24 Diciembre 2002 Seguir en 
Cuando se gestaba la Constitución provincial, la discriminación ya se había parido. Nadie se animó a afrontarlo y quedó en los archivos "de los problemas para resolver mañana". Entonces importaban más los intereses electorales para ganar con comodidad las elecciones que vendrían. Corría 1990 y ya la desesperación era ganar y no ayudar a que una sociedad viviera en plenitud con sus ideales y valores comunes. Obviamente, las inquietudes que se veían en la superficie parecían más importantes que las del fondo.
Doce años después el maremoto estalló. Ya no se podrá analizar con asepsia el problema porque se ha estigmatizado en una persona: José Alperovich. El senador nació y se crió bajo la religión judía, y hoy no puede ejercer sus legítimos derechos de querer ser gobernador de la provincia donde echó raíces y se desarrolló.
El arzobispo Luis Villalba metió el dedo en la llaga en el peor momento. Justo cuando la sociedad necesita de la comunión y del consenso por los valores y por las costumbres que deben regir, abrió una grieta.
Con la prudencia que debe tener un arzobispo, monseñor ni siquiera nombró a Alperovich. Sólo se limitó a decir que había que respetar la Constitución. Sus conceptos son irrefutables, pero a la vez son el fósforo que enciende la mecha de una bomba. Si se hubieran respetado la Constitución y las leyes, la provincia podría vivir en una gran sociedad, pero la realidad ha mostrado que la corrupción y los intereses personales se han burlado de esto.
Hace poco tiempo la propia Iglesia se aferró -como seguramente lo hará Alperovich- de otras leyes superiores. Un ejemplo fue cuando la norma provincial revisó la ley de educación. Entonces se esgrimió la Ley Federal de Educación para que las cosas no cambiaran en Tucumán.
Se está al borde de generar una discusión mayúscula innecesaria, cuando ahora los problemas de fondo son más graves. El hambre y la corrupción van de la mano corroyendo una sociedad desorientada, pero ávida de solucionar la crisis para empezar a soñar que hay un mañana.
El arzobispo sin dudas se aferró a la ley y defendió así los intereses de su Iglesia, algo que es irreprochable. Pero también son absolutamente legítimas las intenciones que pueda tener un judío de querer ser el gobernador de la provincia. Forzar un artículo discriminatorio de la Constitución no significa -en este caso- un acto de corrupción sino, por el contrario, un principio de absoluta igualdad.
Alperovich llegará o no por su propia fuerza y por la de quienes lo apoyen. Será la sociedad la que le entregará su voto en base a sus proyectos, no en función de la cuna que lo recibió en este mundo.
"¿Cómo callar tantas formas de violencia perpetradas también en nombre de la fe? Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas... Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principios del Evangelio". Ese fue el mensaje de Juan Pablo II a los cardenales en 1994.
Doce años después el maremoto estalló. Ya no se podrá analizar con asepsia el problema porque se ha estigmatizado en una persona: José Alperovich. El senador nació y se crió bajo la religión judía, y hoy no puede ejercer sus legítimos derechos de querer ser gobernador de la provincia donde echó raíces y se desarrolló.
El arzobispo Luis Villalba metió el dedo en la llaga en el peor momento. Justo cuando la sociedad necesita de la comunión y del consenso por los valores y por las costumbres que deben regir, abrió una grieta.
Con la prudencia que debe tener un arzobispo, monseñor ni siquiera nombró a Alperovich. Sólo se limitó a decir que había que respetar la Constitución. Sus conceptos son irrefutables, pero a la vez son el fósforo que enciende la mecha de una bomba. Si se hubieran respetado la Constitución y las leyes, la provincia podría vivir en una gran sociedad, pero la realidad ha mostrado que la corrupción y los intereses personales se han burlado de esto.
Hace poco tiempo la propia Iglesia se aferró -como seguramente lo hará Alperovich- de otras leyes superiores. Un ejemplo fue cuando la norma provincial revisó la ley de educación. Entonces se esgrimió la Ley Federal de Educación para que las cosas no cambiaran en Tucumán.
Se está al borde de generar una discusión mayúscula innecesaria, cuando ahora los problemas de fondo son más graves. El hambre y la corrupción van de la mano corroyendo una sociedad desorientada, pero ávida de solucionar la crisis para empezar a soñar que hay un mañana.
El arzobispo sin dudas se aferró a la ley y defendió así los intereses de su Iglesia, algo que es irreprochable. Pero también son absolutamente legítimas las intenciones que pueda tener un judío de querer ser el gobernador de la provincia. Forzar un artículo discriminatorio de la Constitución no significa -en este caso- un acto de corrupción sino, por el contrario, un principio de absoluta igualdad.
Alperovich llegará o no por su propia fuerza y por la de quienes lo apoyen. Será la sociedad la que le entregará su voto en base a sus proyectos, no en función de la cuna que lo recibió en este mundo.
"¿Cómo callar tantas formas de violencia perpetradas también en nombre de la fe? Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas... Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principios del Evangelio". Ese fue el mensaje de Juan Pablo II a los cardenales en 1994.







