Cómo salir del país donde todo se ata con alambres

Los Kirchner planifican su futuro en El Calafate. El papelón internacional en la votación de la reforma en el FMI y la errática política exterior de la Argentina. Por Hugo E. Grimaldi - Agencia DyN.

04 Mayo 2008
BUENOS AIRES.- Ni al lado de Alemania, el país soñado como modelo por Cristina Fernández de Kirchner, ni tampoco junto a la Venezuela bolivariana del hoy algo devaluado “compañero” Hugo Chávez. Mucho menos acompañando a Brasil, la locomotora imparable de la región. Cosas de sus desvaríos, la Argentina ahora anda por el mundo de la mano de las Islas Palau (o Palaos en español o Balau en idioma nativo), un bello archipiélago de 500 kilómetros cuadrados del Pacífico, al norte de Australia, cuya capital, Koror concentra el grueso de sus atractivos turísticos. Y también transita el destierro en compañía de Angola, a la cual su terrible historia de sangre la ha condenado a la pobreza extrema en el occidente africano, pese al petróleo que tiene por debajo.
El martes pasado, el representante argentino ante el Fondo Monetario levantó la mano para votar, junto a los delegados de estos dos Estados, en contra de las reformas propuestas para aggiornar el organismo y para darle más protagonismo a las naciones emergentes y se enfrentó nada menos que a la decisión de otros 175 países, 93% del total de socios del FMI. Nada podría haber sido cambiado por el voto argentino, salvo ahorrarse el papelón internacional y la decepción del actual director gerente, Dominique Strauss-Khan, hasta entonces un gestor de buenos oficios a favor de la Argentina, en su negociación con el Club de París.
Los fundamentos de la decisión aún no han sido explicados oficialmente y con la historia del cambio de funcionarios en Economía se ha hecho difícil conseguir alguna precisión sobre el caso, lo que abre el abanico para las especulaciones, sobre todo para saber quién dio la orden de proceder así: ¿el ministro saliente, el entrante, la Cancillería, la Presidenta, Néstor Kirchner...?
Esto que ha ocurrido en materia de inserción internacional no es una novedad, ya que la política exterior de la Argentina es desde hace algunos años, al menos, errática, lo que mantiene aislado al país, casi en estado de cuarentena médica. No es casual que cuanto personaje internacional llegue al Cono Sur saltee a la Argentina como destino. Sin embargo, el despropósito en el caso del Fondo no es una mera anécdota, sino que su gravedad se inscribe en un proceso mayor de desapego gubernamental hacia la vigencia de reglas de juego que todos perciban como estables, adentro y afuera, que tuvo su sustento en tiempos de crisis, pero que ahora tarda en cambiar. En ese sentido, ya ha sido acreditado suficientemente que el gobierno de Néstor Kirchner estuvo, durante cuatro años y medio, ocupado en domar la coyuntura y que, a su estilo, le fue bien en materia de indicadores, aunque se sabe que han sido notorias sus fallas para visualizar el mediano y el largo plazo. En teoría, la llegada de su esposa a la Presidencia iba a cubrir ese déficit y ésa fue la derecha que le dio el electorado en octubre pasado.
Este proceso de trasvasamiento, ya se verá si con reconocimiento de errores o no, ha sido seguramente uno de los tópicos que el matrimonio presidencial abordó durante estos días de estancia patagónica en la casa de descanso familiar de El Calafate: cómo hacer el salto que se había sugerido en tiempos electorales y cuándo encararlo, en un intento de torcer la historia, tras cuatro meses y medio de acelerado desgaste. “La señora Fernández aún tiene mucho tiempo para corregir errores. La bendice una oposición débil y dividida y su esposo es el presidente del partido mayoritario... (aunque) la suspicacia en Buenos Aires es que Cristina está pagando el precio la terquedad de su marido”, acaba de decir la revista británica “The Economist” en una dura apreciación sobre la actualidad política argentina, en medio de lo que caracteriza como “la rebelión de los granjeros”.
La caída de imagen que marcan las encuestas se ha dado en un período más que complicado para el Gobierno, pero no sólo en la vidriera, tras el caso Antonini Wilson y por el conflicto con el agro, sino porque pende por encima de las cabezas de todos la espada de la inflación, algo que desde bien arriba se intentó hacer invisible por procedimientos non sanctos, pero que al estar presente en los bolsillos y en la memoria colectiva de los argentinos, ha bajado decisivamente la tolerancia de la sociedad.
La respuesta al cómo es bien difícil de desentrañar, ya que no consta que la vocación de los Kirchner sea la de abrir el juego, elemento más que necesario para aceitar mecanismos más fluidos de gobierno, lejos de la centralización caudillesca de decisiones. En materia de tiempos, todo parece indicar que la fecha elegida será el 25 de mayo, para intentar asfaltar, aunque sin demasiado pluralismo y desde la unidad de pensamiento de tres sectores afines (empresas, sindicatos y gobierno), el camino hacia el Bicentenario. Entre los elementos a encauzar debería reconocerse también, puertas adentro, que la gestión de Cristina ha venido a exacerbar otro elemento capital del modelo kirchnerista, ya que, más allá del apego al corto plazo, el Gobierno sigue confundiendo peligrosamente cantidad con calidad y continúa jugando, al “modo argentino”, a atar las cosas con alambre.
Si hay algo que caracteriza el período crítico por el que atraviesa hoy la gestión, aderezado por rumores de cambios en el Gabinete ahora o el 25 como consecuencia de un eventual cambio de estilo, es la baja calidad de todo lo que pilotea, producto de la falta de planificación y no sólo en materia de política exterior, sino también en cuestiones económicas y energéticas. Este déficit de gestión, que niega la inflación, la crisis de la energía, el aumento de la pobreza o el aislamiento político y financiero de la Argentina en el mundo, por ejemplo, se traduce comunicacionalmente en darle más preponderancia a las formas que al fondo de todas las cuestiones, con anuncios rimbombantes que, a la larga, tienden a frustrar expectativas, sobre todo cuando vuelven a anunciarse varias veces. Desde ya, que las culpas hacia terceros ha sido la constante de todo el proceso.
Por ejemplo, para el Gobierno la suba de precios ha sido por responsabilidad de los “pícaros” o de la “avaricia” empresarial y para frenarla se ha apelado a los tan remanidos y fracasados controles y a las prepoteadas de Guillermo Moreno para disciplinar al Indec y a todo lo que se le ponga por delante, antes que a recetas universales de alguna desaceleración de variables, como el gasto, la emisión y el consumo. “Para domesticar la inflación y para estabilizar la economía, el Gobierno necesita permitir que el peso se aprecie, contener los subsidios que hacen crecer el gasto y levantar las tasas de interés. Cuanto más tiempo tales medidas se pospongan, más dolorosas e impopulares serán”, recetó “The Economist” en el mismo artículo, variables que también hoy sugieren los economistas más cercanos al actual modelo.
Por el lado de la energía, los funcionarios se han desgañitado para negar cualquier tipo de crisis derivada de la falta de incentivos para invertir en gas y petróleo, pero lo concreto de las últimas horas es que, en medio de un importante desabastecimiento de naftas y gasoil, se ha firmado un convenio de provisión de electricidad con Brasil, se ha forzado una interpretación boliviana de que no faltará provisión de gas de ese país en invierno y todavía se espera la llegada de un barco metanero para que, desde su asiento en Bahía Blanca, inyecte más fluido a las redes.
Desde un punto de vista que casi roza el capricho de lo no prioritario, aunque por sus eventuales consecuencias puede ser no menos gravoso, otro tanto ha pasado con el inconsulto proyecto del Tren de Alta Velocidad a Rosario y Córdoba, puesto en el tapete por la Presidenta por cuarta vez en tres meses, para volver a recordar aquello del “salto a la modernidad”, en medio de los trastornos cotidianos de millones de personas que viajan en ese medio de transporte. Tampoco pareció muy feliz la justificación oficial de que el tren se pagará con deuda “a 30 años y con un plazo de gracia de siete”, para asegurar que por eso no se postergarán ahora otros gastos sociales urgentes. En todo caso, eso mismo podría ocurrir a partir del octavo año.
Al hablar de endeudamiento de una manera tan ligera, la Presidenta agitó la soga en la casa del ahorcado, ya que los mercados han quedado muy sensibilizados por la admisión, de parte del equipo de Martín Lousteau antes de irse, de que se necesitará una reprogramación de vencimientos para 2009. Un informe del Citibank ha sido muy duro al respecto esta semana, cuando sentenció que una fuga de capitales llevará a la Argentina a un “aterrizaje forzoso”, tras lo cual pronosticó un posible escenario de inflación con recesión (estanflación) para el segundo semestre de este año.
Todos estos ruidos han hecho que los mercados pegaran muy duro durante los últimos días en materia de bonos, una caída que logró ser revertida en parte por la acción de la banca oficial y por la calificación de “investment grade” que logró Brasil, lo que revitalizó a la región, y aunque ya se verificó cierta salida de capitales, el Banco Central cuerpeó la situación airosamente con su intacto poder de fuego, en materia de reservas.
En medio de todas estas angustias, a la Argentina le queda el viento de cola del precio de los commodities y ahora el influjo brasileño, para retomar la iniciativa. Sin tanta ideología y con más pragmatismo, el presidente Lula hizo crecer el superávit, redujo el endeudamiento, revaluó el real, no cortó la tradicional alianza con los industriales y Brasil siguió aumentando sus exportaciones. Pero, además, armó una nueva alianza con el campo, hasta convertir a su país en el mayor exportador de carnes y en el segundo productor del “yuyo” soja del mundo.
Brasil se prepara ahora a recibir una catarata de inversiones directas y a la luz de los hechos, más allá de lo exótico que puede resultar aquel paraíso del Océano Pacífico, suena como un socio más aconsejable que los 20.000 habitantes de las islas Palau.

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