La tragedia de Edipo y el Parlamento acomplejado
En poco más de cuatro meses de gestión, la Legislatura sólo se inclinó ante el Ejecutivo. La sociedad padece que la Cámara reniegue de su destino. Relaciones con Casa de Gobierno. Por Alvaro Aurane - Redacción LA GACETA
17 Abril 2008 Seguir en 
Edipo Rey es, según Aristóteles en su Poética, la tragedia perfecta. El rey Layo mandó a matar al hijo que había tenido con Yocasta porque un oráculo le dijo que moriría a manos del vástago. Pero el verdugo tuvo piedad de la criatura a la que le habían perforado los tobillos para atarlos con una cuerda (Edipo quiere decir "pie hinchado") y lo entregó a unos pastores que se lo llevaron lejos. Creció ignorando la verdad y cuando se hizo hombre se topó un mal día con su padre, lo mató, volvió a Tebas, lo hicieron monarca, lo desposaron con su madre y con ella tuvo hijos. Y feroces plagas se desataron como castigo. El se arrancó los ojos y se desterró.Unos 25 siglos después de que Sófocles escribiera todo esto, la Legislatura tucumana parece empecinada en continuar por un derrotero idénticamente trágico.
Así como la lejana Tebas estaba asolada por toda clase de males, y Edipo, su gobernante, el que había librado a su gente de la Esfinge, no podía explicar las razones de semejante castigo, la sociedad tucumana ha soportado una serie de inclemencias normativas. Pero el Poder Legislativo no se explica (por momentos, ni se pregunta) el porqué de la angustia comunitaria, la cual se traduce en severos cuestionamientos contra la Cámara, que goza de escasa estima social.
El protagonista griego, para enfrentar las pestes que azolaban su reino, llegó a dictar severas normas para castigar al culpable de haber ofendido a los dioses, que no era otro sino él. Ese hecho (no tan difundido como el culebrón familiar) no sólo confirma el carácter trágico de su vida, sino que también ilustra sobre cuán antigua es la creencia occidental de que la realidad puede ser modificada con leyes. De igual manera, la actual conducción legislativa decretó una amputación draconiana de sus recursos y execró a la gestión anterior por los montos que gastó. Juraron que con $ 100 millones sobraba. Ahora, víctimas de sus propios designios, dijeron lo único que no podían decir: necesitan más dinero. Hay gestiones capaces de acomplejar instituciones enteras.
Sin embargo, en el gobierno tebano y en el parlamento tucumano, el remedio para las dolencias del cuerpo social estaba puertas adentro. Cuando Edipo consultó al sabio Tiresias sobre el origen de las desgracias, recibió una respuesta que, salvo él, todos comprenden. "El hombre al que buscas con amenazas y decretos sobre la muerte de Layo está aquí. Pasa por ser un extranjero que vive entre nosotros, pero después se verá que es tebano. Será ciego, aunque antes ha visto; y pobre, en vez de rico; y tanteando ante sí con un bastón, se encaminará a extrañas tierras. Se verá que era a la vez hermano y padre de los hijos con que vivía, hijo y esposo de la mujer de la que había nacido, y que asesino de su padre, en su propia mujer había sembrado". La respuesta para la Legislatura es menos compleja en su forma, pero idéntica en su esencia: la Cámara padece las consecuencias de atentar contra su propia naturaleza. Pero parece que tampoco logran entenderlo.
Pese a ser un parlamento, un ámbito para parlar sobre la cosa pública, fue enmudecido durante el paro del campo: el oficialismo no llamaba a deliberaciones. Cuando lo hizo, se retiró de la sesión luego de tratar como único tema una designación judicial. Es decir, también amordazaron a los opositores.
En 171 días de gestión, sólo se agachó la cabeza ante la Casa de Gobierno, lo que opacó logros como la eliminación por ley de los tickets alimentarios o la construcción de una nueva sede parlamentaria. El caso paradigmático fue el bastardeo del Sistema de Protección del Patrimonio Cultural, del que desafectaron inmuebles que querían rematar. Y luego de asegurar que los que rechazaban la norma se oponían a reactivar la economía, dieron dar marcha atrás.
Para qué hablar de la ley que amputó a las comunas el cobro de sus tributos, ahora en manos de Rentas. O del nuevo marco legal para valuar inmuebles y alimentar impuestazos. O de la inaudita prórroga por dos años de la emergencia económica para un Estado con $ 5.000 millones de presupuesto.
Para qué referir al Presupuesto 2008, aprobado sin que la Presidencia distribuyera copias. O la operatoria para que las constructoras pidan préstamos privados que el Estado garantiza y cuyos intereses costea con fondos públicos.
El precio de tanta erosión se anuda en la visita presidencial, que dejó inaugurado un hospital, un acto con júbilo hervido con trapo y lentejuelas, un amasijo de militantes y vecinos arriados, y dos discursos con trozos de pasado servidos en copas nuevas. El Ejecutivo apareció exultante, enseñando qué hace con los fondos públicos, mientras la Legislatura, semi paralizada, pide más plata para cuestiones que no son públicas.
No se trata de discutir cuánta plata debe recibir un poder del Estado, así como tampoco de creer que por reducir el presupuesto ya se ha conseguido ser referente de humanismo, representatividad y justicia social. La cuestión se reduce, como en el Hamlet de Shakeaspeare, a si la Legislatura va a ser o va a no ser lo que debe encarnar.
Aquí es donde se extinguen las semejanzas del parlamento con Edipo. Porque, en primer lugar, el único destino que reserva la Carta Magna al Legislativo es la grandeza de ser el fiscal político que controla al Gobierno. Y están renegando de él. Edipo no tenía esa opción. Justamente, y en segundo término, el griego cometió las atrocidades descriptas ignorando por completo lo que hacía. No había intención, no había dolo en su accionar. Lo suyo, diría Aristóteles, fue una "gran hamartia", termino griego que significa "error". No cabe ese atenuante para el oficialismo.
El sistema republicano es una familia donde el Ejecutivo, la Legislatura y la Justicia están estrechamente emparentados. De hecho, nacieron de una misma Constitución. Pero la función de cada uno es contrapesar a los otros dos. La Cámara debió saber que la única clase de relaciones que debía mantener con la Casa de Gobierno eran las de contralor. Por el contrario, el incesto institucional acarreó desgracias legislativas para la sociedad. Frente a ello, la Cámara actúa como si estuviese ciega. Si no mira la realidad, se encaminará al destierro del consenso social.







