Encuestas negras, pero reveladoras

Los bajos niveles de adhesión de los candidatos presidenciales es una muestra de la apatía de la sociedad.

21 Diciembre 2002
La variedad temática de las numerosas y frecuentes encuestas sobre el futuro desenlace electoral constituye otro indicador interesante de la realidad política argentina. En primer término, los reducidos porcentajes de adhesión que los precandidatos presidenciales más conspicuos reúnen, constituyen la señal más notoria de las reticencias con que la ciudadanía los observa. No menos singular es la total ausencia entre quienes ocupan la primera mitad de aspirantes, de figuras sin responsabilidades directas en el reciente pasado, lo que no les impide a los postulantes fulminarlo en sus mensajes proselitistas como causante directo de la crisis. Otro dato referencial de esas investigaciones de opinión es la virtual inmovilidad de los magros porcentajes asignados, lo que revela una indiferencia muy extendida entre la sociedad que, no por ello, declina su vocación por las soluciones democráticas para poner fin a la transición. Seguramente que entre todas las referencias de esas investigaciones de opinión, el dato más llamativo, y que no figura en sus cuestionarios, es el hecho ineludible de que la totalidad de los precandidatos mejor colocados tiene a sus espaldas duras crisis partidarias, más amenazadoras de sus aspiraciones que la rivalidad de los adversarios formales. Adolfo Rodríguez Saá, Carlos Menem y Néstor Kirchner, por ejemplo, se postulan como aspirantes del Partido Justicialista pero mantienen entre ellos confrontaciones sin cuartel y fuertemente ideológicas, más intensas inclusive que con rivales de partidos ajenos.
Si bien los precandidatos de la Unión Cívica Radical -Rodolfo Terragno y Leopoldo Moreau- no figuran entre los mejores colocados en las encuestas, la circunstancia de integrar la agrupación centenaria que debió abandonar el Gobierno hace un año y en más ocasiones lo ejerció, requieren sus menciones. La crisis que afecta al radicalismo está culminando en estos días con una interna destructiva sin precedentes que acelera sus migraciones.
Otro ejemplo testimonial es el de la precandidata Elisa Carrió quien, tras abandonar su significativa militancia radical organizó su propia estructura partidaria en coalición con el Partido Socialista. Alianza que acaba de romperse entre acusaciones reveladoras de una muy difícil coexistencia ideológica.
A la desorientación ciudadana por la magnitud de la crisis en todos sus aspectos se agrega, pues, la provocada por esa serie de ambiciones presidencialistas que expresan puntualmente lo más representativo de sus consecuencias políticas, y suscitan una reserva fundamental difícil de eludir: la posibilidad de que si accede al máximo poder de la República alguno de esos candidatos se vea enfrentado a una oposición como la que impide ahora consensuar ante las graves urgencias del país. Aparece así una vez más el corrosivo mal de la política argentina y que, en el colapso institucional del que acaba de cumplirse un año, permitió a la oposición justicialista llegar al poder mediante un formalismo constitucional.
La fragilidad de las relaciones políticas interpartidarias es desde hace décadas una de las causas de nuestras crisis institucionales, y se mantuvo aun después de la más cruel dictadura, culminando con la oposición que el ex presidente Fernando de la Rúa debió soportar entre sus correligionarios.
El viejo modelo autodestructivo ha llegado finalmente a los grandes partidos históricos, que debaten sus rivalidades internas a despecho de las ideas fundadoras, largamente pendientes de su actualización para dar contenido a la competencia democrática. En ese punto reside el nudo del fracaso de nuestro sistema representativo y es por ello el que más urgente atención requiere de las dirigencias.
Todavía hay tiempo para asumir conductas de grandeza, deponiendo intransigencias para llevar la lucha política una convincente confrontación de ideas posibles, que asegure la recuperación de la confianza por la sociedad democrática.

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