pesar de que transcurra el tiempo y que nada parezca inmune al cambio y a la revisión.
El suceso de Belén simboliza el amor, la hermandad y la paz. Nadie puede sino desear que la tregua de la Nochebuena sirva hoy para una reflexión distinta de las cotidianas que dictan el utilitarismo, la sensualidad y la violencia. Y que haga germinar, en todos los hombres, el tan necesario propósito de vivir en paz, con ellos mismos y con los semejantes.







