Esa llama que calienta el alma

Por Roberto Espinosa -Redacción LA GACETA.

04 Mayo 2008
La sintió alborotada. El amor le temblaba en las alas. La vio caminar por sus pupilas, ajada de tristezas. Estropeada de dolores. Agitada de alegría. Arropada de nostalgia. Pasó desafiante. Como amazona que flecha su ternura en la costilla izquierda de los humanos. Aguerrida como flor sedienta de justicia. Angustiada como madre que busca a un hijo desaparecido. A veces la veía deambular entre las mesas de la soledad sacudiendo con impotencia la indiferencia de mujeres, de hombres. Hincando sus dardos en las poltronas del poder. Una mañana, musical como el aleteo del primer beso. Una noche, ensimismada en un rezo.
Nunca se sabía por cuál geografía iba a deambular. Tal vez rubia. Morocha. Negra. Colorada. Amarilla. O mestiza. Acicalada o desaliñada. No importaba demasiado. Porque temprano o tarde, el maquillaje se derrumba para mostrar el rostro del que somos. Su ropaje de cada día era un misterio. Sólo le importaba tocar los corazones. Sacudirlos. Sensibilizarlos. Hablar de la vida. De la muerte. De las aves que despluman con el canto el silencio del horizonte.
Cuando alguien se enamoraba de ella, no podía abandonarla, por más que se lo propusiera. Sí, allí estaba siempre para expresar lo insondable, aquello que yace en las astillas del ser. Para sujetar la desesperación. Para conversar con Dios desde la raíz de lo pequeño. Desde la humildad. Desde lo simple. Desde lo frágil.
Ella elegía, desde hace siglos, a quien tomar de la mano y llevarlo consigo por el tiempo. Le bastaba mirar a los ojos y dejarse seducir por la gota de un sentimiento resbalando en un gesto. En una caricia. En una palabra. Soñaba con ser la compañera de todos. Con navegar en vientos de libertad.
Durante los insomnios podía aparecerse vestida de grito, de clamor por las risas niñas que no llegan a florecer, por los pocos propietarios del mundo, dueños de la verdad, que oprimen a los muchos pobladores de la Tierra con guerras, recetas económicas, autoritarismos, promesas de equidad, dictaduras, nepotismos, demagogias.
Era capaz de bailar en una metáfora. En los pentagramas del aire. De engordar la dicha y conjugarla. De desmenuzar la pena y repartirla. De vencer el pudor del verbo y salir al encuentro de los hombres. De llorar en los ojos de un niño, afiebrado por el hambre. Por la miseria. De lamer el sudor de los machetes de la pobreza en el cañaveral.
La había visto vagabundear por la historia, encaramada en revoluciones, restaurando la memoria de los que olvidan fácilmente, señalando la afonía de los justos que no alzan la voz para denunciar los privilegios, la corrupción, las tropelías.
Radiante o deprimida, nunca vencida, prefería ser vocera del amor, delegada de la pasión, representante de la vida. Podía revelar en un instante la desnudez de la inocencia. De la paz. La endeblez de la existencia. La absurdidad del tiempo.
Quien de ella se enamorara, podía regar los sentidos de su alma y enarbolar la dignidad para mirar de un modo distinto -sin tanta queja- la cotidiana realidad. Ella fantaseaba con besar las sonrisas y las lágrimas, las auroras y los ocasos, la luz y la oscuridad. Ansiaba que changuitos, jóvenes, mayores y ancianos la hicieran suya. Quizás así habría menos intolerancia, pesimismo, incomunicación, desesperanza, violencia. Porque la poesía es llama que calienta el alma. Es comunión. Es esencia liberada en el corazón del otro.

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